Ojos inocentes

Capitúlo 2

Algo sonaba a su alrededor.

Algo crujía, raspaba y caía al filo de la vigilia.

Cerca.

Inquietante.

Se despertó de golpe con el sonido rasposo de un serrucho al otro lado de la ventana y los quejidos de una voz que no reconocía.

Su mente tardó unos minutos en ubicar el lugar en donde estaba: el cuarto nuevo, la casa nueva, el pueblo con olor a vino y tierra húmeda.

Lo que sonaba no eran los gritos de los vecinos al otro lado de las paredes delgadas del cuartucho que arrendaba sino el silencio lleno de sonidos de un pueblo despertándose con los primeros rayos del sol.

Pájaros, viento, el ladrido ocasional de un perro a la distancia.

Soltó el aliento que contenía y se levantó de la cama compartida con su hijo, quien en algún momento de la noche se había convertido en una estrella de mar que ocupaba más de la mitad del colchón.

Riendo abrió la cortina, un hombre mayor recogía las ramas del árbol en un saco de harina.

Golpeó el vidrio llamando su atención.

El vecino a quien, seguramente, la doña había pedido que le ayudara con el asunto del árbol la miró.

— Muchas gracias — saludó la chica, los dedos de sus pies encogiéndose por reflejo al sentir el frío suelo de madera.
— No hay de qué, mija — el hombre se cargó el saco al hombro y recogió sus herramientas, la tenue luz del sol de la mañana iluminaba su piel quebrada por años de intenso trabajo al aire libre — solo dígale a la doñita que me debe una tortilla con chicharrones. — respondió con ese acento cantadito de campo bien pegado a cada sílaba.

Se despidió con un gesto torpe, arrugando los ojos cuando el sol le dio de lleno en la cara cubierta de polvo y aserrín.

La muchacha lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina; definitivamente iba a conseguirle esa tortilla.

Estiró los brazos sobre la cabeza y abrió la ventana, el aire fresco de la mañana introdujo a la habitación el aroma de la madera recién cortada y el persistente olor de la uva madura.

Bien, hora de empezar el día.

Su mirada se detuvo en la base del árbol.

Cuatro largos surcos rasgaban la corteza, profundos, desiguales, frescos.

Aún se podía ver el color claro de la capa interior del árbol.

Frunció el ceño y le dio la espalda a la ventana. Respiró hondo un par de veces.

No iba a dejarse llevar por las historias de perros asesinos y mujeres tristes.

Simplemente no.

Se amarró el largo cabello en un moño alto y sacó al niño de la cama.

Lo primero era quitarle el sueño de los ojos a su hijo, luego el desayuno y después todo lo demás.

— No te quejes tanto, cachorro — su voz algo tensa arrullaba al pequeño mientras lo arreglaba para el día preocupándose de colocarle sus zapatillas con luces favorita.

Para después del desayuno el niño corría por el pasillo riendo por los destellos de colores que acompañaban sus rápidos pasos.

La mañana se le fue volando, aprendiendo lo necesario para ser útil.

Al mediodía ya tenía clara la ubicación y el precio de las cosas que más se vendían.

Para la hora del almuerzo ya se movía con confianza dentro del pequeño local.

La presencia de la chica y su bebé atrajo a varios vecinos curiosos que deseaban saludar a la recién llegada y recibían sus compras de manos de un adorable niño que saludaba con un sonoro '¡Hola!' y una sonrisa sin dientes a todos los que cruzaban la puerta.

Al final, entre la curiosidad por la chica y su pequeño, nadie se iba del negocio sin haber comprado algo.

El chisme, como siempre, vendía bien.

La doña sirvió para el almuerzo una buena sopa de campo.

— Si las ventas fueran así cada día — se quejó la doña — pero estas viejas vienen puro a copuchar.

— Que sigan así unos días más — la joven molió una de las papas para que el niño pudiera comerla más fácil — y después hacemos eso que le dije, a usted la llaman y yo voy a entregar los pedidos a domicilio.

La idea había surgido durante el desayuno. La chica le habló de las entregas a domicilio que en la ciudad habían ayudado a que muchos negocios aumentaran sus ventas.

La doña la escuchaba con escepticismo y una mirada cariñosa.

— El domingo en la feria de la plaza voy a entregar papelitos en lo que usted vende su pancito. Demás que nos va bien y no se pierde nada.

Poco podía decir la doña, la chica ya estaba decidida a llevar sus ideas llenas de la modernidad de la capital al pequeño pueblo que estaba adoptando como hogar.

El resto de la semana fue afianzando la rutina. Se levantaba temprano, vestía al niño, limpiaba y ordenaba, desayunaban los tres juntos y luego se dedicaba por completo a la dinámica del negocio.

Con el paso de los días aprendió a amasar el pan con la fuerza suficiente como para que le dolieran los brazos a la mañana siguiente.

— Dale con fuerza, mija. Mientras más duro y firme le das a la masa más lisa se pone y queda más rico el pancito — la doña es tosca al enseñar, sus brazos gruesos forman los bollos con maestría de años — Deja reposar para que suba la masa así estará más gordito y sabroso.

El vecino se ofreció a enseñarle a cortar la leña para el horno. En las tardes freía los chicharrones y en las madrugadas se levantaba para hornear el pan amasado.

El amanecer la encontraba con su canasta llena de pan caliente listo para los primeros compradores que pasaban a buscar su desayuno camino al trabajo en la viña.

Ya para el siguiente domingo empujaba un carrito de feria lleno de los frutos de su trabajo.

La feria de la plaza era tal como imaginaba.

Una larga hilera de puestos con mermeladas caseras, frutas de la zona y artesanías.

Música alegre animaba el ambiente, en una esquina armaban un escenario pequeño donde tocaría una banda local.

Oficialmente el pueblo daba la bienvenida al verano.

Para mediodía ya habían vendido la mitad de lo que llevaban y todos los papelitos con el número para hacer pedidos de pan a domicilio habían sido entregados.




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