—Duarte.
Martina levantó la mirada, apenas.
Todos sus compañeros la miraron.
El profesor de Historia Ferragut estaba de pie frente a la clase, con esa expresión de paciencia limitada.
Joven, impecable con una camisa blanca, corbata y pantalón de vestir negro, parecía recién graduado, se acomodo las gafas y se pasó la mano por su hopo de color negro.
—¿Podrías decirme con quién estás trabajando el proyecto trimestral?
Silencio.
Toda la clase sabía la respuesta.
Y eso lo hacía peor.
Martina apoyó el bolígrafo.
—Alcazar.
—Bien —asintió él—. Porque, por si alguien todavía no lo entendió…
Miró alrededor del aula.
—Este es el mismo proyecto que les asignaron desde dirección, sino me equivoco una profesora ya les había notificado, no hay cambios de pareja. No hay excepciones.
Ahí estaba.
Claro.
Directo.
Sin escapatoria.
—Es evaluativo, obligatorio y define gran parte de su año académico.
Perfecto.
Más presión.
—Así que más vale que aprendan a trabajar juntos —finalizó.
Silencio.
Martina no miró a nadie.
Pero podía sentirlo.
Él estaba ahí.
Iñaki entró tarde.
Como siempre.
Sin pedir permiso.
Sin apuro.
Pero esta vez…
No se sentó de inmediato.
Se quedó parado un segundo, mirando el aula.
Buscándola.
Y cuando la encontró...
No apartó la mirada.
Martina bajó la vista.
Tarde.
Demasiado tarde.
—Qué bueno que aparecés —dijo el profesor—. Justo hablábamos del proyecto que tenés que hacer con Duarte.
Iñaki caminó hasta su lugar.
Se sentó.
Demasiado cerca.
—No me lo iba a perder.
Martina no respondió.
No podía.
No después de anoche.
El silencio entre ellos no era cómodo.
Era pesado.
Cargado.
Lleno de cosas no dichas.
—Tenemos que avanzar, estamos con la soga al cuello —murmuró Martina, sin mirarlo para que no la regañara el profesor.
—Sí.
Corto.
Seco.
Extraño.
Ella frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—¿Qué querés que diga?
Martina giró la cabeza.
—No sé… ¿algo? Para entrenar en la cancha seguro sos puntual, para esto no...dale no jodas.
Iñaki la miró.
Pero ya no había sonrisa.
Ni provocación.
—No es buen momento para hablar ¿o querés que nos saquen afuera?
Golpe.
—Perfecto —respondió ella, fría—. Mejor.
Mentira.
Y los dos lo sabían.
La clase terminó sin más.
Sin discusiones.
Sin chispas.
Y eso…
Se sintió peor.
—Martina.
Ella se detuvo en la puerta.
Mateo.
Otra vez.
Pero distinto.
Más distante.
—¿Sí?
—¿Vas a la biblioteca después? —preguntó.
Normal.
Como si nada.
Como si todo.
—Sí.
—Voy con vos.
Silencio.
Corto.
Martina dudó.
—Bueno.
—Genial.
Pero no sonó genial.
—Qué tierno.
La voz apareció detrás.
Nicole.
Obvio.
—¿Ahora estudian juntos también?
Martina giró los ojos.
—No se porque siento que me estás soplando la nuca constantemente ¿Tenés un hobby nuevo?
—Sí —respondió Nicole cual serpiente—. Evitar que la gente se equivoque y ubicarla a dónde pertenece.
Mateo se tensó.
—Dejá de meterte.
—No me meto —dijo ella—. Solo observo.
Miró a Martina.
—Algunas personas no saben dónde se están metiendo y más consecuencias que puede acarrear ello.
Martina dio un paso hacia ella.
—Y otras no saben cuándo cerrar la boca...me estás llenando el buche de piedritas y no se hasta cuándo podré sostener la amabilidad contigo.
Mateo le tomo el brazo a Martina—No le hagas caso, quiere provocarte para que estalles y así tengas problemas...
Silencio.
Otra vez.
Mateo intervino.
—Ya está, deja de molestarla.
Pero Nicole sonrió.
Porque eso era lo que quería.
—Nos vemos después y aléjate de ella—dijo Mateo a Martina.
Ella asintió.
Y se fue.
Desde el fondo del pasillo…
Iñaki observaba.
En silencio.
Otra vez.
Siempre así.
—Se te está yendo —dijo Nicole, acercándose.
—No es tu problema.
—Todo lo tuyo lo es.
Iñaki la miró.
Cansado.
—Ya no.
Nicole frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que no sos parte de esto.
Golpe.
Directo.
Nicole lo sostuvo.
Pero algo en su mirada cambió.
—Te vas a arrepentir.
Iñaki sonrió apenas.
—Ya lo estoy haciendo.
***
La biblioteca estaba más llena que de costumbre.
Pero Martina encontró un lugar.
Siempre lo hacía.
—Acá —dijo, dejando sus cosas.
Mateo se sentó frente a ella.
Silencio.
Otra vez.
Pero distinto.
Más contenido.
—Perdón por antes —dijo él.
Martina levantó la vista.
—¿Por qué?
—Por cómo reaccioné.
Ella negó.
—No hiciste nada malo.
Mateo la miró.
—Sí lo hice.
Silencio.
—No supe qué hacer.
Honesto.
Demasiado.
Martina bajó la mirada.
—Yo tampoco, yo no lo invite, el vino.
Y eso…
Eso fue verdad.
—Pero no quiero que sea raro —continuó él.
—Yo tampoco.
—Entonces no lo hagamos raro.
Martina asintió.
—Ok.
Mateo sonrió.
Y esta vez…
Fue como antes.
—¿Empiezo a explicarte esto o ya te volviste experta? —bromeó él.
Martina soltó una pequeña risa.
—Dale, explicá.
Mateo se inclinó.
Otra vez cerca.
Pero distinto.
Más tranquilo.
Más real.
Y justo en ese momento...
—Llegué tarde.
La voz.
Iñaki.
Parado al lado de la mesa.
Mirándolos.
Otra vez.
—No sabía que esto era grupal —agregó.
Martina cerró el cuaderno.
—No lo es, pero en vista en que no has ayudado ni siquiera a tirar algunas ideas, Mateo se ofreció a ayudar.
Mateo se acomodó y le sonrió a Iñaki
—Estamos estudiando.
Iñaki apoyó la mano en la mesa.
—Perfecto. Yo también tengo que hacerlo.
Silencio.
Nadie le creyó.
Martina lo miró.
—Sentate o andate.
Iñaki sostuvo su mirada.
—¿Qué preferís?
Error.
Otra vez.
—No me importa lo que hagas, yo no te voy a rogar, te joderas vos solo si sigues en ese plan.
Mentira.
Iñaki sonrió apenas y les quitó la carpeta de dónde estaban leyendo y se la puso a leer el dejándolos perplejos.
—Vamos a avanzar.
Y se sentó.
Tres.
En la misma mesa.
Demasiado cerca.
Demasiado cargado.
Porque ahora ya no era solo odio.
Ni solo atracción.
Ahora había algo más.
Algo peor.
Algo que podía romper todo.
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Editado: 08.04.2026