Ojos inocentes

Prólogo

De rodillas en medio de la plaza, una madre sujeta el cuerpo sin vida de su hijo.

No se escucha a sí misma gritar, no siente el temblor que sacude su cuerpo, no siente el calor de la sangre apagarse lentamente mientras le mancha los brazos.

Solo puede ver las marcas de dientes en el cuello destrozado de su pequeño, los ojos grises y apagados, los brazos inertes, la piel pálida.

Solo dos minutos atrás ese cuerpecito era un torbellino de energía que corría por la plaza pisando las hojas secas.

Riendo.

Viviendo.

Regalándole un último recuerdo: una enorme sonrisa sin dientes antes de que todo su mundo se hiciera pedazos.

Se lanzó a correr cuando el gruñido recorrió la plaza; sus ojos se abrieron de par en par cuando vio al animal agazaparse como una bestia cazadora, el lomo erizado, el hocico cubierto de espuma, los ojos con un inexplicable resplandor rojizo.

Sus pies tropezaron, su respiración se entrecortó en el preciso momento en que se dio cuenta, con horror, de que su hijo era la presa.

El grito se le desgarró en la garganta cuando comprendió que no llegaría a tiempo.

La bestia tomó el delgado cuello de su hijo y todos en la plaza escucharon el crujido del hueso romperse y acabar con la vida del niño.

La Madre se lanzó sobre el monstruo para arrebatarle del hocico el cuerpo inerte de su hijo, desesperada, gritando hasta perder la voz, suplicando.

Un segundo después todo había terminado.

El animal soltó al niño y se sentó sobre sus cuartos traseros, mirando confundido a la gente que no podía creer que el dulce perro que paseaba y jugaba cada día en la plaza junto a sus dueños se hubiera convertido en la bestia que, sin ninguna provocación, atacó al niño que no hizo más que saludarlo con una enorme sonrisa.

Unos cuantos metros detrás del perro, sus dueños, una pareja de ancianos que se estableció en ese pueblo de campo buscando paz para sus últimos días, se cubrían el rostro, asqueados y avergonzados por el horror del que fue capaz la mascota a la que amaban como a un hijo y que jamás le había gruñido a nadie antes.

Su cachorro, que creció amando a los niños y que ahora los miraba dulcemente, moviendo la cola y con el hocico cubierto de sangre.

El lugar se llenó de gritos; alguien llamó a la policía, alguien tomó al perro del collar y lo arrastró fuera de la plaza. Los ancianos lo siguieron solo para no tener que enfrentar la silenciosa desesperación de la mujer a la que su querida mascota acababa de arrebatarle todo.

El silencio cayó en la plaza. Nadie podía decir nada.

Al llegar los paramédicos intentaron tomar al niño de entre los brazos de la madre, pero ella luchó contra quien se acercaba, gruñendo enloquecida, gritando ya sin voz.

Solo su esposo, un hombre de ciudad que eligió ese pueblo recién reconstruido como un buen lugar donde llevar a su familia, pudo tomar al hijo de entre sus brazos y entregarlo a los paramédicos, que intentaban mostrarse profesionales a pesar de tener el corazón destrozado y los ojos llenos de lágrimas.

El sacrificio del perro fue al día siguiente, sin ceremonias, sin más compañía que la pareja de ancianos, la veterinaria, una mujer que se demoró un segundo más antes de enterrar la aguja, y el movimiento de una cola que fue perdiendo fuerza lentamente mientras la vida se iba apagando en los ojos inocentes del animal.

El tiempo pasó, la tristeza se fue borrando para aquellos cuya vida seguía adelante.

Pero en la casa de la madre la tristeza se volvió locura y desesperación.

Ella comenzó a buscar respuestas en cualquiera que le ofreciera el consuelo de una mentira.

Gritó preguntas a la santidad de los templos de piedra y solo recibió el mismo silencio que durante siglos había sido la única respuesta. Recurrió a las videntes y pitonisas que ofrecían futuros en cartas y piedras, que prometían un último mensaje, una despedida, y terminaban entregando un guion mil veces repetido.

Gastaba su tiempo tratando de atrapar al fantasma del hijo perdido entre cortinas que se movían sin razón o en el crujido de pasos a medianoche.

Cualquier señal de que su hijo no se había ido para siempre.

El esposo trató de luchar contra la locura guardando los recuerdos lejos de ella, reduciendo a su hijo al contenido de una caja de cartón arrumbada en el desván. Lloró a solas la pérdida del hijo, la ausencia de la esposa, los sueños de un futuro. Caminó sin rumbo por la casa vacía recogiendo los trozos de una vida que jamás podría ser.

Cuando ya no pudo más, se marchó cargando una bolsita de recuerdos y dejando la promesa de volver, promesa que ninguno de los dos creyó.

En el momento en que la soledad y el silencio se apoderaron de la casa, la madre simplemente se dejó hundir y apagarse.

No le quedaba nada.

Una tarde la cortina se movió sin viento, la madera crujió por unos pasos invisibles. El aire en su habitación se volvió gélido, tanto que su cuerpo, debilitado por la tristeza y el abandono, tembló de frío.

Sus ojos no dejaban de mirar la cortina, que se movía como si dos manos pequeñitas estuvieran jugando detrás.

El primer susurro le llenó los ojos de lágrimas.

Casi había olvidado el sonido de su voz.

“Mami… “

Sus manos temblorosas apretaron con más fuerza la manta infantil con la que cubría sus piernas.

“Mami… otro niño… mami, ayúdalo…”

Intentó ponerse de pie para alcanzar a la figura detrás de la cortina, pero sus rodillas flaquearon, haciéndola caer; aun así se arrastró, los ojos anegados de lágrimas que le nublaban la vista.

La cortina dejó de moverse.

Sintió dos pequeñas manos tocar su rostro.

“No es lo que parece…”

Un último susurro antes de que la soledad volviera más fuerte que antes.

Ella, en el suelo, gritó hasta que su voz se rompió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.