Ofrenda De Amor (lady Frivolidad) Trilogia Prohibido 1 Y 2

II

"Te has convertido en mi invierno torrencial.

En mi tormenta matinal, y en mi muerte terrenal.

Aquello que puedo ver pero no tocar.

Que con un efímero rozar calmas el dolor de mi alma marchita.

Que se reaviva con tu cercanía y se restablece con tu mirada tan melancólica como vacía, a la par de única que me sume en una lenta y placentera alegría".

*********

Los primeros rayos del sol se alzaban entrando por el gran ventanal, permitiendo que sus ojos se deleitaran con aquel sublime espectáculo.

Era de las persona que más por costumbre que por convicción, antes de que amaneciese sus orbes estaban abiertos para iniciar con las primeras labores del día.

No recordaba la última vez que se levantó pasadas la diez de la mañana.

Suspiro sin poder contenerse al ver uno de los últimos amaneceres azulados antes de que entrase el invierno en su totalidad, y no pudo evitar rememorar unos ojos acuosos.

Aquellos que se habían adueñado de sus sueños, al igual que de sus pensamientos, y con estos unos labios cálidos que de solo recordarlos su pecho se inflaba, a la par que se calentaba con una velocidad que le resultaba algo abrumadora.

Se acarició la boca anhelando poder apreciar aquella sensación nuevamente.

Negó contrariada por albergar aquellas emociones tan absurdas por un desconocido del que nadie le podía asegurar, si el nombre que le proporcionó fuese el verdadero.

Camino descalza por la alfombra, agradeciendo que sus pies cosquillaran al tacto de esta.

No había salido de sus aposentos desde hace poco más de una semana.

Podía soportar la humillación de ser golpeada en frente de todos, pero no la vergüenza que le producía pasearse por el castillo con el rostro amoratado.

Hasta verse en el espejo le provocaba un profundo malestar.

Se dirigió al palanganero para poder lavarse la cara, y de paso quitarse los últimos indicios de su nuevo desvelo con nombre propio.

Después de secarse con una pequeña toalla se encaminó al objeto que reflejaba su faz, apreciando como poco a poco iba desapareciendo los asomos de aquel golpe que pese a la mano pesada de su padre, agradecía que este no le hubiese pegado con toda su ira infringiéndole un daño mayor.

Su labio partido solo tenía una pequeña línea imperceptible, el moretón a causa de esta solo se veía algo violáceo a punto de desaparecer, y en cuanto a su nariz... ya no estaba tan hinchada y un tono rojizo era lo único que delataba el daño causado.

Con un poco de polvos quedaría como en antaño.

Negó con pesadez.

Tomó la cuerda que estaba a un extremo de los aposentos para llamar a Carmen.

La doncella que no vislumbraba desde que tuvo lugar el incidente.

Hacia todo por su propio pie.

No era una inútil.

Pero ese día se encontraba de un humor menos gris, deseaba poder salir al exterior y pasear sobre el lomo de tormenta, su caballo de raza Frisón color azabache.

A los pocos minutos llamaron a su puerta con un toque imperceptible, pero que gracias a su oído desarrollado lo escucho a la perfección.

— ¡Adelante!—sentenció sin siquiera mirar de quien se trataba porque eso podía dilucidarlo hasta dormida—. Que traigan el agua para mi baño lo más fría que se pueda, y por favor alístame mi traje de montar café— lo único que se escuchó fue a esta merodear por toda la habitación siguiendo su mandato.

Se paseó con parsimonia con la mente en blanco, a la par que desataba la trenza que le llegaba hasta el inicio de su trasero.

>> ¿Mi padre o hermano están en el castillo?— se vio preguntando al aire.

—No milady, hace poco salieron— asintió lentamente.

Podría tomar su paseo sin interrupciones, o que alguien fuese a darle una reprimenda por querer respirar un poco de aire puro.

>> Lord Belalcazar me ordenó informarle que la semana entrante partirá con su madre lady Borja, para el inicio de la temporada social.

Otra en su lugar estaría nerviosa, pero ella no sabía qué sentir.

En realidad no le importaban tales simplezas.

Era dada a los eventos sociales, aunque más por compromiso que porque en realidad le animasen.

Deicidio desechar aquellos pensamientos, dejándole para después.

Lidiaría con un problema a la vez.

En el orden de lo debido.

Y lo primero en su lista era salir de su clausura voluntaria.

Después de darse aquel baño que engarroto sus extremidades librándose de tensiones, se vistió dejándose hacer por la doncella.

Cuando esta terminó de arreglar su cabello sujetándolo en un chongo, que retenía un pequeño sombrero, se giró hacia esta para poder ver sus ojos.

La percibió tiritar.

Buscando el poder escapar.

—Si mi padre o hermano llegan— hablo con calma, pausadamente—, les dirás que estoy haciendo las labores de campo con el capataz— asintió fervientemente.

Se irguió determinada, y con paso firme fue directo a la salida.

No avanzó en demasía cuando se topó con el rostro de su madre, la cual respingo al tropezársela.

— ¡Madre!— saludo con una leve inclinación dispuesta a seguir con su camino.

— ¿Tendrás unos minutos?— la escucho preguntar no muy segura de sus palabras.

—Para usted tengo todo el tiempo que desee — accedió sin problemas.

Su madre era primordial.

Lo número uno en su lista.

Pararía el mundo por solo verle sonreír como solo ella lo hacía en ese lugar.

La siguió hasta su estancia favorita del castillo.

Un saloncito de un blanco impoluto, con una gran chimenea y sillas Luis XIV.

Algo suntuosas pero no por eso menos hermosas.




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