—No entiendo por qué no podés simplemente ignorarlo, es un pelotudo, ¿Que se cree este imbecil?
—Un rey en un reino cuestionable.
Martina caminaba por el pasillo con el ceño fruncido, mientras Mateo avanzaba a su lado con una bandeja en la mano.
—Ese imbecil me altera los chacras.
—Debes de comer algo, todavía queda una larga jornada.
—Tienes razón.
—¿Que tal tu compañera de cuarto?
—No he hablado con ella, estuvo durmiendo y cuando me levanté ya no estaba en la habitación, ni siquiera sé cómo se llama.
—Claro...bueno, ya tendrán oportunidad de hablar.
—Seguramente, aunque espero no me toque alguien como la serpiente de Nicole.
—Igual no se por qué no ignoras a Iñaki Alcázar.
—Porque existe —respondió ella—. Y respira. Fuerte.
Mateo soltó una risa.
—No es tan grave.
Martina se detuvo en seco.
—¿Lo estás defendiendo?
—No —dijo él, levantando las manos—. Solo digo que… hay cosas peores en este lugar.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Como qué?
Mateo dudó un segundo.
—Como Nicole, esa es una perrita...de las bravas, más cuando su perro anda en celo por ahí...
Ah.
Interesante.
—¿Ex complicada entonces? —preguntó Martina, retomando la caminata.
—Ex… intensa, problemática, muchos rumores—corrigió él—. No le gusta perder.
—No estoy jugando nada, solo me defiendo de sus agresiones, ni siquiera le hable a su macho, el me habló primero.
Mateo la miró de reojo.
—Eso creés vos.
El comedor estaba lleno.
Demasiado ruido. Demasiadas miradas.
Martina ya se estaba arrepintiendo de haber salido de su habitación.
—Acá —dijo Mateo, señalando una mesa más tranquila.
Se sentaron.
Por primera vez en todo el día… silencio.
—Gracias —murmuró ella.
—¿Por?
—Por no ser un idiota, al menos tu fuiste amable conmigo.
Mateo sonrió.
—Intento mantener el nivel bajo.
Martina soltó una pequeña risa.
Y por un segundo…
Se relajó.
—¿Siempre fuiste así? —preguntó él.
—¿Así cómo?
—A la defensiva.
Martina bajó la mirada a su vaso.
—Siempre.
Mateo no insistió.
Pero algo en su expresión cambió.
Más suave.
Más atento.
—Bueno —dijo—. Acá podés bajar un poco la guardia.
Error.
Martina levantó la mirada.
—No.
Mateo no discutió.
Solo asintió.
—Ok.
Silencio otra vez.
Pero cómodo.
Hasta que...
—Qué linda escena.
La voz cortó el momento como un cuchillo.
Martina ni siquiera necesitó girar.
Nicole.
—¿Te sentaste rápido, no? —continuó, apoyando la bandeja sobre la mesa sin pedir permiso.
Mateo suspiró.
—Nicole…
—No, está bien —interrumpió ella, sin mirarlo—. Solo me sorprende.
Recién ahí miró a Martina.
De arriba abajo.
Evaluando.
Midiendo.
—No parecías de las que necesitan compañía.
Martina apoyó los codos en la mesa.
—Y vos parecés de las que hablan sin que las inviten.
Mateo cerró los ojos un segundo.
Listo.
Se venía.
Nicole sonrió.
Pero no era amable.
—Tené cuidado —dijo—. Este lugar no es para cualquiera...
—Tranquila —respondió Martina—. Tampoco vine a quedarme para siempre.
—Eso lo veremos.
—¿Amenaza?
—Advertencia.
Silencio.
Pesado.
Denso.
—¿Todo bien acá?
La voz de Iñaki apareció justo detrás.
Perfecto.
El combo completo.
—Todo perfecto —respondió Martina sin mirarlo.
—No parece.
Ella levantó la vista.
—No es asunto tuyo.
Iñaki apoyó una mano en el respaldo de su silla.
Demasiado cerca.
Otra vez.
—Ahora sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Mateo dejó caer la cabeza hacia atrás.
—¿Siempre es así o hoy están inspirados?
Nadie respondió.
Porque nadie podía.
Porque algo más estaba pasando.
Algo que ya no era solo discusión.
Iñaki miró la bandeja de Mateo.
Después a él.
Después… a Martina.
—¿Están comiendo juntitos ahora?
Iñaki frunció el ceño.
—¿Y?
—Nada —dijo él, encogiéndose de hombros—. Interesante...
Mateo lo miró.
—¿Qué tiene de interesante?
Iñaki sonrió apenas.
—Nada. Solo observo.
Martina soltó una risa seca.
—Qué vida aburrida estar espiando a los demás, debería denunciarte por acoso.
—Se pone interesante cuando estás vos.
Error.
Otra vez.
Martina lo miró fijo.
—Dejá de decir eso.
—¿Por?
—Porque no es verdad.
Iñaki se inclinó apenas.
—Claro que lo es.
El aire cambió.
De nuevo.
Nicole los observaba en silencio ahora.
Y eso era peor.
Mucho peor.
—Bueno —dijo Mateo, rompiendo la tensión—. Tenemos que empezar el proyecto.
Gracias.
Alguien con cerebro.
—Sí —respondió Martina rápido—. Hoy.
Iñaki la miró.
—¿Ansiosa?
—Eficiente.
—Aburrida.
—Funcional.
—Molesta.
—Insoportable.
Mateo levantó una mano.
—¡Ok! Basta, están muy cansadores.
Los dos lo ignoraron como un sorete que vez tirado en la calle
—En la biblioteca —dijo Martina.
—Paso —respondió iñaki.
—No era opcional.
—Para mí sí.
Martina se levantó de golpe.
—Escuchame bien pajerito…
Iñaki también se levantó.
Quedaron frente a frente.
Otra vez.
Siempre así.
—No —dijo él—. Vos escuchame a mí.
Silencio.
Todos alrededor empezaban a mirar. Alcázar era el foco de atencion.
—No me des órdenes, conchuda de mierda—continuó Iñaki—. No sos nadie acá.
Golpe bajo.
Martina sintió el impacto.
Pero no lo mostró.
—Perfecto —respondió fría—. Entonces hacelo solo, cagate.
Tomó su bandeja.
—Total, seguro estás acostumbrado a que otros hagan tu trabajo, vago.
Y se fue.
Sin mirar atrás.
Silencio en la mesa.
Mateo miró a iñaki.
—Te fuiste al carajo.
Iñaki no respondió.
Seguía mirando hacia donde ella había desaparecido.
—¿Qué te pasa con ella? —preguntó Mateo.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Nada.
Mentira.
Nicole se cruzó de brazos.
—A mí no me engañás, la nueva te atrae.
Iñaki la miró.
—No empieces, te diré algo, tu y yo no somos nada tampoco.
—Ya empezó —respondió ella—. Y no me gusta.
—No es tu problema.
Nicole sonrió.
Lento.
Peligroso.
—Todo lo tuyo es mi problema.
Mientras tanto…
Martina caminaba rápido por el pasillo, con el corazón latiendo más fuerte de lo que le gustaría admitir.
—Idiota —murmuró.
Pero no sabía si hablaba de él…
O de ella misma.
Porque lo peor no era la pelea.
No era Nicole.
No era el proyecto.
Lo peor…
Era que, por un segundo...
Había querido que la siguiera.
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Editado: 08.04.2026