Hace mucho tiempo existió un pueblo, dentro del bosque Rosstellwel, cerca de la laguna Nereida, escondido más allá de las cuevas parlantes en el reino de Graistylle, llamado Wasestar, donde una deidad del cielo conocida como Azurae, bajó de estos para hacerse pasar por campesina en este pequeño pueblo, alejado de las grandes multitudes de la gran capital, un lugar donde ella podía estar sin ser molestada.
Desde hace años Azurae tenía curiosidad por las costumbres humanas, de la forma en que estos seres tan insignificantes;a comparación de las deidades, manejaban sus emociones, se mostraba intrigada por sus sentimientos y acciones, de cómo podían ser tan felices con tan poco, sentía curiosidad por la curiosidad de ellos, por su egoísmo, por su vanidad, por la envidia que ellos llegaban a sentir.
Vivir entre ellos era la manera en que la que esta diosa encontró para responder sus preguntas. Estando ahí con ellos experimentó todo lo que ella deseaba conocer. De alguna forma se encariñó con estos seres hasta el punto de no querer irse de ese pequeño pueblo, se enamoró, como suele suceder, y contrajo matrimonio con un hombre que ganó su corazón. Lamentablemente, su tranquilidad no duró más de lo que se planteó en los cielos.
Llegó a los oídos del rey de Graistylle en aquella época, la historia de una mujer sumamente hermosa: ojos color morado en un tono claro y brillantes como amatistas, cabello largo hasta sus caderas, y de un negro azabache profundo tan ondulado como si el viento danzara en cada mechón, piel tersa como la porcelana, y unos labios finos de un tono durazno único donde el arco de su boca se marcaba en un leve corazón, pies ligeros como nubes, y una melodiosa voz. El rey se maravilló de las historias que llegaban al palacio sobre esta dama, ansiaba verla, deseaba conocerla, y más que nada, deseaba poseerla.
Mandó a sus hombres que la encontraran y cuando la hallaron, se la llevaron a la fuerza de lo que consideraba su hogar: de su esposo y de sus hijas. Azurae fue llevada al palacio, durante el trayecto ella intentó escapar múltiples veces, su magia había dejado de funcionar hace bastante tiempo, —renunció a ella con tal de quedarse en el mundo humano— pero los caballeros del rey la atrapaban antes de lograr escaparse. En el palacio real, el rey la esperaba con ansias acumuladas, la espera era tediosa y tardía, quería verla, tenerla para él como había estado soñando desde la primera pintura retratada sobre ella.
Las puertas del Castillo fueron abiertas ante la llegada de la nueva invitada del rey. El rey dio la orden de dejarla en una habitación solo para ella, donde nadie la llegara a molestar. Estando ahí, Azurae gritó desesperada por su liberación, aún le quedaban fuerzas para seguir luchando, aún tenía. Pero, ¿Cuánto duraría esa fuerza? ¿Cuánta voluntad tenía acumulada para aguantar lo que se le venía?
Como segunda opción, para tenerla bajo su total control, en caso de que Azurae se revelara en su contra. La amenazo con buscar a su familia y encerrarlos en lo más profundo del castillo, indicándole que, si se atrevía a cuestionarlo o negarse a él, ellos pagarían sus consecuencias. En ese momento, Azurae veía con ojos claros lo que seria capaz de hacer el ser humano con tal de obtener lo que deseaba, lo vil y egoísta que se convertía cuando encontraba algo que anhelaba.
Sin tener conocimiento, el mismo día que su majestad el rey la mando a buscar a ella, poco después fue por su familia por si ella deseaba escapar.
Los días pasaron en su encierro, el rey iba a verla con regularidad encantado por su belleza, ella lograba zafarse de sus brazos con agilidad; se mostraba seca, dura e indiferente cuando se aproximaba a ella con intenciones obscenas.
La usó como pájaro cantor en sus extravagantes fiestas; agotando su voz, fue exhibida como un premio ante la sociedad, como algo que solo podía tener el supremo, que en su cabeza coronada era él. Por las noches lloraba en silencio en la soledad de lo que era su habitación, soñaba con su familia, con su vida antes de estar en el castillo. Se preguntaba como estarían, si la estarían buscando, añoraba el día en el que los vería otra vez, aunque muy en el fondo de su corazón esperaba que no fueran tras ella, de solo imaginar lo que el rey les haría a sus hijas su corazón se apretaba y las lágrimas brotaban en llantos que inundaban el oscuro castillo.
Uno, dos, tres, y cuatro meses pasaron desde su llegada al palacio y cada día resultaba peor que el anterior. Lo que era su espacio durante las noches fue invadido por el rey. Noche tras noche fue destruida, arruinada, deshonrada, destrozada bajo el cuerpo de aquel que no era su marido, con la amenaza constante de que si no cumplía lo que ella más amaba se iría, entre lágrimas silenciosas y sollozos ahogados soportaba la humillación. Una noche se puso firme contra el rey, y negándose a su tacto le plantó cara, y con una valentía que no creía tener, su mano pálida se aproximó a la mejilla del hombre dejando así un ardor acompañado de una marca rojiza.
Después de esa noche las cosas no mejoraron. La mantuvo prisionera en la alcoba amarrada por uno de sus tobillos para que no saliera, la ira del rey por el rechazo de Azurae se manifestó. Una tarde Azurae fue llevada lejos del palacio, en el rincón del castillo donde los prisioneros recibían sus castigos, vio a lo lejos a un hombre de contextura similar a la de su marido, y abriendo los ojos grandes confirmo lo que más su corazón temía. Su esposo siendo arrastrado a la fuerza hacia el mismo lugar que ella, sus ojos no apartaron la vista de él y en su mente nada más se repetía “no, no, no, no”.
Al verla, aquel hombre de ojos tiernos corrió tras ella, separándose de los guardias tomando fuerza de la que le quedaba, aquella que estaba ahorrando cuando la encontrara. Azurae luchó para liberarse del agarre de los que la tenían prisionera, cayó así en los brazos de su amado. Cayo en su pecho aun atada de manos, él de rodillas para sostenerla como podía, sus ojos se encontraron y las lágrimas brotaron, pero fueron separados bruscamente.