El portón del internado se cerró detrás de ella con un ruido seco, el guardia la miro y la saludo con un asentimiento de cabeza.
—Buen día, Bienvenida al instituto Altamira.
Ella asintió y le regaló una sonrisa
Martina Duarte no miró atrás.
No porque no quisiera… sino porque si lo hacía, tal vez se arrepentía de estar ahi.
Y eso no era una opción.
Apretó con más fuerza la correa de su bolso mientras avanzaba por el enorme patio. Todo era demasiado perfecto: más que colegio parecía un palacio, el césped impecable, los edificios antiguos de más de cien años de historia, los estudiantes caminando en grupos como si estuvieran en una película.
Risas. Abrazos. Gente que claramente se conocía.
Ella no conocía a nadie.
—Genial —murmuró—. Un zoológico de ricos...van a despedazarme como a un monito en la selva ...
—Bienvenida al infierno —dijo una voz a su lado.
Martina giró la cabeza.
Un chico de ojos claros y sonrisa tranquila la miraba como si la conociera de toda la vida, bastante confianzudo, se pasó la mano por el cabello oscuro algo nervioso.
—¿Siempre recibís con esas energía a la gente nueva? —preguntó ella.
—Solo a las que parecen querer matar a alguien —respondió él, divertido—. Soy Mateo.
—Gracias, eh, lo tomare como un cumplido...
Martina dudó un segundo, pero terminó asintiendo.
—Martina.
—Lo sé.
Ella frunció el ceño.
—¿Perdón?
Mateo señaló discretamente detrás de ella.
—Llegaste en el auto del director. Eso te convierte automáticamente en tema del día.
Perfecto.
—Me encanta ser el chisme —ironizó.
—Te vas a acostumbrar —dijo él—. Este lugar funciona así.
Martina soltó un suspiro.
—Ya quiero irme.
—No podés —respondió Mateo con una media sonrisa—. Y te aviso algo…
Se inclinó un poco hacia ella.
—Todavía no conociste lo peor de este lugar.
—¡ALCAZAAAR!
El grito atravesó el patio.
Martina apenas tuvo tiempo de girar cuando vio a un grupo acercarse. Risas, golpes en la espalda, esa energía de “somos dueños del mundo”.
Y en el medio…
Él.
Iñaki Alcazar.
Caminaba como si todo le perteneciera. Seguro. Relajado. Con esa sonrisa que gritaba problemas.
Martina lo reconoció al instante.
No porque lo conociera.
Sino porque todos los lugares tienen uno igual.
El intocable.
—Ahí tenés lo peor —murmuró Mateo.
—Para mí mala suerte ya lo vi.
Iñaki se detuvo frente a ellos.
Primero miró a Mateo.
Después… a ella.
Y algo en su expresión cambió.
—¿Nueva? —preguntó, sin apartar la mirada.
Martina lo sostuvo sin pestañear.
—¿Obvio?
Él sonrió apenas.
—Se nota.
—¿Por?
Iñaki inclinó la cabeza.
—Todavía no te diste cuenta de dónde te metiste.
Ella soltó una risa corta.
—Tranquilo. Los idiotas se reconocen rápido, más los que estan escasos de cerebro...cuidado por qué cerebritos de moscas hay muchos por aquí.
Un silencio cayó alrededor.
Alguien soltó un “uh”.
Mateo se pasó una mano por la cara.
—Listo… empezó —murmuró.
Iñaki dio un paso hacia adelante.
—¿Siempre sos así de simpática?
Martina no retrocedió.
Ni un centímetro.
—Solo con los que se lo ganan.
—¿Y yo ya me lo gané?
—En tiempo récord.
Él soltó una risa baja.
Pero no era divertida.
Era desafiante.
—Interesante.
—No, predecible —corrigió ella—. Deportista, ego inflado hasta las nubes, el que se cree que todas le tienen que hacer un altar a su pito, sonrisa ensayada…no puedes estar sin que alguien te elogie ¿me faltó algo?
Sus amigos soltaron una risa.
