No era su ciudad. No era su casa. Pero algo en el aire la hizo sentir como si todo comenzara de nuevo.
Emilia se bajó del taxi con la maleta en una mano y una carpeta de documentos en la otra. El calor de la tarde se pegaba a su piel, pero su corazón latía como si estuviera en invierno: helado y tembloroso.
—Aquí vamos otra vez... —susurró para sí misma, mirando el edificio frente a ella.
El letrero decía: Rodríguez & Asociados. Abogados. Nuevo trabajo, nuevo rol, nueva ciudad... pero los mismos recuerdos la seguían como una sombra silenciosa.
Ocho años atrás, Emilia Valverde fue la chica que soñaba con escapar. Ahora, a sus veintiséis, estaba de regreso… aunque no por elección propia. Una oferta laboral demasiado buena para rechazar la había traído de vuelta al lugar que había prometido no pisar jamás.
Y lo peor no era eso.
—¿Estás segura de que no lo volverás a ver? —le preguntó su mejor amiga, Ana, días antes por videollamada—. Esa ciudad no es tan grande.
—No importa. No soy la misma, y seguro que él tampoco lo es —respondió Emilia, evitando mirarse en la pantalla. No quería admitir que una parte de ella temía ese reencuentro tanto como lo deseaba.
Thiago Muñoz.
El nombre aún le sabía a traición, pero también a primer amor, a juventud, a promesas rotas entre besos de verano.
Él fue el motivo por el que se fue. Y quizá también el motivo por el que nunca pudo soltarse del todo.
Ya instalada en su nueva oficina, Emilia se dejó caer en la silla, cerró los ojos y respiró hondo. Era tiempo de crecer. De dejar el pasado en el pasado.
Pero el destino no entiende de planes bien armados.
—Doctora Valverde, ¿puede venir un momento a la sala de juntas? —dijo la recepcionista por el intercomunicador.
Emilia se alisó el cabello con los dedos, se enderezó el blazer y caminó con paso firme. Nadie debía notar que le temblaban las manos.
Al entrar, lo vio.
Él.
De pie. Traje gris. Reloj de lujo. Y esos ojos… esos malditos ojos que conocían cada rincón de su alma.
Thiago.
—Emilia… —murmuró él, como si no creyera lo que veía.
—Doctor Muñoz —respondió ella, con la voz más profesional que pudo reunir.
Él frunció el ceño. —¿Doctor Muñoz?
—Estamos en una reunión, ¿no? —respondió ella, alzando una ceja.
Él sonrió, apenas. Dolido. Intrigado. Quizá un poco orgulloso.
—Supongo que sí.
Los socios empezaron a hablar de contratos, fusiones y cláusulas legales, pero ninguno de los dos escuchaba. Sus miradas se cruzaban como cuchillos invisibles en la mesa de negociaciones.
Ocho años. Y ahí estaban. Otra vez frente a frente.
El tiempo no lo había borrado. Solo lo había maquillado con silencio.
Cuando la reunión terminó, Emilia guardó sus papeles rápidamente, pero antes de salir, una mano tocó su brazo.
—Necesitamos hablar.
—No tenemos nada de qué hablar —respondió sin mirarlo.
—Emilia…
Ella se giró. Lo miró de frente por primera vez. Sus ojos no eran los del chico que la dejó sin explicación. Eran los de un hombre… que cargaba con la culpa como una sombra permanente.
—Ocho años, Thiago. Llegas tarde.
Y se fue.
O al menos, lo intentó.
Porque algunas historias no terminan con un adiós. Solo se pausan. Hasta que alguien las vuelve a escribir.