Oda por la Estabilidad Bipolar

Parte VI

 

Parte VI

 

La magia de Hogwarts hecha música.

Así es la banda sonora de Harry Potter que me encuentro escuchando.

Como fondo ambiental, lo cierto es que acompaña muy bien a cualquier fase productiva que se nos ocurra.

 

Hemos recorrido ya un pequeño trecho juntos, querido lector.

En las anteriores partes a este texto hemos hecho algo así como dictaminar tanto un mapa de cuanto nos rodea como el perfil del narrador.

Nos conocemos un poco mejor. Conocemos mejor a qué nos enfrentamos.

No obstante, pese a lo satisfactorio que resultaría, ninguna victoria suele llegar del mero teorizar.

En esta vida hacen falta acciones. Si encima nos encontramos sumidos en situaciones difíciles, las acciones habrán de resultar, cuanto más valientes, mejor.

Como Quijotes tan y no tan enloquecidos, no veremos girar las aspas de los inmensos molinos mediante el soplo de discretas brisas.

¿Los enemigos a los que me enfrento realmente existen?

Esa es una pregunta, mi buen lector, que igual te has hecho en algún momento de tu vida.

Tanto da si padeces o no de problemas en salud mental. No resulta demasiado difícil comprender que la mayoría de nuestros peores rivales en vida moran en nuestro interior. Se alimentan de nuestra mente.

De ahí que se deba hacer un ejercicio de localización íntimo y profundo.

Además, cuanto más nos acerquemos a derrotarlos, más reales se tornarán.

Llegará el día en que, si nos conocemos en la medida adecuada, prácticamente los veremos erguidos frente a nosotros en la gran ventisca. Las aspas tan locas como lo pueda estar una mente psicótica, girando de modo furioso y amenazante.

Su naturaleza es multiforme y está conectada al paso del tiempo.

Lo que a uno pueda aterrorizarle a otro igual no le supone el más mínimo pavor.

Lo que una vez nos causó tanto miedo, con el tiempo puede haber dejado de hacerlo.

Por eso es importante no caer en auto secuestros mentales.

 

Me explicaré.

 

Si debo ponerme a dar con un temor recurrente y universal, tan solo debo posicionarme en el umbral al más allá.

Tanto da si la muerte nos hace cosquillas con su guadaña o su figura nos resulta más cómplice que hostil.

El temor a lo desconocido está presente, insertado en el ser humano.

La fe, y a menudo la fe ciega, es la única carta que puede separarnos de la aplastante realidad científica: En nuestro universo somos como hormigas en clase de matemática avanzada.

Evidentemente el cosmos no disfruta pisándonos como lo haría un crío inconsciente.

Pero sí que estamos expuestos a un destino incierto y misterioso.

¿Cómo, pues, plantamos cara a las más horribles posibilidades tejidas por nuestra imaginativa?

Solemos dormir el problema.

De ahí lo que he comentado del auto secuestro mental.

Y como lo que nos funciona con tamaño rival nos permite vivir con cierta tranquilidad, lo aplicamos en cascada a todo cuanto nos llegue demasiado grande en su amenaza.

 

 

Vayamos a un ejemplo más práctico, que no es otro que el que me toca de pleno.

Las adicciones. En concreto, al alcohol.

Cíclicamente las cantidades de dosis vienen y van, pero nunca desaparecen.

Yo sé bien que el mundo que proyecto es claroscuro, y no solo en estos textos.

Sé perfectamente que este tóxico no debe estar presente en la vida que concibo para mi futuro.

Es hora de sumar dos más dos.

Si soy consciente de que hay que actuar, ¿Por qué no escoger el movimiento más valiente?

Si conozco a mi enemigo, ¿Por qué no enfrentarlo en medio del mayor vendaval?

La respuesta, una vez más, es el propio secuestro que hago de mí mismo.

Como quien defiende a su captor, siempre encuentro excusas para ingestas.

Como quien tiembla en una esquina, huyo del púgil rival negando mi obligación de combatir.

Eso me conduce a meditar en torno a la falta de respeto que cometo contra ti, que lees con mimada atención.

Me paso unas cuantas partes disparando con holgura a dios y su madre, pero a la hora de la verdad me escondo. 




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