—Tiene una lengua filosa la nueva,eh —Uno de ellos le palmeó el hombro
—Callate Emma.
—Sí —dijo él, acercándose un poco más—. Que no te conviene provocarme.
El aire cambió.
Literal.
Martina sintió ese cosquilleo incómodo… ese que no quería reconocer.
Pero en vez de retroceder...
—¿O qué? —lo desafió.
Los ojos de Iñaki bajaron un segundo a sus labios.
Y después volvieron a subir.
Error.
Grave error.
—Te vas a arrepentir —dijo en voz baja regalándole esa maldita sonrisa torcida.
Martina sonrió.
Pero no era una sonrisa linda.
Era guerra.
—Anotalo, monito de circo —respondió—. No sos tan importante.
—iñaki.
Una voz femenina cortó la tensión.
Una chica se acercó con paso firme, segura, impecable. Cabello oscuro perfecto y lasio hasta la región lumbar de su cuerpo, mirada filosa, rostro de modeló, sus rasgos eran finos de alguien de mucha clase.
Se paró junto a él como si ese fuera su lugar natural.
Y probablemente lo era.
—¿Quién es? —preguntó, mirando a Martina de arriba abajo como si fuera un sapo asqueroso.
Martina alzó una ceja.
—¿La dueña habla?
Mateo tosió.
—Mar…
—Nicole Guevara —se presentó la chica, ignorando el comentario—. Y vos sos…
—Alguien que no te pidió nada.
Iñaki soltó una risa por lo bajo.
Martina no.
—Cuidado —dijo—. No sabés con quién estás hablando.
Martina ladeó la cabeza.
—¿Con la ex?
Silencio.
Tensión.
Explosión.
Mateo abrió los ojos.
—Ok… wow…
Iñaki giró apenas hacia Nicole.
—No empieces.
—¿Yo? —respondió ella, fría—. Tu amiga empezó.
Nicole se recogío el cabello en una coleta mientras miraba con cierta diversión a Martina.
Martina chasqueó la lengua.
—No soy su amiga, prefiero pisar mierda de perro antes que ser amiga de este arrogante.
—Mejor —dijo Nicole—. Porque no te conviene ser nada cerca de él, o te va a pesar.
Ahí estaba.
El territorio marcado.
El problema servido.
Y lo peor…
A Martina no le importó.
—Relajate, tan linda, pero que insegura sos... —respondió con cierto tono burlón —. Te aclaro algo chiquita...No me interesan los problemas ajenos, así que vete, ¿o te vas a bajar los pantalones para mearme?
Iñaki la miró de nuevo.
Fijo.
Intenso.
—Ya quedó muy claro el marcado del terreno, yo no me rebajaría por...eso.
—Entonces mantenete lejos si sabes lo que te conviene, nueva.
Ella sostuvo su mirada.
—Hacé lo que quieras.
El timbre sonó.
Fuerte.
Salvador.
—Bueno —dijo Mateo, rápido—. Primer día, primera pelea… vamos bien, si sigues así en tres días te expulsan.
Martina rodó los ojos.
—¿Siempre es así?
—Con él, sí —respondió Mateo—. Pero vos…
La miró con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Vos no ayudás mucho.
Ella empezó a caminar hacia el edificio.
—No vine a ayudar.
—Se nota —rió él, siguiéndola.
—¿Quieres que te dé un tour por el colegio?
—Bueno, no me vendría mal para saber dónde queda todo.
—Perfecto.
Detrás, Iñaki no se movió.
Nicole cruzó los brazos y luego le tocó el pectoral con el dedo varias veces para llamar su atención.
—¿Que mierda querés Nicole?
Nadie te llamo.
—No me gusta, esa, se nota que es una mosquita muerta.
—No te tiene que gustar —respondió él.
Pero no apartaba la vista.
Martina se alejaba sin mirar atrás.
Como si no le importara.
Como si él no existiera.
Y eso…
Eso sí le molestó.
—¿Qué mirás tanto? —preguntó Nicole.
Iñaki sonrió apenas.
—Problemas.
Y recién era el primer día.
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Editado: 20.03.2026