Odiarte nunca fue tan tentador

Prologo

Martina tenía los auriculares puestos, se encontraba pensativa, escuchando una canción de Airbag mientras miraba por la ventana hacia los jardines.
En ese momento le llegó una notificación de mensaje, era de su padre, abrió el mensaje
Papa: Espero te este yendo de maravilla, sabes que te queremos mucho y te extrañamos mucho, te amo.
Ella jugo con sus dedos sobre la mesa—Si supieras papa...
Algunos alumnos corrían empapados bajo la lluvia cruzando los jardine, uno se cayó en el barro mientras se dirigia hacia las residencias.
Martina sonrio—Idiota.
La lluvia caía con fuerza sobre los ventanales del instituto Altamira, un internado codiciado, el colegio de élite mas exclusivo para la clase alta del pais.
El chaparrón que caía era tan intenso que parecía que el agua golpeando por el vidrio quisiera entrar dentro, se deslizaba el agua por el cristal hasta el punto que ya no se podía ver hacia fuera.
Martina Duarte no levantó la vista.
—Si seguís ignorando al mundo, no va a desaparecer,eh—dijo la voz de ese maldito.
Ella suspiró y cerró sus ojos con pesadez.
—Y si vos seguís hablando, no te vas a volver interesante.
Iñaki Alcazar sonrió desde la puerta del aula, no podía ser más atractivo el condenado, esos ojos cafés, esa cabellera castaña desordenada, su sonrisa ladina, su perfume exquisito, ese porte atletico que tiene con el uniforme escolar azul con bordes rojos.
Claro que sí.
El chico perfecto.
El capitán de fútbol del colegio, el goleador.
El favorito de todos.
El mismo idiota que acababa de interrumpir su paz..
—Crei que hoy me salvaría de verte, ni la lluvia te detiene a vos...
—¿Siempre sos así de amargada o hoy te olvidaste de comer algo dulce en el desayuno? —preguntó él, cruzándose de brazos.
Martina levantó la mirada por fin.
Y ahí estaba.
Alto. Seguro. Cabello perfecto desordenado, con esa sonrisa que parecía diseñada para molestarla.
—¿Siempre sos tan insoportable o es un talento natural que heredaste de tu familia?
Un segundo de silencio.
Dos.
Tres.
Y entonces…
—Me caés mal —dijeron los dos al mismo tiempo.
Se miraron.
Y por primera vez… algo diferente pasó.
No fue simpatía.
No fue curiosidad.
Fue otra cosa.
Algo incómodo.
Algo eléctrico.
Algo que ninguno de los dos iba a admitir.
Un golpe seco interrumpió el momento.
La puerta se abrió de golpe.
—Perfecto, están los dos —dijo la profesora—. Justo los estaba buscando.
Martina frunció el ceño.
—¿Para qué?
La mujer sonrió. Y esa sonrisa no traía nada bueno.
—Van a trabajar juntos.
Silencio.
Pesado.
Peligroso.
Iñaki soltó una risa corta.
—Ni en pedo, no quiero saber nada con esta bruja.
Ella lo miró—Prefiero reprobar —respondió Martina.
—Entonces empiecen a elegir —contestó la profesora—. Porque si no lo hacen… los dos repiten el año y en este instituto no aceptamos repitentes, se irán de aquí.
Otra vez silencio.
Pero esta vez…
Cargado de guerra.
Martina cerró su cuaderno con fuerza.
—Esto va a ser un infierno.
Iñaki dio un paso hacia ella.
Demasiado cerca.
La miro a los ojos y le regaló una sonrisa torcida
—Para vos, seguro.
Ella no se movió.
—No tenés idea de quien soy
Él sonrió apenas.
—Vos tampoco, aquí yo soy el rey.
Y así empezó todo.
No con un beso.
No con una mirada romántica.
Sino con odio.
Del bueno.
Del peligroso.
Del que… a veces… termina siendo otra cosa.




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