La carretera era larga, recta y rodeada de árboles.
Las escasas casas del camino quedaban atrás rápidamente a medida que el bus avanzaba y se alejaba de la ciudad en la que había vivido toda su vida.
Recostada en el asiento del autobús, la joven mujer miraba cómo el cielo perdía los tintes grises de la contaminación y se abría en todo el esplendor de pureza que parecía prometer cosas buenas.
Se repetía constantemente eso; lo hizo cuando recibió la llamada, cuando empacó sus cosas, cuando convirtió sus pocos muebles en dinero en efectivo con el que comprar pasajes a un pueblo del que nunca había oído hablar.
Los cerros cubiertos de verde brillante, tan diferente al verde sucio y apagado de los árboles y plantas de la ciudad, parecían darle la bienvenida.
Acariciando la espalda del niño dormido en su pecho, se permitió soñar que la belleza del paisaje era una buena señal.
Lo malo había quedado atrás.
El bus dio un salto al pasar por encima de una grieta y el niño dormido se quejó en sueños.
Pobre. El cansancio del viaje y de la semana que se demoraron en guardar toda una vida en una mochila y dos bolsas de supermercado, lo había dejado agotado. Se durmió poco después de salir de la ciudad, a pesar de la incomodidad de compartir el pequeño espacio de un asiento.
Tarareó algo en voz baja, una melodía escuchada cuando niña, cuando la vida era mucho más que ser la guacha abandonada con un hijo; la que sobrevivía apenas con trabajos mal pagados y juicios disfrazados de caridad y buenas intenciones.
Todo por haberse entregado a un amor juvenil que la abandonó luego de un resultado positivo.
El pecado de haber engendrado a un guacho como ella.
Cerró los ojos y se permitió descansar.
Pronto llegarían allí donde nadie los conocía.
Donde podrían empezar de nuevo.
El vehículo seguía avanzando, pasando por pueblitos pintorescos, mientras dejaba más pasajeros de los que recogía.
Para cuando caía la tarde, solo ella, su bebé y otras dos personas se dirigían a la última parada.
— Aún quedan grietas del terremoto. Pa’ acá no llegaron con las máquinas, así que sigue igual —dijo un anciano sentado al otro lado del bus, señalando el camino. Las largas grietas y levantamientos de tierra eran visibles desde la ventana—. Afirme al chiquillo, que acá salta mucho la micro.
El inconfundible tono cantarín del campo se escurría claramente en el habla del hombre.
—Gracias —la chica sonrió y acomodó mejor al niño entre sus piernas.
El hombre gruñó algo por respuesta y volvió a guardar silencio, mirando por la ventana.
Luego de una curva el paisaje se llenó de cerros cubiertos con parras de uva. Por pura curiosidad, antes de partir, investigo un poco la zona: encontró reportajes sobre como el clima era ideal para el cultivo de uvas y mejoraba calidad del vino.
Encontró especialmente interesante la historia de una familia que había convertido ese pueblo olvidado en un nombre reconocido mundialmente. Todo gracias a su viña
Si las cosas no salían como quería ahí tenía otra oportunidad. De una forma u otra encontraría trabajo y saldría adelante.
Tenia que hacerlo.
Por ella.
Por su hijo.
Lo decidió cuando le dio la espalda a la ciudad, al miedo y a la vergüenza. No iba a volver atrás.
La entrada del pueblo era encantadora: un letrero de madera daba la bienvenida a la tierra del vino y las leyendas. Seguido a eso una larga alameda con casas a cada lado que parecían estar atrapadas en otro tiempo.
Calles de piedra, árboles antiguos. Una plaza central rodeada de edificios viejos: la iglesia con su campanario de madera recortado contra el cielo limpio, la casona de adobe que funcionaba como municipalidad, la comisaría, el centro de salud y la escuela pintada de colores vivos.
En el centro, una pileta donde algunas familias jugaban con sus niños o paseaban a sus perros.
Una imagen nostálgica, tan distinta a las calles grises que había dejado atrás. El lugar donde la pobreza y la soledad se habían tragado la amabilidad y la esperanza.
Acarició los cabellos rizados y cobrizos de su hijo, herencia de una abuela que conoció por poco tiempo. Se permitió soñar mientras lo acomodaba firme entre sus brazos.
Entonces la vio.
En una esquina de la plaza, solitaria y oscura, una mujer vestida de negro cargaba un ramo de flores.
Su rostro estaba cubierto con un velo negro. Su figura inmóvil era azotada por el viento que parecía empeñado en empujarla lejos de allí.
Era como un fantasma en vida.
Como una doliente de carne y hueso.
La joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Instintivamente apretó a su hijo contra el pecho.
Hasta los sonidos parecían haber sido absorbidos por la tristeza infinita de la mujer de negro.
El bus comenzó a girar y ella se movió en su asiento para no perderla de vista. Un gemido se le escapó cuando la vio dejar caer las flores al suelo, como una ofrenda.
El viento agitaba el velo, la falda, el largo cabello. Pero ella permanecía inmóvil.
El bus dobló la esquina y la figura desapareció.
Con el corazón apretado volvió a sentarse.
¿Quién era? ¿Por qué estaba allí?
Recorrió con la mirada al resto del bus esperando encontrar algún reacción en el resto de los pasajeros pero nadie miraba hacia la ventana, nadie había visto el dolor hecho carne.
Se encontró con que los ojos del anciano la miraban desde el otro lado del bus pero al mirarlo e intentar preguntar él se levantó, agarro su mochila vieja y se dirigió a la puerta gruñendo algo que no pudo entender.
Bueno, el mensaje era claro: no preguntes, no arruines tu futuro entrometiéndote en cosas que no te importan. Agacha la cabeza, cierra la boca y sigue adelante.
El bus se detuvo en la terminal. Aparte de ella y el anciano solo dos personas mas llagaron a la última parada.