—Sol, te preguntaré de nuevo, y no lo volveré a repetir. ¿Dónde está mi novia?
Siento cómo se me cae el alma a los pies, y creo que hasta el color se va de mi rostro.
Si es que ya no se había ido hace cinco minutos, que es exactamente el tiempo que Gabriel Felipe me lleva haciendo esa pregunta.
Me ha acorralado en uno de los armarios de la universidad —menos mal, a esta hora ya todo el mundo se fue, no hay casi nadie, y menos hoy, por ser el último día de clases antes de la semana de exámenes que concluirá, finalmente, el viernes que viene, y al fin tendremos las anheladas vacaciones que nos dan a final de semestre.
Estamos a mediados de junio—, y aunque por lo general aquí donde vivo siempre hace un clima frío y agradable, ahora mismo siento como si estuviera en un horno.
No porque haga calor, de hecho, tengo la chaqueta puesta, pero estar encerrada aquí con el novio de mi hermana desaparecida casi respirándome encima me resulta sofocante.
Además, lo ha hecho a la fuerza, y eso que al principio me atrajo con el pretexto de que quería mostrarme algo, disque un regalo que le estaba haciendo a mi hermana por su quinto aniversario de su noviazgo con ella, y con el que planeaba proponerle matrimonio.
Sí, ¡matrimonio!
A los veinte años…
Con mi hermana, nada menos, y quien, al igual que yo, ni siquiera tenemos diecinueve todavía.
¡Apenas los vamos a cumplir en un mes!
Y, además…
¿Casarse con alguien estando aún en la universidad?
Yo personalmente no lo haría, porque siempre he dicho que si uno va a contraer matrimonio con otra persona, debe terminar su carrera primero, luego buscar trabajo, y después, se puede pensar en todo lo demás.
En fin, ¿quién soy yo para juzgar?
La cosa es, que este descarado de Gabriel, luego de traerme aquí, me encerró…
Mejor dicho, nos encerró a ambos en el armario donde los encargados de la limpieza guardan sus provisiones.
Resulta que todo lo que me dijo sobre el regalo para mi hermana no era más que una patraña para endulzarme el oído, y así, convencerme con ello de que yo hiciese lo que él quería.
Oh, sí, se le da maravillosamente bien mentir.
Claro que sí, si con esa mirada tan deslumbrante que tiene, cualquiera cae en sus encantos…
—Yo no.
Uy, sí, cómo no. Te recuerdo que acabas de caer en una trampa suya por culpa de su forma encantadora de hablar, por si no te has dado cuenta.
—Bueno, eso ya lo sé, no tienes que recordármelo…
Tragando saliva, ignoro lo que sea que me vaya a responder mi voz interior, y miro al chico que está delante de mí, a escasos centímetros de mi rostro, y cuya mirada, si pudiera matarme, estoy segura de que ya lo habría hecho.
—Yo… —tartamudeo al responder, pero luego me congelo, sumiéndome en un tenso silencio.
Ni siquiera sé qué le voy a decir.
—¿Por dónde debería empezar?
¿Quizás diciéndole que Luna lleva más de día y medio desaparecida tras la humillación más grande e injusta que ha vivido en toda su existencia gracias a su hermana?
—¡Estás loca! ¡No voy a decirle eso!
¿Y qué es lo más grave que puede pasar? Él no es papá, no te va a castigar por eso.
—No, pero hará algo mucho peor…
Y es que Gabriel Felipe no es cualquier persona.
Para tener un nombre tan bonito, —los cuales, para rematar, se asocian con un arcángel y un santo apóstol, respectivamente, personajes que aparecen en la biblia, además—, no le queda ni siquiera como anillo al dedo.
Una sola frase suya, y mi destino puede estar sellado por el resto de lo que me quede de vida, si él así lo quiere y si convence a su padre —o lo manipula, como es su especialidad y costumbre—, si se lo propone.
—Sol Marcela —Dice Gabriel, observándome con frialdad—. Te voy a dar treinta segundos para que me respondas. ¿Dónde está Luna Isabella?
Ahí está de nuevo.
—¿No disque no iba a preguntármelo otra vez?
Sí, eso se suponía, pero bueno, quién entiende a los chicos altivos como él.
Lo miro fijamente por un breve instante, pero enseguida me arrepiento de haberlo hecho.
Sus ojos azules tienen una mirada glacial, tan fría como el hielo, y acaba de meter las manos en los bolsillos del pantalón gris —como sus emociones—, que lleva, algo que nunca es buena señal.
Para nada.
Y ni qué decir de la expresión que posee su rostro…
Parece como si fuese a saltar sobre mí en cualquier momento.
Yo me pregunto: ¿este tipo algún día será capaz de matarme?
—Con esa mirada de acero que tiene, no lo dudo.
—Claro, si se lo propone, con todo el poder que tiene su familia, es muy capaz…
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Editado: 19.08.2026