La biblioteca estaba casi vacía, había uno que otro grupo realizando tarea y hablando entre ellos por lo bajo.
Silenciosa. Ordenada. Predecible.
Perfecta.
Martina dejó su bolso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria y se sentó, abriendo el cuaderno sin perder tiempo.
O intentando no perderlo.
Porque si se detenía a pensar…
Iba a recordar.
La forma en que él la miraba.
Lo cerca que había estado.
Lo que casi pasa.
—No.
Se obligó a concentrarse.
—Trabajo. Solo trabajo...a esto viniste a este lugar, debes ser la mejor, mí familia espera lo mejor de mi.
—Qué decepción.
La voz la hizo cerrar los ojos un segundo con cierto fastidio.
No.
No podía ser tan predecible.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó sin mirarlo...
—Porqué estoy creyendo que lo estás haciendo.
Iñaki se sentó frente a ella, relajado, uniforme impecable, se sentía su perfume, no era cualquier fragancia, se notaba que era ostentoso, la miraba como si ese lugar le perteneciera, como si el rey controlará sus dominios.
—No. Me obligaron.
—Podrías no haber venido.
—Podrías no haberme esperado.
Martina levantó la mirada.
—No te estaba esperando, a decir verdad, no espero nada de vos, pero no te creas que voy a darte crédito por mí trabajo si tengo que hacer todo sola, te vas a chupar una verga antes.
—Claro...tienes una muy mala imagen de mí, cachorrita, no me conoces, aún no sabes el potencial que tienen los Alcázar... para que lo sepas, mí abuelo estudio aquí y mí padre también, yo soy la tercera generación y no vine a ser menos que ellos.
Silencio.
Corto.
Incómodo.
—Tenemos que hacer esto —dijo ella, empujando una hoja hacia él—. Tema, desarrollo, exposición. Simple.
Iñaki miró el papel… pero no lo tocó, la volvió a mirar a los ojos.
—Sos muy estructurada, sigues reglas...todo tiene que seguir una línea contigo, nada puede salirse de la constante...quieres tener siempre el control de la situación...
—Y vos muy inútil.
Él sonrió.
—Buen equipo.
Martina rodó los ojos.
—Nene ¿Podés concentrarte un poquito?
—Estoy concentrado...muy concentrado.
—No parece.
—Es que no estás ayudando...
—¿Qué tengo que hacer? ¿Aplaudirte como monito de circo?
—No —dijo él, apoyando los brazos sobre la mesa—. Mirarme así ayuda bastante.
Martina frunció el ceño.
—¿Así cómo?
—Creo que te fumaste un churro vos, definitivamente, no hay otra explicación a tu comportamiento, estás drogado Alcázar.
—No sabía que decir la verdad es estar drogado...tu mirada a mí me dice otra cosa, chiquita.
Ella levanto una ceja—¿Que cosa?
Iñaki no respondió enseguida, la miro a sus labios y a esos ojos grandes iluminados y hermosos.
Solo la sostuvo con la mirada.
Lento.
Intenso.
—Como si quisieras matarme… o besarme, me inclinaría más por la segunda opción, Duarte.
Silencio.
Total.
Martina sintió el golpe.
Directo.
—Sos un idiota —murmuró.
Pero no sonó tan firme como quería, el desgraciado la había descolocado.
—Puede ser —dijo él—. Pero no estoy equivocado, tengo olfato cuando las chicas se mueren por mí.
—Sí lo estás.
—No.
—Sí.
—No.
Martina cerró el cuaderno de golpe.
—¿Podés dejar de hacer eso?
—¿Qué cosa?
—Esto —dijo, señalándolo—. Este jueguito.
Iñaki inclinó la cabeza.
—¿Te molesta?
—No.
—Te encanta,eh.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Cállate.
Iñaki sonrió.
Y eso fue peor.
Un ruido de silla interrumpió el momento.
—¿Interrumpo?
Martina giró.
Mateo.
Perfecto… y no tan perfecto.
—No —dijo rápido—. Vení.
Iñaki se recostó en la silla.
—Claro, traigamos público.
