Odiarte nunca fue tan tentador

Capitulo 8

El predio del instituto estaba lleno, Alumnos del colegio Altamira y del otro extremo de las gradas alumnos del colegio Santa Clara.
Demasiado bullicio.
Gritos, aplausos, banderas… todo el mundo parecía estar ahí.
—No entiendo nada de fútbol —murmuró Martina, sentándose en la tribuna.
—No hace falta —respondió Ruth a su lado—. Solo gritás cuando todos gritan...además es un amistoso importante, los del Santa Clara son nuestros mayores rivales en todas las competencias escolares.
—Ah... con razón está tan lleno.
Martina soltó una pequeña risa.
—Buen plan el tuyo
Ruth la miró de reojo.
—¿Viniste por el deporte o por alguien en especial?
Martina rodó los ojos.
—No empieces.
—No dije nombres...
—No hace falta.
Ruth sonrió apenas.
—Entonces sí.
Martina no respondió.
Pero sus ojos…
Buscaron la cancha.
Y lo encontraron.
Iñaki.
Corriendo, camiseta azul con negro y pantalones del mismo color.
Concentrado.
Distinto.
Nada que ver con el idiota insoportable del aula.
Y eso…
Eso le molestó más de lo que debería.
—¿Y el otro? —preguntó Ruth.
—¿Qué otro?
—El que te mira como si fueras un problema.
Martina suspiró.
—Mateo.
—Ese.
También estaba ahí.
Más tranquilo.
Más enfocado.
Pero cuando levantó la vista hacia la tribuna…
La vio.
Y sonrió.
Suave.
Real.
Martina sintió algo raro en el pecho.
Algo distinto a lo que le provocaba Iñaki.
Y eso…
Era otro problema.
El partido de por si estaba caliente, un sujeto le reclamaba a uno del equipo Altamira que se había metido con su hermana.
Se metieron los entrenadores a la cancha antes de que se armarán las piñas y los separaron.
Ruth miro a Martina—Te lo dije, ellos nos odian, siempre le ganamos en todo, por eso tiene tantos premios nuestra institución, muchos deportistas salen de aquí.
—Si he visto las vitrinas, es impresionante.
—Los Alcanzar siempre fueron competitivos, ya vez todos los premios que ganaron su abuelo y su padre.
—Si.
El partido empezó.
Rápido. Intenso.
Golpes. Corridas. Gritos.
—Ok, esto sí está bueno —admitió Martina.
Ruth rió.
—Te dije.
Iñaki jugaba fuerte y era muy veloz volaba prácticamente por la cancha.
Seguro.
Dominando.
Mateo más estratégico.
Más preciso.
Funcionaban bien.
Demasiado bien.
—Son buenos —murmuró Martina.
—Sí —respondió Ruth—. Pero están tensos...
—¿Cómo sabés?
—Porque no se pasan la pelota tanto como deberían.
Martina la miró.
—¿Vos no eras la que no entendía fútbol?
Ruth se encogió de hombros.
—Aprendí… por alguien...
Y ahí quedó.
Otra historia.
Otro peso.
Gol.
El predio explotó en un grito ensordecedor.
—¡GOOOOL! —gritó alguien y todos siguieron gritando.
Mateo.
Martina se puso de pie sin darse cuenta.
—Ok… eso fue...
—Bueno —completó Ruth.
Las miradas en la cancha subieron.
Iñaki.
Mateo.
Y por un segundo...
Ambos miraron hacia el mismo lugar.
Martina.
Segundo tiempo.
Más tenso.
Más físico.
Más peligroso.
Martina se levantó.
—Voy a comprar algo.
—Voy con vos —dijo Ruth.
—No, ya vuelvo.
Ruth dudó.
Pero asintió.
—No tardes, cómprame una gaseosa.
—Dale.
Martina bajó de la tribuna, esquivando gente.
El ruido era fuerte.
El ambiente… cargado.
Y entonces...
Un cuerpo pasó demasiado cerca.
Una mano.
Rápida.
Baja.
Inconfundible.
Le tocaron el culo.
Martina se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
Después giró.
—¿Qué te pasa, enfermo? ¿Por qué me tocas pajero de mierda?
El chico del otro equipo sonrió, atletico, cabello azul, sudado.
—Relajate.
Error.
Grave.
Error.
