La habitación estaba en silencio.
Su compañera de cuarto no estaba, era todo un misterio esa chica.
Demasiado.
Martina cerró la puerta detrás de ella y apoyó la espalda contra la madera, soltando el aire despacio.
—Perfecto… —murmuró—. Todo perfecto.
No lo era.
Nada lo era.
Observo unos dibujos en el escritorio y algunos lápices desparramados, era un rostro llorando, otro era una mano sangrante.
—Son muy buenos...tiene técnica.
Caminó hasta su cama, tiró el bolso y se dejó caer, mirando el techo.
Iñaki.
Mateo.
Nicole.
Todo mezclado.
Todo incómodo.
—Idiota…
No sabía a cuál de los tres se refería.
O sí.
Y eso era peor.
Un golpe en la puerta la hizo incorporarse.
Frunció el ceño.
—¿Quién?
Silencio.
—¿Quien es?
Otro golpe.
Más suave.
Martina caminó hasta la puerta y la abrió sin pensar demasiado.
Error.
—Hola.
Iñaki.
Apoyado contra el marco, como si no hubiera pasado nada.
Como si no la hubiera desordenado toda.
—¡¿Estás loco?! ¡¿tienes idea del problema que podemos tener si te ven aquí los preceptores?!
El se encogió de hombros como si le chupara un huevo todo—Aqui yo hago lo que quiero...mis padres colaboran muy bien con esta institución...no se arriesgaría el director a perder los cheques que manda de la empresa familiar a esta institución...
—Largo, no es correcto que estés en la residencias de mujeres.
—No me iré, déjame pasar.
—No —dijo ella, intentando cerrar.
Él puso la mano en la puerta.
—Esperá.
—No.
—Martina, me vas a apretar los dedos con la puerta.
—No tengo nada que hablar con vos.
—Yo sí.
—Problema tuyo.
Intentó cerrar de nuevo.
No pudo.
—Dame cinco minutos —dijo él, más serio.
Martina dudó.
Grave error.
—Tres —respondió.
Iñaki sonrió apenas.
—Me sirve.
Ella se corrió.
—Entrá y hablá rápido tengo cosas que hacer.
La puerta se cerró detrás de él.
El aire cambió.
Otra vez.
Siempre pasaba con él.
Martina cruzó los brazos.
—Bueno ¿Que quieres chico misterio?
Iñaki no habló enseguida.
Miró alrededor.
La habitación.
Su espacio.
Después… a ella.
—No me gustó lo de antes.
—¿Qué parte? —preguntó ella—. ¿Cuando te dije la verdad o cuando te dolió?
—Cuando te fuiste.
Silencio.
Directo.
Martina no lo esperaba.
—No es tu problema.
—Empieza a serlo —repitió él.
—Dejá de decir eso.
—No.
—No me conocés.
—Quiero hacerlo.
Error.
Grave.
Error.
Martina sintió el impacto.
Otra vez.
—¿Para qué? —preguntó, más baja.
Iñaki dio un paso.
—No lo sé.
Otro.
—Pero no puedo dejar de pensarlo.
Otro más.
—Y eso me está molestando.
Martina retrocedió.
Hasta chocar con la cama.
Perfecto.
Encerrada.
—Entonces no es mi problema —susurró.
Iñaki quedó frente a ella.
Cerca.
Demasiado.
—Lo es… porque sos vos la que causa ese problema...
Silencio.
Pesado.
Peligroso.
—Esto es un error, si alguien entra estamos jodidos —dijo ella.
Pero no se movió.
—Probablemente —respondió él.
Tampoco se movió.
—Entonces andate.
—No.
—Iñaki.
—Decime que no sentís nada.
Silencio.
Martina sostuvo su mirada.
Intentó.
De verdad.
Pero...
—No —susurró.
Y ahí…
Se rompió algo.
Iñaki dio el último paso.
Quedaron a centímetros.
Respiración contra respiración.
—Entonces dejá de mentir por qué tu cuerpo no dice que no—dijo él.
Martina apoyó las manos en su pecho.
Para frenarlo.
Para frenarse.
No sabía.
—No te acerques más, o voy a golpearte.
—No me estás frenando.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
El pulso de Martina se disparó cuando vio que el se acercaba.
—iñaki…
Él bajó la mirada.
A sus labios.
Otra vez.
—Si me besás…
—Lo sé.
—No.
—Sí.
Y entonces...
La puerta se abrió de golpe.
—Ruth, ¿Necesito mí cuaderno...?
Mateo se quedó congelado.
Distancia inexistente.
Manos.
Miradas.
Todo.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Perfecto desastre.
Martina se separó de golpe.
—No es lo que parece.
Mentira horrible.
Iñaki retrocedió un paso.
Pero no dijo nada.
Mateo los miró.
A los dos.
—Claro —dijo, sin emoción—. Se nota.
—Mateo— empezó Martina.
—Tranquila —interrumpió él—. Vine en mal momento...le preste a Ruth un apunte y lo necesitaba con urgencia, tengo una evaluación ahí que estoy necesitando, la profesora dice que tengo que recuperar, pero yo la aprobé, necesito mostrarle la evaluación...perdón por entrar así, debí tocar primero...no sabía que estabas en el mismo cuarto que ella.
Se giró.
Listo para irse.
—No —dijo ella rápido—. Esperá.
Demasiado tarde.
Mateo ya estaba en la puerta.
—Después hablamos, si vez a Ruth le dices que quiero hablar con ella—dijo, sin mirarla.
Y se fue.
Silencio.
Otra vez.
Pero ahora…
Peor.
—Genial —murmuró Martina.
Iñaki pasó una mano por su pelo.
—No fue mi culpa.
—¿Ah no?
—No.
—Viniste a mi habitación.
—Me dejaste pasar.
—No para esto.
—Entonces ¿para qué?
Silencio.
Golpe.
Otra vez.
—Andate —dijo ella.
Iñaki la miró.
Un segundo.
Dos.
—Esto no terminó.
—Sí terminó.
—No.
—Sí.
—No.
Martina lo sostuvo.
Firme.
—Andate.
Iñaki dudó.
Pero esta vez…
Cedió.
Caminó hacia la puerta.
La abrió.
Y antes de salir.
—Esto no es solo odio.
Martina no respondió.
No pudo.
La puerta se cerró.
Y el silencio…
Volvió a caer.
Martina se dejó caer en la cama.
El corazón desbocado.
La cabeza un desastre.
—Mierda…
Porque ahora ya no podía negarlo.
No después de eso.
No después de él.
Y lo peor…
Era que Mateo lo había visto.
#3108 en Novela romántica
#938 en Otros
#374 en Humor
romance drama odio, humor celos seducción intriga, enemigos to lovers
Editado: 08.04.2026