Mateo ignoró el comentario y se sentó al lado de Martina, le dio una mirada a Iñaki que no era de las que se dan precisamente a un amigo.
Demasiado cerca.
Iñaki lo notó.
Claro que lo notó.
—¿Cómo va el proyecto? —preguntó Mateo.
—Lento —respondió ella—. Estoy cargando con peso muerto, creo que voy confirmando el mito de que los deportistas tienen mucho músculo...pero el cerebrito minúsculo.
Mateo río observando a Iñaki, le dijo algo a Martina en el oído y ella río mirándo a Alcazar.
Iñaki rió bajo.
—Me encanta cuando te ponés así.
Martina lo ignoró.
—¿Vos entendés esto? —le preguntó a Mateo, señalando el cuaderno.
Mateo se inclinó.
Su hombro rozó el de ella.
—Sí, es fácil —dijo—. Mirá…
Le explicó algo en voz baja.
Cerca.
Demasiado cerca.
El era un peligro...
Martina lo escuchaba.
Pero no del todo.
Porque podía sentir...
La mirada de Iñaki...
Clavada.
Pesando.
Quemando.
—Gracias —dijo ella, levantando la vista.
Y ahí estaba.
Iñaki.
Mirándolos.
Sin disimular.
—¿Qué? —preguntó Martina.
—Nada.
Mentira.
—Decilo.
Iñaki apoyó los codos en la mesa.
—Se ven bien.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada —repitió él—. Solo digo.
Martina lo miró fijo.
—No es asunto tuyo.
Iñaki sostuvo la mirada.
—Empieza a serlo.
Silencio.
Denso.
Incómodo.
—No —dijo ella, firme—. No lo es.
Iñaki se inclinó un poco más.
—Entonces ¿por qué me molesta?
Error.
Grave.
Error.
Martina se quedó quieta.
Mateo también.
—¿Perdón? —preguntó ella.
Iñaki la miró directo.
Sin filtro.
—Eso. Que me moleste.
El aire cambió.
Otra vez.
Pero ahora…
Más real.
Más peligroso.
—Eso es problema tuyo —respondió Martina, bajando la voz.
—Lo sé.
—Entonces solucionalo.
—Estoy en eso.
—No parece.
—Es que no ayudás.
Martina se levantó de golpe.
—No es mi problema.
Iñaki también se levantó.
—Empieza a serlo.
Mateo se puso de pie.
—Ey, tranquilos…
Nadie lo escuchó.
—¿Qué querés? —preguntó Martina.
Iñaki dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—No lo sé.
Verdad.
Pura.
Y eso fue lo peor.
Martina sintió algo en el pecho.
Algo incómodo.
Algo que no quería.
—Bueno —dijo—. Averigualo solo, en vista que no quieres ayudar, yo debo trabajar.
Tomó su cuaderno.
—Yo no estoy para tus confusiones.
Y caminó hacia la salida.
—Mar.. —llamó Mateo, siguiéndola.
Ella se detuvo.
—¿Estás bien?
Martina dudó.
—Sí.
—No parece.
—Estoy bien.
Mateo la miró unos segundos.
Después sonrió, suave.
—Si necesitás ayuda… con lo que sea… estoy.
Error.
Otro más.
Martina sintió el peso de esas palabras.
—Gracias.
Y esta vez…
Sonrió de verdad.
Pequeño.
Pero real.
Desde adentro, iñaki los observaba.
En silencio.
Con la mandíbula tensa.
Y algo nuevo creciendo en el pecho.
Algo que no le gustaba.
Nada.
Celos.
—Interesante.
Nicole apareció a su lado como una sombra.
—¿Desde cuándo te importan esas cosas?
Iñaki no la miró.
—No me importan.
Mentira.
—Claro —dijo ella, cruzándose de brazos—. Por eso no dejás de mirar.
Silencio.
—Cuidado —continuó Nicole—. Te estás metiendo donde no deberías.
Iñaki sonrió apenas.
Pero no era una sonrisa linda.
—Demasiado tarde.
Porque el problema ya no era el proyecto.
Ni las peleas.
Ni el juego.
El problema…
Era que ya no podían fingir que no pasaba nada.
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Editado: 08.04.2026