La biblioteca estaba llena.
Pero la mesa…
Se sentía aislada.
Encerrada.
Martina llegó primero.
Error.
Porque eso le dio tiempo para pensar.
Demasiado.
Después llegó Mateo.
—Hola.
Tranquilo.
Como siempre.
Pero sus ojos…
Buscaban algo.
—Hola —respondió ella.
—¿Estás mejor?
Martina asintió.
—Sí.
Mentira.
Silencio.
Incómodo.
—Mar…
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Mateo dudó.
Solo un segundo.
—¿Hay algo que quieras decirme?
Golpe.
Directo.
Martina sintió el corazón en la garganta.
—No.
Mentira.
Mateo la sostuvo.
—Ok.
Pero no sonó convencido.
Y entonces...
—Llegué.
Iñaki.
Se sentó.
Sin mirar a nadie.
Pero claramente tenso.
Silencio.
Tres.
Otra vez.
—Bueno —dijo Martina—. Tenemos que avanzar.
Nadie respondió.
—En serio —insistió.
—Sí —dijo Mateo.
—Claro —agregó Iñaki.
Pero ninguno miraba el cuaderno.
—¿Qué está pasando? —preguntó Mateo de repente.
Silencio.
—Nada —respondió Martina rápido.
—No parece —dijo él.
—Porque estás buscando algo.
—Porque hay algo.
Golpe.
Iñaki levantó la mirada.
—Dejá de insistir.
—No te hablé a vos, saltamontes.
El entorno la vista—Pero me estás involucrando, garrapata.
—Porque estás involucrado.
Silencio.
Pesado.
Martina cerró el cuaderno.
—Basta.
—No —dijo Mateo—. No basta.
La miró.
Directo.
—Decime la verdad.
Martina sintió el aire desaparecer.
—No hay nada que decir.
Mentira.
Otra vez.
Mateo apretó la mandíbula.
—Entonces decime por qué no podés mirarme a los ojos.
Golpe.
Fuerte.
Martina levantó la mirada.
Y lo miró.
Pero no sostuvo.
No pudo.
Silencio.
Y ahí…
Mateo entendió.
No todo.
Pero suficiente.
—Ah —murmuró.
Y esa sola palabra…
Dolió.
—Mateo— empezó ella.
—No —la cortó.
Su voz no era fuerte.
Pero sí…
Distinta.
—¿Hace cuánto? —preguntó.
Martina cerró los ojos.
—No es lo que pensás.
—Siempre es lo que uno piensa.
Iñaki se tensó.
—No le hables así.
—¿Y vos qué? —respondió Mateo—. ¿Ahora la defendés?
Silencio.
—No es tu problema —dijo Iñaki.
—Claro que lo es —respondió Mateo—. Porque me importa.
Golpe.
Directo.
Martina sintió el impacto.
Más fuerte que todo.
—Mateo…
Pero no supo qué decir.
—¿Pasó algo? —preguntó él.
Silencio.
Martina no respondió.
No podía.
Y eso…
Fue suficiente.
Mateo rió.
Pero no era gracioso.
—Perfecto.
Se levantó.
—Perfecto.
—No es así —dijo Martina, levantándose también.
—No —respondió él—. Es peor.
Golpe.
—Escuchame.
—No quiero.
—Mateo.
—No quiero —repitió—. Porque si escucho… va a doler más.
Silencio.
Pesado.
Iñaki se levantó también.
—Bajá un cambio.
Error.
Mateo lo miró.
—¿Sabés qué es lo peor?
Pausa.
—Que sabía que esto iba a pasar.
Martina sintió el nudo en el pecho.
—No.
—Sí —la cortó—. Pero igual me quedé.
Silencio.
—Eso fue lo más estúpido que hice.
Y eso…
Eso la rompió un poco.
—Mateo, yo.
—No.
Sacudió la cabeza.
—No ahora.
Pausa.
—No así.
La miró.
Por última vez.
—Después hablamos.
Y se fue.
Silencio.
Pesado.
Irrespirable.
Martina no se movió.
No podía.
Iñaki tampoco habló.
Por primera vez…
No tenía nada que decir.
—Sos un idiota —murmuró ella.
Iñaki la miró.
—¿Yo?
—Sí.
—No fui el único.
Golpe.
Martina sintió la bronca subir.
—No tendríamos que haber hecho eso.
—No te obligué.
—No.
—Entonces no me culpes.
Silencio.
Tenso.
—Esto arruinó todo —dijo ella.
—No —respondió él—. Esto lo hizo real.
Martina negó.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No puedo con esto —murmuró ella.
Iñaki la miró.
Más serio.
Más real.
—Vas a tener que poder.
Silencio.
Porque ahora ya no había vuelta atrás.
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Editado: 08.04.2026