El patio estaba tranquilo.
Raro.
Sin gritos.
Sin partidos.
Sin drama.
Mateo estaba sentado en una de las gradas.
Cuaderno en mano.
Lápiz entre los dedos.
Pero no dibujaba.
Miraba.
A ella.
Ruth.
Sentada en el pasto.
Piernas cruzadas.
Auriculares puestos.
Concentrada.
Pero no en un libro.
En un cuaderno.
Dibujando.
Mateo frunció levemente el ceño.
—¿Desde cuándo dibuja?
Silencio.
No lo sabía.
Y eso…
Le llamó la atención.
Porque durante meses…
Había estado mirando a otra persona.
Y ahora…
Estaba viendo cosas que antes no veía.
Ruth levantó la mano.
Se acomodó el pelo.
Se rió sola.
Y Mateo…
Sonrió.
Pequeño.
Casi sin darse cuenta.
—Ok…
Murmuró.
Y bajó la mirada.
Abrió su cuaderno.
Y empezó.
Líneas suaves.
Rápidas.
Después más lentas.
Más precisas.
Más… detalladas.
El cabello.
El gesto.
La forma en que inclinaba la cabeza.
Todo.
Como si ya lo conociera.
Pero no.
Lo estaba descubriendo.
Minutos pasaron.
Tal vez más.
Mateo no lo notó.
Hasta que.
—¿Me estás dibujando o es idea mía?
Se congeló.
Lentamente levantó la mirada.
Ruth estaba frente a él.
Una ceja levantada.
Brazos cruzados.
Pero no molesta.
Divertida.
—Capaz —respondió él.
Ruth sonrió.
—Capaz sos bastante obvio.
Mateo cerró el cuaderno.
Demasiado tarde.
Ruth se sentó a su lado.
—A ver.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Ruth intentó sacárselo.
Mateo lo sostuvo.
—No está terminado.
—Perfecto —respondió ella—. Me gustan los procesos.
Silencio.
Mateo dudó.
Un segundo.
Dos.
Y después…
Se lo dio.
Ruth lo abrió.
Y se quedó quieta.
Silencio.
—Wow…
Mateo la miró.
—No es para tanto.
—Callate —respondió ella.
Pasó la hoja.
Y ahí estaba.
Ella.
Pero no exactamente.
Era… más.
Más suave.
Más intensa.
Más real.
Como si alguien hubiera visto cosas que ella no mostraba.
—Soy yo —murmuró.
—Sí.
Silencio.
—Pero no así.
Mateo inclinó la cabeza.
—Así te veo.
Golpe.
Ruth levantó la mirada.
Lo sostuvo.
Y algo…
Cambió.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
Mateo dudó.
Pero no mintió.
—Desde que dejé de mirar a otra persona.
Silencio.
Ruth lo estudió.
—¿Y ahora mirás a todo el mundo o tengo suerte?
Mateo sonrió.
—No a todo el mundo.
Pausa.
—Solo a lo interesante.
Golpe.
Ruth soltó una risa corta.
—Mirá vos…
Silencio.
—No sabía que entraba en esa categoría.
Mateo la miró.
De verdad.
—No mirabas.
Golpe.
Ruth cerró el cuaderno.
Pero no se lo devolvió.
—Me lo quedo.
Mateo levantó una ceja.
—¿En serio?
—Sí.
Pausa.
—Es la primera vez que alguien me dibuja así.
Silencio.
—¿Así cómo?
Ruth lo miró.
—Como si valiera la pena.
Golpe.
Mateo se quedó quieto.
Porque eso…
No se lo esperaba.
—Siempre valiste la pena —dijo.
Sin pensar.
Sin filtro.
Silencio.
Ruth sonrió.
Pero no como siempre.
Más suave.
Más… real.
—Cuidado —dijo—
Pausa.
—Que me vas a empezar a caer bien.
Mateo rió.
—Ya es tarde.
Silencio.
Se quedaron ahí.
Sin moverse.
Sin apuro.
—¿Sabés qué es lo peor? —murmuró Ruth.
—¿Qué?
—Que ahora tengo curiosidad.
Golpe.
Mateo la miró.
—¿Sobre qué?
Ruth inclinó la cabeza.
—Sobre vos.
Silencio.
Y eso…
Eso recién empezaba.
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Editado: 09.04.2026