Desde la cancha Mateo lo vio.
Claramente.
Demasiado claro.
—¡EH!
Soltó todo.
Corrió.
Sin pensar.
Martina apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Mateo empujó al chico y lo lanzo al suelo.
Fuerte.
—¿Qué hiciste?
—¿Y a vos qué te importa, estupido?
Se puso de pie
Golpe.
Directo.
Mateo no dudó.
Le devolvió otro.
—¡MATEO! —gritó alguien.
Pero ya era tarde.
—Te vamos a dar una paliza, por meterte dónde no te llaman.
Dos.
Tres.
Cuatro del otro equipo se metieron.
Empujones.
Golpes.
Caos.
—¡PARÁ! —gritó Martina.
Pero nadie escuchaba.
Y entonces...
Iñaki llegó.
Se metió de lleno.
—¡BASTA!
Empujó a uno.
Agarró a Mateo y lo puso de pie, le sangraba el labio inferior, escupió y miro con rabia al que se había propasado con Martina.
—¿Qué hacés? ¿estás loco?
—Se pasó con ella, ese infeliz la toco —gruñó Mateo señalandolo.
Los sujetos reían.
Silencio.
Un segundo.
Iñaki miró a Martina, ella tenía lágrimas en los ojos.
Después al chico.
Y eso fue suficiente.
Golpe.
Directo al pomulo
Sin dudar.
Lo mando al suelo y le dio una...dos patadas a las costillas.
Y ahí…
Todo explotó.
Jugadores de ambos equipos se acercaron a toda prisa.
Empujones.
Piñas.
Gritos.
Entrenadores gritando.
Gente corriendo.
—¡HIJOS DE PUTA!
Martina no pensó.
No dudó.
Se metió.
—¡PELEA!
Se subió encima de uno que tenía a Mateo agarrado.
Y le arañó la cara.
Sin piedad.
—¡NO LA TOQUÉS!—Exclamo Iñaki.
El chico gritó.
—¡ESTÁ LOCA!
—¡SÍ!
Ruth desde atrás:
—¡Martina!
Martina abrió la boca y le mordió el hombro
—¡AAAAAAA! ¡ME MORDIOOOOO!
Iñaki vino corriendo con todo y lo estampó lanzandolo con Martina al suelo
Todos cayeron y el se le subió encima dándole varias trompadas.
Pero ya era tarde.
Seguridad.
Profesores.
Separando.
Gritando.
Silencio.
Pesado.
Después del caos.
Mateo con el labio partido.
Iñaki respirando agitado y los nudillos sangrantes de tantas piñas que repartió.
Martina despeinada.
Con las manos temblando.
—Dirección. Ahora —ordenó una voz.
La oficina del director estaba en silencio.
Pesado.
Peligroso.
—¿Saben lo que acaban de hacer? —preguntó el director, frío.
Nadie respondió.
—Violencia. Indisciplina. Escándalo público.
Miró a iñaki.
—Capitán del equipo.
A Mateo.
—Ejemplo académico.
Y después…
A Martina.
—Y vos… recién llegada.
Silencio.
—Están en riesgo.
Directo.
—Los tres.
Golpe.
—Fue mi culpa —dijo Mateo.
—No —respondió iñaki—. Fue mía.
—No —interrumpió Martina—. Fue del idiota, el se propaso conmigo.
—Silencio —ordenó el director.
Y lo hubo.
—Van a tener una última oportunidad.
Los tres levantaron la mirada.
—Ese proyecto que tienen en conjunto…
Ahí estaba.
Otra vez.
—Va a definir si se quedan o no en este instituto.
Silencio.
Pesado.
Real.
—Van a trabajar. En serio.
—Sí, señor —dijo iñaki.
—Sí —agregó Mateo.
Martina dudó.
Pero asintió.
—Sí.
—Porque si fallan…
Pausa.
—Se van y no me importa que tu padre tenga influencias, Alcázar, se van, va para cualquiera, aquí no hay coronas para nadie, esto que hicieron sobrepasaron todos los límites...me estoy conteniendo de no expulsarlos ya a los tres...así que si saben lo que les conviene quiero ese proyecto terminado.
Salieron en silencio.
Nadie habló.
Nadie se miró.
Hasta que...
—¿Estás bien? —preguntó Mateo, mirando a Martina.
Ella asintió.
—Sí.
Iñaki también la miró.
Pero no dijo nada.
Solo apretó la mandíbula.
Porque ahora ya no era un juego.
No era tensión.
No era orgullo.
Ahora…
Podían perderlo todo.




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