—No quería arrastrarte a mi oscuridad. Creí que alejándome te protegía.
—No necesitaba que me protegieras, necesitaba que me eligieras.
La confesión brotó sin aviso. Por primera vez, su voz se quebró. Y él lo sintió. Sintió el daño que había causado con su partida, la forma en que la obligó a rehacerse desde los fragmentos que él mismo dejó caer.
Thiago dio un paso más cerca. Emilia no se movió.
—No me atrevo a pedirte que me perdones, pero sí quiero que sepas que no he dejado de pensar en ti ni un solo día de estos ocho años.
Ella sostuvo su mirada. Las emociones se agolpaban. Rabia. Dolor. Nostalgia. Y, muy a su pesar... amor.
—No sé si eso es suficiente. No sé si quiero abrir esa puerta otra vez.
—No vengo a pedirte nada, Emilia. Sólo quiero que sepas que estoy aquí. Que si alguna parte de ti… alguna… aún siente algo, no lo ignores.
Emilia respiró hondo. Miró su rostro, más maduro, más endurecido. Pero detrás de ese hombre que parecía de hierro, seguía el chico que le robó el primer beso bajo la lluvia. El que la hizo reír cuando todo lo demás parecía derrumbarse.
—Tengo una vida, Thiago. No estoy esperando que regreses para completarla.
—Lo sé. Pero si tú me dejas... me gustaría formar parte de ella.
Se hizo un silencio.
El ascensor se abrió a pocos metros, interrumpiendo la escena. Emilia dio un paso atrás.
—No te hagas ilusiones. Esto no es una película romántica. La vida no espera ocho años para escribir finales felices.
Y con eso, entró al ascensor y desapareció tras las puertas de acero, dejando a Thiago solo, con la promesa de una batalla emocional que apenas comenzaba.