Ofiuco

Capítulo 3: Los seres sin rostro

Estuve corriendo por casi una hora, el pánico por lo ocurrido aún no se me iba. El diablo estuvo a punto de atraparme hoy, cada vez estaba más cerca.

—Sube al tren. —resonó en mi cabeza.

Al principio no entendí a que se refería Dios esta vez, hasta que logré divisar una estación de tren no muy lejos de dónde me encontraba. Tengo hambre, y solo dispongo de una botella de agua más un poco de dinero, pese a ello lo tendré que emplear en el boleto del tren. 

El taquillero ni siquiera me miró, solo me vendió el boleto sin decir nada. Normalmente espero reacciones de asco y rechazo cuando me acerco a alguien, así que fue agradable encontrarme con alguien que se enfoca en su trabajo en lugar de juzgar a otros.

Mi pequeña alegría fue fugaz, puesto que, al subir y ver a los pasajeros, el temor había regresado. Rápidamente agacho la cabeza, a la vez que la cubro con mi capucha, alzo un poco la mirada y empiezo a observar a los pasajeros de izquierda a derecha mientras me dirijo al fondo. Siempre hago esto cada vez que paso junto a un grupo de gente. Ya no siento vergüenza, aun así meto mis manos a los bolsillos y me encojo de hombros cuando necesito algo de valor. Las personas guardan sus cosas, abrazan a sus hijos y me miran con miedo, es duro, pero prefiero esto a encontrarme con los seres sin rostro.

Los seres sin rostro se comportan como nosotros, visten como nosotros y se parecen a nosotros, pero no lo son. Ellos no son seres humanos; no tienen ojos, ni nariz, ni boca y mucho menos orejas. Siempre están cubriéndose el rostro, suelen usar gorras, lentes o incluso mascarillas como los que me persiguen. Están en todas partes, aun así, las personas suelen estar tan absortas en sus mundos que no se dan cuenta de su presencia. Sospecho que todos ellos comparten pensamientos y que su existencia sirve a un único propósito. Ser los ojos y oídos del hombre que viste de negro, el cual no es nadie más que el mismísimo diablo.

Como no había muchos pasajeros, decidí sentarme en uno de los asientos que se encontraban al último. Un anciano, que estaba sentado adelante de mí, volteó a mirarme y amablemente me preguntó —: ¿También eres un turista que visita Taured para celebrar su aniversario?

Yo solo asentí con la cabeza, mi mente no podía más. Mis ojos querían cerrarse, pero mi mente no lo permitía. El anciano debió notar eso, porque lo siguiente que dijo fue —: El tren tardará casi cuatro horas en llegar, yo que tú aprovecharía para dormir.

Es extraño. Esas palabras me brindaron tanta calma que cerré los ojos y el sueño se apoderó de mí. Mientras dormía, mi mente empezó a pasar mis memorias fugazmente hasta que se detuvo en una. El último día que vi a mi madre, el día que me convertí en un fugitivo.

Acababa de tener la visión sobre el universo más alocada en mi vida, cuando la voz de Dios me advirtió que unas criaturas sin rostro iban a ir por mí. No esperaba que fuera muy pronto. Apenas terminaba de alistar mis cosas para huir, de pronto mi madre entró a mi habitación acompañada de un hombre anciano, el cual vestía de negro y usaba un sombrero. Mamá se veía completamente devastada, la entiendo, en esos días anduve muy desconectado del mundo que seguro la llevó a pensar que algo malo me pasaba. Sin embargo, el misterioso hombre que la acompañaba me daba un mal presentimiento.

—¿Quién es este hombre mamá? Y, ¿qué es lo quiere? —le pregunté a mi madre en voz alta.

Ella empezó a llorar y solo alcanzó a decirme —: Es por tu bien, hijo.

—¿Qué has hecho? —le grité.

Me partía verla llorar, pero un gran miedo dentro de mí me impulsó a decir eso. De inmediato ingresaron dos hombres altos, como fornidos. Estaban vestidos como enfermeros y cubrían su rostro con mascarilla y lentes oscuros. Uno de ellos traía una camisa de fuerza que se disponían a ponerme. Tuve un rudo forcejeo con ellos y alcancé a darle un puñetazo en la cara a uno. El golpe provocó que se cayeran sus lentes dejando al descubierto un rostro sin ojos. Los malvados seres de lo que Dios me había advertido me habían encontrado. Lo último que recuerdo es que perdí el conocimiento por unos instantes y cuando desperté observé toda mi casa destrozada. No busqué a mi madre, solo me acuerdo de que tomé mi mochila y corrí lo más lejos que pude de ese sitio.

Repentinamente, el anciano me despertó. El tren se había detenido y los pasajeros estaban pegados a las ventanas tratando de averiguar lo que ocurría.

—¿Qué ha pasado? —pregunté al viejo.

—Nos detuvimos de repente, escuché que unas camionetas negras están cerrando el paso, pero nadie ha brindado una explicación precisa.

El terror se adueñó al escuchar esas declaraciones. De prisa me acerqué a la ventana y, para mi desgracia, verifiqué las palabras del anciano. Me levanté de mi asiento dispuesto a correr pensando que todavía no me habían descubierto. Inesperadamente, el taquillero, que emitió mi boleto, entró al vagón donde me hallaba. Recordé entonces que usaba una gorra cuando lo ví y no pude observar bien su aspecto. Sin embargo, ahora que estaba ahí con la cara hacia el frente pude notar que no tenía rostro.




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