La biblioteca estaba en silencio.
Pero esta vez…
No era incómodo.
Era vacío.
Martina estaba sentada sola.
Cuaderno abierto.
Lapicera en la mano.
Y la hoja…
Seguía en blanco.
—Genial —murmuró.
—Excelente trabajo, Martina. Muy productiva.
Suspiró.
Apoyó la frente contra la mesa.
Antes, en ese mismo lugar…
Siempre había ruido.
Discusiones.
Cruces.
Miradas.
Iñaki.
Martina cerró los ojos.
Error.
Porque lo vio.
Ahí.
Otra vez.
—Ok, basta.
Se enderezó.
Tomó la lapicera.
—Podés sola.
Empezó a escribir.
“Las decisiones individuales…”
Se frenó.
—Qué irónico.
Suspiró.
—Estoy harta de esta frase.
—Entonces cambiá de tema.
Paolo.
Martina levantó la cabeza.
—¿Vos vivís acá?
—Sí —respondió él, sentándose sin permiso—. Soy parte del mobiliario.
Martina rodó los ojos.
—No estoy para vos.
—Perfecto —respondió—. Yo sí estoy para vos.
Silencio.
—¿Cómo va eso? —preguntó señalando el cuaderno.
Martina lo giró.
Hoja casi vacía.
Paolo hizo una mueca.
—Impactante, pocas palabras pero con mucha fuerza...
—Andate.
—No.
Silencio.
—No puedo concentrarme, estoy jodida ¿Que voy a hacer?—admitió Martina.
—Porque estás pensando en dos personas al mismo tiempo —respondió él.
Golpe.
Martina no respondió.
—Uno que te da paz… —continuó Paolo.
Pausa.
—Y otro que te desarma, te saca del eje, de tu zona de confort y eso te descoloca...¿No?
Silencio.
—No lo pongas así.
—¿Por qué? —respondió—. Es exactamente así.
Martina apoyó la lapicera.
—No sé cuál elegir.
—Entonces no elijas todavía —dijo Paolo.
Martina lo miró.
—¿En serio?
—Sí —respondió—. Pero dejá de mentirte sobre lo que sentís.
Golpe.
Silencio.
—Porque una cosa es no decidir…
Pausa.
—Y otra es fingir que todo es igual.
Martina bajó la mirada.
Porque no lo era.
Nunca lo fue.
—Voy a intentar escribir —murmuró.
—Eso ya es algo —respondió Paolo.
Se levantó.
—Y Mar…
Ella lo miró.
—No te escondas en esto.
Señaló el cuaderno.
Y se fue.
Silencio.
Martina volvió a la hoja.
Respiró hondo.
Y esta vez…
Escribió.
De verdad.
Mientras tanto.
El campo estaba vacío.
Iñaki pateaba una pelota contra la pared.
Una.
Y otra.
Y otra.
Fuerte.
—Vas a romper algo.
Kevin.
Iñaki ni lo miró.
—¿Siempre fuiste así de dramático o es algo nuevo?
—Cerrá la boca.
Kevin sonrió.
—No.
Silencio.
—¿Hablaste con ella? —preguntó.
Iñaki pateó más fuerte.
—Sí.
—¿Y?
Pausa.
—Nada.
Kevin frunció el ceño.
—¿Nada?
Iñaki suspiró.
—Sigue igual.
Silencio.
—¿Y vos? —preguntó Kevin.
Iñaki se quedó quieto.
—Yo ya no.
Golpe.
Kevin lo miró.
—Eso sonó serio.
—Lo es.
Silencio.
—No voy a estar esperando, ni ser segunda opcion —agregó Iñaki.
Kevin asintió.
—Bien.
Pausa.
—Pero tampoco parece que te estés yendo.
Golpe.
Iñaki no respondió.
Porque tenía razón.
—¿Te gusta? —insistió Kevin.
Iñaki rió sin humor.
—Más de lo que debería.
Silencio.
—Entonces hacé algo.
Iñaki negó.
—No ahora.
—¿Por qué?
Pausa.
—Porque esta vez…
Pateó la pelota.
—Tiene que venir de ella.
Silencio.
Y eso…
Era nuevo.
Muy nuevo.
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Editado: 08.04.2026