La biblioteca estaba en silencio.
Pero no uno tranquilo.
Uno incómodo.
Martina escribía… o al menos lo intentaba.
El se estaba tomando un mate amargo y le cebo uno a Martina.
—Con azúcar para vos, para que se te quite la amargura.
—Que gracioso.
—Lo se.
Estaba muy tenso el ambiente.
Porque cada dos segundos...
—Estás apretando demasiado el bolígrafo, mordelona.
Iñaki.
Sin mirarlo, respondió:
—No me digas así, estoy pensando.
—No parece, mordelona.
Martina levantó la vista.
—¿Querés hacerlo vos?
Iñaki apoyó el codo en la mesa.
—No. Me gusta mirarte frustrada.
—Qué vida interesante.
—Desde que llegaste, sí.
Silencio.
Corto.
Peligroso.
Martina volvió al cuaderno.
—Tenemos que terminar esto.
—Lo sé.
—En serio.
—También.
—iñaki.
—Martina.
Se miraron.
Otra vez.
Siempre así.
—Si no lo hacemos bien… nos vamos —dijo ella, más bajo.
Iñaki la sostuvo.
—No me voy.
—No depende solo de vos.
—Entonces no fallamos.
Seguro.
Demasiado.
Martina dudó.
—No puedo confiar en eso.
Iñaki se inclinó un poco.
—Podés confiar en mí.
Error.
Grave.
Error.
—Ok, necesito interrumpir esto antes de que alguien se bese o se mate.
La voz apareció de la nada.
Martina giró.
Un chico alto, de cabello rosado bien vestido, sonrisa peligrosa y mirada analítica estaba apoyado contra la estantería.
—¿Perdón? —dijo ella.
Él caminó hacia la mesa.
Sin invitación.
Obvio.
—Necesito saber algo importante —dijo, señalándola—. ¿Sos la chica del escándalo… o la que araña gente?
Silencio.
Iñaki soltó una risa—Y también muerde como Tyson, es una perra asesina.
Martina lo miró.
—¿Y vos sos?
El chico sonrió.
—Paolo. Encantador, inteligente y claramente el único que está viendo lo obvio acá.
Iñaki se recostó en la silla.
—Ya me cae mal este cabeza de algodón de azúcar.
Martina se tapo la boca y contuvo la risa.
—El sentimiento es mutuo, capitán —respondió Paolo sin mirarlo.
Martina no pudo evitarlo.
Se le escapó una risa.
—Me caés bien.
—Obvio —dijo Paolo—. Tengo buen gusto.
—¿Siempre apareces así? —preguntó Iñaki.
—Solo cuando la tensión sexual se puede cortar con cuchillo —respondió Paolo.
Silencio.
Martina se atragantó.
—No.
—Sí —la cortó Paolo—. No hace falta que lo niegues, es evidente.
Iñaki lo miró, divertido.
—Por fin alguien con ojos.
Martina cerró el cuaderno de golpe.
—No voy a discutir esto.
—No es discusión —dijo Paolo—. Es diagnóstico.
—¿Vos quién sos? —preguntó iñaki.
—El que te va a decir lo que nadie se anima —respondió Paolo—. Bajá un poco el ego, te queda grande.
Silencio.
Iñaki sonrió.
—Me gusta.
—No es para que te guste —respondió Paolo—. Es para que mejores.
Martina se tapó la cara un segundo.
—Esto es demasiado.
—Bueno —dijo Paolo, sentándose—. Ahora sí, contame todo.
—No —respondieron Martina y Iñaki al mismo tiempo.
Paolo sonrió.
—Me encanta este grupo.
—Estoy trabajando —dijo Martina.
—Mentira —respondió Paolo—. Estás evitando pensar en él.
La miró directo.
—Y en el otro.
Silencio.
Iñaki frunció el ceño.
—¿El otro?
Paolo lo miró.
—Ah, vos no sabías. Interesante.
Martina lo fulminó con la mirada.
—No sigas.
—Ok, ok —dijo él, levantando las manos—. Me retiro antes de que me maten.
Se levantó.
—Pero te aviso algo —agregó, mirándola.
Pausa.
Sonrisa.
—El Capitan te desea… el otro te cuida.
Y se fue.
Silencio.
Pesado.
—¿El otro? —repitió Iñaki .
Martina cerró los ojos.
—Ignoralo.
—No.
—Sí.
—No.
—iñaki.
—¿Mateo?
Golpe.
Directo.
Martina no respondió.
No pudo.
Y eso…
Fue suficiente.
Iñaki se levantó.
—Perfecto.
—No empieces —dijo ella.
—No estoy empezando nada.
—Claro que sí.
—No me gusta.
—No es tu problema.
Ahí estaba.
Otra vez.
—Empieza a serlo —respondió él.
Martina lo miró.
Cansada.
—No podés controlar todo.
—No intento controlar.
—Entonces ¿qué?
Silencio.
Iñaki la sostuvo.
—Entender.
Error.
Otra vez.
Martina bajó la mirada.
—No hay nada que entender.
Mentira.
Y los dos lo sabían.
—Mar...
Mateo.
Perfecto timing.
Otra vez.
—¿Puedo…?
Señaló la mesa.
Martina asintió.
—Sí.
Iñaki no dijo nada.
Pero se tensó.
Mateo se sentó.
Miró a iñaki.
Después a Martina.
—¿Interrumpo?
—Siempre —respondió Iñaki.
—Ignoralo —dijo Martna.
Silencio.
Tres.
Otra vez.
—¿Avanzaron algo? —preguntó Mateo.
—Sí —respondió Martina rápido.
Iñaki la miró.
—No tanto.
—Estamos en eso.
Mateo asintió.
—Si necesitás ayuda…
Ahí estaba.
Otra vez.
—Gracias —dijo ella.
Iñaki apretó la mandíbula.
—Voy a buscar unos libros —dijo Iñaki de repente.
Se levantó.
Y se fue.
Silencio.
Pero distinto.
Más suave.
Más real.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo.
Martina dudó.
—No sé.
Mateo la miró.
—No tenés que saberlo ahora.
Simple.
Sincero.
Martina lo sostuvo.
—Con vos es fácil.
Error.
Grave.
Error.
Mateo bajó la mirada.
Sonrió apenas.
—Con vos también.
Y ahí…
Algo cambió.
Otra vez.
Desde lejos Iñaki los observaba.
Con los libros en la mano.
Sin leer una sola palabra.
Porque el problema ya no era solo ella.
Ni Mateo.
Ni el proyecto.
El problema…
Era que estaba empezando a perder.
Y no le gustaba nada.
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Editado: 08.04.2026