Ojos de Terror Infinito

Ojos de Terror Infinito

Lo invocó una vez. Una sola vez. Creyó que necesitaría hacerlo más veces. Tal vez le llevaría más tiempo. Sintió silencio, un pesado y absoluto silencio. Y se dio cuenta que ya no necesitaría seguir jugando más. Sintió quietud. Un mareo quieto. Fuera de esta dimensión. Y volvió en sí. Entonces algo lo asustó. Un fuerte aleteo entre dos muebles levemente separados.

¿Un pájaro? Se acercó mientras el aleteo se intensificaba cada vez más. ¿Una paloma? El ala que asomaba no dejaba de moverse como un insecto asustado. Y en un haz de luz asomó su cabeza de paloma, y lo miró como preguntándole ¿porqué? Y algo oscuro y rápido salió de la oscuridad, extendió unas plateadas garras que se clavaron en las inquietas alas y, a la velocidad de un pestañeo, se la llevaron a la más profunda oscuridad reinante en ese pequeño espacio entre los muebles.

Se sobresaltó y alejó su cabeza unos centímetros. Luego volvió a mirar, curioso, en las tinieblas. No lograba ver nada. Pero sentía su presencia hecha oscuridad pura. Unos gruñidos muy leves, casi imperceptibles. ¿Estaba devorando al ave?

¡Y los abrió!  Sintió una parálisis general. ¡Y lo miró! Y dejó de comer solo para mirarlo, con esos ojos de terror infinito. Ojos rojos sin alma. Como un felino molesto, comenzó a gruñir muy suave, pero en aumento, hasta convertirse en chillido, y saltó como una nube negra sin brillo y esos ojos rojos brincaron directo a él como dos soles incandescentes.

  • ¡Ahhhggghhhh!!! – gritó ahogándose en la penumbra de la habitación.

Se despertó humedecido por su sudor. Había sido solo una pesadilla, pero el mismo silencio infinito reinaba otra vez. Hasta que las luces de un auto se filtraron por las persianas y luego el rugido de un motor desvencijado. Silencio otra vez, hasta que la alarma del despertador lo sacudió.

Se vistió a la velocidad del sonido, tomó un vaso de agua como desayuno. Y salió de su nicho/departamento, en ese patético laberinto de pasillos y cableados que parecían una telaraña. Bajó las escaleras entre pálidas luces y giró en un pasillo donde la oscuridad impedía reconocer algo.

Y casi gritó. Pero cerró la boca y respiró hasta que le dolieron sus pulmones. Su cerebro reaccionó más rápido que él, y le recordó que esos dos ojos rojos que lo observaban en la negrura de aquel corredor estaban acompañados de una luz verde que parpadeaba cada tantos minutos. Era el precario tablero de luces y térmicas de aquel sector del edificio. Masticó insultos no dichos y se movió a pasos torpes en los siguientes conos de luces que lo guiaban hasta la salida.

Afuera lloviznaba, y helaba. Ambas cosas. El cielo gris confundía. No se sabía que parte del día era. Más allá disminuía la velocidad un rugiente colectivo.

  • ¡La mierda! – exclamó cargando sus piernas de adrenalina. 

Corrió bajo la lluvia sin importarle los charcos de agua que vaciaba a sus pasos. Un reducido grupo de personas en la parada del colectivo le ayudó a no perderlo. Subió último, pagó su pasaje y se estrechó entre personas de ropas abultadas y mal dormidas.

Su viaje de todos los días era largo. Dos horas de ida y dos horas de vuelta. En el último tramo pudo sentarse, en el lado derecho. Quedaban pocos pasajeros. El grisáceo firmamento brillaba más pálido que hace una hora atrás. Limpió el empañado vidrio con el puño de su campera. El ómnibus se detuvo frente a una entrada vehicular con sus portones abiertos hacia adentro. Unas pocas personas descendían, pero una de ellas, con algún evidente problema de movilidad, hacía más lento el descenso. Su ventana daba directo a aquella oscura entrada. La miró y se imaginó una cuenca ocular vacía.

¡Y casi perdió la respiración! Quedó paralizado otra vez al ver dos ojos rojos en el fondo de aquella cuenca ocular. Quería gritar, pero su garganta no respondía. Miraba a los pocos pasajeros que quedaban a bordo. Nadie más reaccionaba. Volvió a mirar y estos puntos rojos comenzaron a avanzar hacia él. Sintió terror. Quería empujar el colectivo. Que se moviera. Que se fuera de ahí. Miró al indiferente chofer y volvió la cabeza. Esos soles enrojecidos estaban cada vez más cerca. Y, en el medio de éstos, otro par de ojos luminosos pero blancos se encendieron alumbrando la entrada. Un fuerte bocinazo lo despertó. El chofer aceleró perezoso quitándose de la entrada donde aquel auto pretendía salir en marcha atrás.

Aspiró profundamente todo lo que pudo hasta saborear aquel aire fresco y húmedo cuando bajó del ómnibus.

Miró su arrugado boleto mientras caminaba apurado entre las baldosas mojadas. Lo hizo un bollito y se acercó hasta un tacho alto de basura y se inclinó a mirar su interior mientras tiraba la bolita de papel. Como dos brasas ardientes, esos dos ojos rojos se encendieron en el interior oscuro del barril de desechos.

Suspiró jadeante y pateó el tacho. Éste rebotó contra la pared y cayó en dirección a él. Un fugaz maullido acompañó a un gato negro que salió huyendo despavorido del interior.

  • ¡¿Qué hace?! – Vociferó una opulenta mujer desde la otra vereda. – ¡Limpie eso! – le ordenó

La miró de reojo sin reconocerla. Se dio vuelta y acomodó el tacho en su lugar. Miró al felino y lo vio varios metros más allá. Se había sentado de espaldas a él. Miraba de un lado a otro mientras su rabo se movía como un ser aparte.

  • Gato de mierda – masculló sin importarle si alguien más lo escuchaba.



Roberto Parretti

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En el texto hay: terror, ansiedad, muerte misterio

Editado: 26.10.2020

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