Odio amarte

Capítulo 5 De regreso a casa

Si le hubieran dicho a mí yo adolescente que algún día estaría acostada en una manta, al lado de Lucas, contemplando un cielo lleno de estrellas, mientras la ciudad se extiende tranquilamente a nuestros pies, simplemente no lo hubiera creído.

—Vienes mucho a este lugar—le pregunto a Lucas que gira su cabeza y me mira con una ceja arqueada antes de volver a dirigir su mirada al cielo.

—No, ya no—me dice con un tono melancólico— como debes saber, hace tiempo que me fui de la ciudad y hasta hace unas horas no había vuelto. Pero venía mucho aquí cuando era adolescente.

—Oh, y ¿a cuántas chicas has traído a este lugar para enseñarles las estrellas? —le digo, mientras contemplo la inmensidad del cielo que se extiende sobre mi cabeza.

—Tú eres la primera— su voz es tan suave que casi no escucho su respuesta y me toma unos minutos procesar lo que me acaba de confesar

—¿En serio? — miro a Lucas y por primera vez en la noche realmente me fijo en lo guapo que es. Es increíble lo bien que lo ha tratado el tiempo.

—Si en serio— Un suspiro de cansancio se escapa de sus increíbles labios y no puedo evitar preguntarme a qué sabrán.

Espera un momento, ¿en qué estoy pensando?, ¿cuánto he tomado? Por Dios, que este es Lucas, el hermano de Alex, es el que quemó mi muñeca favorita cuando tenía ocho años y se aseguraba, siempre que podía, de meter sapos, arañas y otras alimañas en mi casa del árbol. Claro está que al final, Alex, mi mejor amigo, terminaba salvándome.

Al pensar en Alex una sonrisa de añoranza se extiende por mis labios y un dolor sordo por mi pecho. Los ojos se me inundan y es entonces que recuerdo que, ahora mismo, él está allá abajo, en algún lugar de la ciudad, amando a alguien que no soy yo. Que, para mayores males, resulta ser mi hermana.

De alguna forma, Lucas, se da cuenta del estado sombrío en el que me he sumergido.

—Oye— me llama la atención—¿a dónde se ha ido tu mente?

—No puedo creer que Alex y Ana se vaya a casa—una voz temblorosa escapa de mis labios—todavía estoy tratando de averiguar que voy a hacer a continuación.

—¿Qué tal si solo intentas dejar que esta noche pase y piensas en eso mañana? — Lucas gira mi cabeza suavemente para que lo mire y aparta de mis ojos un mechón rebelde de cabello colocándolo detrás de mi oreja.

— ¿Por qué estás siendo tan amable conmigo? — No puedo evitar que se me escape la pregunta en un tono un tanto molesto

—¿Qué te puedo decir? — una sonrisa extraña se extiende por sus labios y una ceja arqueada me saluda— Supongo que la miseria ama la compañía o algo así

—Como sea—me paro de la manta volviendo a mirar la bella vista de la ciudad y me vuelvo hacia donde está Lucas todavía acostado en la manta, ahora, de lado y con una mano sosteniendo su cabeza—Será mejor que terminemos la noche. Vámonos quiero irme a mi casa.

—Está bien—Lucas se levanta, dobla la manta y la envuelve en un puño junto con la petaca.

Lucas empieza a caminar hacia donde está parqueada la moto, guarda la manta y la petaca. Entonces, se fija en que sigo parada mirándolo fijamente perdida en mis pensamientos sin ver realmente hacia ningún lugar.

—¿Vienes? — me dirige una mirada seria y preocupada que me hace reaccionar

No respondo su pregunta, simplemente empiezo a caminar hacia él. Tomo el casco de su mano y lo pongo en mi cabeza. Luego, me subo a la moto y él la enciende y empieza a conducir. El aroma masculino que se desprende de Lucas me embriaga un poco mientras la brisa de la noche me refresca.

—¿Dónde vives? —me grita Lucas—Suponiendo que no sigues viviendo con tus padres.

—No, ya no vivo con mis padres— tengo que alzar un poco la voz para que, Lucas, pueda escucharme—ahora alquilo un apartamento cerca del bar de Tony, al lado de la librería de Lucy.

—Muy bien—su voz firme me responde—enseguida estaremos ahí

Cierro los ojos por un momento apoyando mi cabeza en la espalda de Lucas. De pronto, el motor se detiene.

—Creo que es aquí—la voz masculina de Lucas me despierta

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que, efectivamente, he llegado a casa.

—Gracias—Lucas me ayuda a bajarme de la moto, me quito el casco y se lo extiendo

—¿Por qué? —Lucas toma el casco de mis manos y me mira fijamente— Por el paseo en moto o por sacarte de tu pesadilla viviente que era esa fiesta.

—Por los dos, supongo—miro seriamente a Lucas

—No hay de que—Lucas enciende la moto—ya sabes donde estoy si me necesitas el día de la boda.

Hay Dios, la boda. En este momento, la idea de ser dama de honor de Ana me abruma. Aún tengo que atravesar ese umbral, esa ceremonia que promete ser un festín de risas y felicidad para todos, menos para mí. Nunca imaginé que llegaría a este punto, de tener que participar activamente en la boda de mi hermana con Alex.

Si no fuera por la insistencia de mi madre, nunca habría aceptado. Su voz resuena en mi mente, suave, pero firme, cada palabra impregnada de amor y desesperación.

—Tienes que estar allí para Ana— me dice, y en ese instante siento que el peso de su expectativa recae sobre mis hombros. Esa capacidad que tiene para hacerme sentir culpable es casi mágica; como si sus deseos fueran un hechizo del que no puedo escapar.
Como voy a esconder esta tristeza que me acompaña durante la celebración, un eco que reverbera en el fondo de todas las risas. La alegría ajena se siente como un cuchillo afilado. Mientras todos brindan por el amor y la felicidad, yo seguiré siendo la dama de honor que, en su interior, lucha con un mar de emociones contradictorias.

—Vamos—Lucas me llama la atención—Hasta que no entres, no me iré.

Miro a Lucas y asiento con un gesto que apenas encierra mi decisión. Con pasos pesados, me dirijo a la entrada del edificio donde resido. Mis manos temblorosas buscan las llaves en el fondo de mi bolso, un refugio que, por suerte, he mantenido cerca toda la noche. Al abrir la puerta, el chirrido de las bisagras parece resonar más fuerte que el eco de mis pensamientos. La cierro con suavidad y, al darme la vuelta, escucho el rugido de una moto que se aleja, quebrando el profundo silencio de la noche.
Subo las escaleras como si mis pies estuvieran atados a un peso invisible, cada peldaño es un recordatorio de la fatiga que me envuelve. En modo automático, empujo la puerta de mi apartamento y me encuentro en un espacio familiar que ahora se siente como una celda que contiene mi soledad. La luz tenue se filtra por las rendijas de las cortinas, pero no hay calor en este hogar que solía ser un refugio.
De algún modo, mi cuerpo encuentra su camino hacia el sofá de la sala, donde me desplomo con un suspiro. Cierro los ojos, abrazando la oscuridad que me rodea, como si en ella pudiera hallar un consuelo. Un deseo ferviente brota en mi interior: que esto no sea más que una pesadilla de la que pronto despertaré. Las sombras danzan a mi alrededor mientras mi mente lucha por aferrarse a recuerdos felices, aferrándose a la esperanza de que, tal vez, mañana las cosas sean diferentes. Pero en este momento, todo lo que siento es la tristeza que pesa sobre mí, como un manto inquebrantable.




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