Odiarte nunca fue tan tentador

Capitulo 11

La habitación estaba en penumbra.
Martina empujó la puerta con cuidado, esperando no hacer ruido. Había vuelto de la lavandería con una cesta con ropa limpia.
Pero lo escuchó igual.
Un sollozo.
Bajo.
Contenido.
Se detuvo y apoyo el cesto en el suelo.
—¿Ruth?
Silencio.
Demasiado rápido.
—Estoy bien —respondió la voz, desde la oscuridad.
Mentira.
Evidente.
Martina cerró la puerta detrás de ella.
No prendió la luz.
No hacía falta.
—No parece.
—Estoy bien —repitió Ruth, más firme.
Martina dejó el bolso en el suelo que estaba estorbando en su cama.
—Ok.
Y no dijo nada más.
Caminó hasta su cama.
Se sentó.
Silencio.
Pesado.
Pero no incómodo.
Pasaron segundos.
Minutos.
Ruth no se movía.
Martina tampoco.
—Podés hablar… o no —dijo Martina finalmente—. Me da igual, pero aquí tienes a alguien que te va a escuchar y no te juzgará, también soy una tumba.
Pausa.
—Pero no voy a hacer como si no pasara nada, por qué algo te sucede...
Ruth soltó un suspiro tembloroso.
—No sabés nada de mí vida.
—No, es verdad.
—Entonces no opines.
—No opino.
Silencio.
Otra vez.
—¿Por qué no te vas y me dejas un rato tranquila? —murmuró Ruth.
Martina apoyó los codos en las rodillas.
—Porque no quiero.
—No tenés por qué quedarte a ver lo patética y porquería que soy.
—Tampoco tengo por qué irme.
Pausa.
Larga.
—No soy fácil —dijo Ruth.
—Yo tampoco.
—No hablo.
—Yo sí.
—No confío.
Martina se encogió de hombros.
—Yo tampoco mucho.
Silencio.
Pero algo…
Se aflojó.
Un poco.
—Me escribió —dijo Ruth de repente.
Martina no preguntó quién.
Ya lo sabía.
—¿Y?
—No debería importarme.
—Pero importa.
Ruth soltó una risa rota.
—Sí.
Se sentó en su cama.
Por primera vez, la luz del pasillo iluminó su cara.
Ojos rojos.
Cansados.
Frágiles.
—Dice que cambió.
Martina no dudó.
—No cambió.
—No sabés.
—Sí sé.
Silencio.
—Siempre dicen eso —continuó—. Hasta que vuelven a ser los mismos.
Ruth la miró.
Fijo.
—¿Te pasó?
Martina dudó.
Solo un segundo.
—Algo así.
Mentira a medias.
Pero suficiente.
Ruth bajó la mirada.
—Me hacía sentir… chica.
Pausa.
—Como si todo lo que hacía estuviera mal, limitada...sola, alejada de todos...
Martina apretó la mandíbula.
—Eso no es amor.
—Lo sé.
—Entonces bloquealo, cierra esa etapa, sino nunca podrás avanzar a algo mejor, seguirás atrapada en el pasado, presa de las espinas de un amor que te encierra y te lástima.
—No puedo.
—Sí podés.
—No quiero.
Silencio.
Golpe.
Martina la observó.
Más despacio.
Más profundo tratando de entenderla...
—No querés… o te da miedo quedarte sin eso.
Ruth no respondió.
Pero sus ojos…
Se llenaron.
—Mis viejos no se soportan —soltó de golpe—. Se gritan todo el tiempo. Se culpan por todo...mí casa es un campo de guerra constantemente...
Respiró hondo.
—Y yo… estoy en el medio.
Martina no dijo nada, dejo que ella se abriera.
—Él era como… una salida para mí, era el faro en una terrible tormenta en el mar, su luz era una guía que me llevaba a estar protegida, la salvación... —continuó—. Alguien que me elegía... a mí... a este desastre que soy...
Pausa.
—Aunque lo hiciera mal.
Silencio.
Pesado.
Real.
Martina se levantó.
Caminó hasta su cama veía como las lágrimas caían por las mejillas de Ruth
Se sentó al lado.
Sin pedir permiso.
—No necesitás que alguien te elija… si te destruye, por qué no te está cuidado, te está lastimando.
Ruth la miró.
—Suena fácil cuando lo decís.
—No lo es.
—Entonces ¿por qué lo decís así?
Martina se encogió de hombros.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Ruth soltó una risa suave.
—Sos rara.
—Me lo dicen mucho.
—Pero… gracias.
Martina asintió.
—De nada.
Silencio.
Pero distinto.
Más liviano.
—¿Y vos? —preguntó Ruth—. ¿Qué te pasa?
Martina se tensó.
—Nada.
—Mentira.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Martina la miró.
Y por primera vez…
No tuvo respuesta.
—Hay dos, ¿no? —dijo Ruth.
Directo.
Martina cerró los ojos.
—No empieces.
—Uno te vuelve loca.
—Sí.
Error.
Se dio cuenta tarde.
Ruth sonrió apenas.
—Y el otro…
Martina no respondió.
Pero no hizo falta.
—Te hace sentir… tranquila —completó Ruth.
Silencio.
Martina bajó la mirada.
—No sé qué hacer, es terrible esta situación, estoy en un dilema...y puedo llegar a lastimarlos...
Ahí estaba.
La verdad.
Ruth la observó.
—No elijas ahora.
Martina frunció el ceño.
—¿Qué?
—No elijas —repitió—. Entendé primero qué sentís... tómate tu tiempo.
Pausa.
—Después decidís.
Martina la miró.
Sorprendida.
—Pensé que no dabas consejos.
Ruth se encogió de hombros.
—No los doy.
—Entonces esto…
—Es una excepción.
Silencio.
Pero esta vez…
Cómodo.
Real.
Martina se recostó en la cama.
Mirando el techo.
—Somos un desastre.
Ruth rió bajito.
—Bastante.
Pero ya no estaban solas.
Y eso…
Cambiaba todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.