La biblioteca estaba casi vacía.
Raro.
Perfecto.
Peligroso.
Martina dejó sus cosas sobre la mesa y abrió el cuaderno, intentando concentrarse.
Intentando no pensar en lo que Ruth le había dicho.
“No elijas ahora.”
Fácil decirlo.
Difícil hacerlo.
—Llegaste temprano, mordelona.
La voz la hizo cerrar los ojos un segundo.
Iñaki.
—Estoy trabajando ¿Que no vez?—respondió, sin mirarlo.
Él se sentó frente a ella.
—Milagro.
—No empieces.
—No empecé nada.
Martina levantó la vista.
—Mejor.
Silencio.
Pero no tranquilo.
Nunca lo era con él.
Iñaki apoyó los brazos en la mesa.
—¿Avanzaste algo?
—Sí.
—¿Me mostrás que hiciste?
Martina giró el cuaderno.
Iñaki se inclinó.
Cerca.
Demasiado.
Otra vez.
—Está bien —murmuró.
—Lo sé.
—Pero le falta algo.
Martina frunció el ceño.
—¿Qué le falta según tu?
Iñaki levantó la mirada.
La sostuvo.
—Impacto.
Silencio.
—Esto es un trabajo, no un show.
—Es una exposición frente a todo el instituto, no una lección oral con el profe de historia —respondió él—. Tiene que sentirse.
Martina lo miró.
—¿Sentirse?
—Sí.
Se inclinó un poco más.
—Como cuando no podés ignorar algo.
Error.
Otra vez.
Martina apartó la mirada.
—No todo es tan intenso como vos pensás.
—Vos sí.
Directo.
Sin filtro.
—No —respondió ella.
Mentira.
Iñaki se recostó en la silla.
—¿Vas a seguir negándolo?
—Sí.
—Perfecto.
Silencio.
Pero cargado.
—¿Qué pasó con Mateo? —preguntó él de repente.
Martina levantó la mirada.
—Nada.
—No parece.
—No es asunto tuyo.
—Otra vez eso.
—Porque es verdad.
Iñaki la observó.
—No me gusta cómo te mira.
Golpe.
—No me gusta cómo me hablás —respondió ella.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Silencio.
Denso.
—Él no es como vos —dijo Iñaki.
Martina frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que no juega.
—¿Y vos sí?
Iñaki dudó.
Solo un segundo.
—No con vos.
Error.
Grave.
Error.
Martina se quedó quieta.
El aire se volvió más pesado.
—No digas cosas que no podés sostener.
—Las sostengo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Martina se levantó de golpe.
—Esto no está funcionando.
Iñaki también se levantó.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Iñaki.
—Martina.
Quedaron frente a frente.
Otra vez.
Siempre así.
—Esto es un desastre —dijo ella.
—Lo sé.
—Entonces frená.
—No quiero.
Silencio.
Peligroso.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Iñaki la miró.
De verdad.
—Porque no puedo.
Y ahí…
Se rompió algo.
Martina dio un paso atrás.
—Sí podés.
—No.
—Sí.
—No.
—iñaki.
—Decime que no sentís nada...decime que no te atraigo—repitió él.
Otra vez.
Como aquella noche.
Martina lo miró.
Intentó.
De verdad.
Pero.
—No puedo.
Susurro.
Error.
Grave.
Error.
Iñaki cerró los ojos un segundo.
Después...
Se acercó.
Un paso.
Dos.
Tres.
Hasta quedar a nada.
—Entonces dejá de frenarlo.
Martina apoyó una mano en su pecho.
Pero no lo empujó.
No del todo.
Lo miró directo a los ojos, luego a sus labios, era imposible resistirse a esa tentación.
—Esto está mal.
—Probablemente.
—Nos van a echar.
—No si terminamos el proyecto.
—No hablo de eso.
Silencio.
Iñaki bajó la mirada.
A sus labios.
Otra vez.
Siempre.
—Si no paro ahora…
—No vas a parar.
—No.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y entonces...
Se inclinó.
Lento.
Sin apuro.
Dándole tiempo.
Para frenarlo.
Martina no lo hizo.
Pero...
—Ok, necesito entrar justo ahora porque esto ya es ridículo.
La voz rompió el momento.
Otra vez.
Paolo.
Martina se separó de golpe.
—¡¿Vos no tenés timing?!
—Tengo el mejor timing —respondió él—. Literalmente salvé sus vidas académicas.
Iñaki resopló.
—Te voy a matar.
—Sumate a la lista —dijo Paolo—. Pero primero resuelvan esto porque ya me incomoda.
Martina se pasó una mano por el pelo.
—Esto no está pasando.
—Claro que está pasando —respondió Paolo—. Y bastante fuerte.
—¿Qué querés? —preguntó Iñaki .
—Nada —dijo Paolo—. Solo vine a avisarles algo interesante.
Sonrisa.
Peligrosa.
—Nicole está hablando con el director.
Silencio.
Golpe.
Martina frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
Paolo se encogió de hombros.
—No sé… pero considerando que ustedes son el escándalo del momento…
Pausa.
—No creo que sea para felicitarlos.
Iñaki apretó la mandíbula.
—Perfecto.
Martina cerró el cuaderno.
—Genial.
—Les dije que esto no iba a ser fácil —murmuró Paolo.
—Gracias por el dato —respondió ella.
—De nada —dijo él—. Ahora, si me disculpan, voy a seguir disfrutando del drama desde un lugar seguro.
Y se fue.
Silencio.
Otra vez.
Pero ahora…
Peor.
—Tenemos que terminar esto —dijo Martina.
—Sí.
—En serio.
—En serio.
Pero los dos sabían que el problema ya no era el proyecto.
El problema…
Era que estaban a punto de cruzar una línea que no tenía vuelta atrás.
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Editado: 08.04.2026