Odio y pecado

El Abismo de un Flechazo: La Historia de Alexander

​¿Les ha pasado? Cómo confundimos un simple flechazo con algo trascendental.
​En ese momento, todo parece sencillo: vemos mariposas, vemos a un "príncipe encantado", vemos a la persona perfecta. No vemos los defectos; no vemos nada, solo la perfección.
​Desgraciadamente, nos estamos vendando los ojos nosotros mismos, cegándonos ante la realidad e impidiéndonos ver a la persona tal cual es.
​Eso me pasó a mí. Es una verdadera tristeza cómo yo mismo me ocasioné este daño para poder entender el valor de la realidad.
​Soy Alexander, tengo 34 años, soy de Alemania y soy gay.
​Es increíble cómo un enamoramiento tan simple termina convirtiéndose en una relación tóxica, en una codependencia oscura de la cual no puedes salir. Esta historia trata de cómo nos perdemos a nosotros mismos en una relación que comienza bien, donde todo es armonía y comunicación, y cómo terminamos cayendo en el abismo: vicios, drogadicción, adicción al sexo y a la violencia (no física, sino psicológica).
​A pesar de la traición —esa navaja clavada en ambos—, me quedé ahí. Me quedé a pesar del daño a terceros, en esa relación enfermiza y maligna. Lastimé a mi familia y me dañé a mí mismo. Hasta la fecha, me atormentan los sueños; su presencia es una sombra constante detrás de mí de la cual no puedo escapar.
​El día que todo comenzó
​Recuerdo muy bien el día que lo conocí.
​Mi familia nos invitó a una comida; mi padre es enfermero y nos invitaron a la celebración del aniversario de un hospital importante en Alemania, donde él trabajaba en el área de urgencias.
​Yo no quería ir. Me rehusaba. Tenía 25 años y estaba terminando mi carrera como contador, trabajando como pasante en un despacho. Recuerdo decirle a mi madre:
—No quiero ir.
​Pero al día siguiente, ella insistió:
—Tu padre quiere que vayamos, prepárense.
​Siendo el mayor de tres hermanos, no me quedó más remedio que asistir. Prefiriendo siempre el aislamiento y refugiándome en las pantallas de mis dispositivos —un hábito que cargaba desde hace tiempo tras varios fracasos y situaciones difíciles—, crucé las puertas de aquel lugar sintiendo el peso de la incomodidad en cada paso.
​Mientras entrábamos al hospital y veía a todos celebrar, sentí algo dentro de mí. Una voz me decía a gritos:
"No vayas, Alexander. Quédate en casa".
​Debí haber escuchado esa voz. A partir de que me crucé con esta persona, mi vida se volvió un calvario. Nos volvimos como el asesino y su daga: una codependencia enfermiza.




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