Adentrándose en el bosque de los Gritos, en lo profundo, a un par de kilómetros del palacio, ya en la oscuridad de la noche se podía divisar una figura de una joven mujer moviéndose entre los árboles, evitando las malezas con agilidad, respirando con dificultad, intentando mantener el control de lo que ya no controlaba. Sus pies blancos no llevaban puestos unos zapatos, las piedras del camino rozaban con la planta de estos mismos lastimándola al correr, aunque sentía mucho dolor, ella no era capaz de detenerse. Sus manos se aferraban con fuerza a la falda del vestido de novia que usaba en ese momento, y el peinado de trenzas que adornaba su cabellera rubia ya se había desecho con el movimiento provocado por el viento.
Su cuerpo estaba cansado, pero no podía detener su camino, eso era lo único que ella sabía. Si dejaba de correr por tan solo unos segundos ellos la alcanzarían, y en este punto esa opción ya no era considerable.
La gris luna acompañaba su camino, guiándola desde lo más alto, proporcionándole una luz que iluminaba su sendero. Quizás, en ese momento, esa era su única aliada en un mundo que pensaba que su linaje no valía nada. No importaba a donde sus pies la llevaran, su único deseo era alejarse del infierno al que fue sometida desde que su memoria recordaba, el cual tiene por nombre Palacio Solary.
Ese ya no era su destino, no viviría como su padre quería que ella viviera. Bajo las mismas condiciones que su madre.
Sin fijarse chocó con un grupo de lianas cubriendo así sus ojos, su cabello se enreda, sus brazos se enganchan entre ellas. En medio de un forcejeo por liberarse, cae por la colina rodando lo más rápido que su cuerpo y la gravedad pueden permitir, se estampa contra un arbusto casi del doble de su tamaño. Su cuerpo se levanta; al menos eso intenta, pero su mente da vueltas, el dolor comienza a extenderse por su débil cuerpo impidiéndole enfocarse.
Da un paso jadeando de cansancio, sostiene con fuerza la falda de su vestido ya rasgado. Mueve el pie intentando caminar un poco, procurando que su mente no se quiebre nuevamente, pero no resiste, y se desploma contra la yerba bajo sus pies, sus ojos cansados se cierran saliendo de sus comisuras rosadas unas lágrimas ligeras cargadas de dolor y pesar.
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Esa mañana en Gholcrown se sentía diferente, no por el hecho de que todos los sirvientes estaban ocupados organizando los preparativos de la boda, tampoco por la cantidad de cosas que había que hacer antes de que las personas llegaran, sino porque todos ocultaban que en unas horas la vida de una joven estaría atada para siempre a un destino del que ya era muy tarde escapar. Un destino que se escribió el día que su padre vio el potencial que podía sacar de ella, algo que ya se deseaba y que gracias a ella se cumpliría, se haría realidad.
En una habitación alejada de las demás, subiendo las escaleras de piedra, cruzando un largo pasillo escaso de ventanales en las paredes, al fondo en la izquierda, adentro estaba ella recostada junto a la diminuta ventana, aquella que permitía que entrara la poca luz que podría recibir, la suficiente para ella.
Al escuchar la puerta abrirse no se movió, se quedó en su lugar mirando fijamente los rayos que se filtraban tímidos hacia su dirección.
— Ya estás despierta — dice la mujer que entró a la alcoba, luego de pegar un suspiro al verla en ese espacio y no en su cama, donde debería estar. — quítate de ahí, hay mucho que hacer y tú no ayudas si no te mueves — dice adentrándose más a la recámara.
El silencio está presente en la habitación cuando la señora de cabello oscuro y raíces grises deja de hablar, pasan unos segundos cuando la joven de la ventana abre los labios para hablar — Mi presencia no cambia mucho las cosas — dice en un tono bajo.
— Sea como sea, tienes que alistarte, tu boda no es cualquier evento — dice la mujer frente al armario de madera buscando un vestido que pueda usar — Usa esto, es una de las cosas más decentes que tienes — dice tirando el vestido azul a la cama — Vístete rápido y baja al salón, aún tienes que ensayar el primer baile, tienes mucho que aprender en tan poco tiempo, si tan solo no fueras tan torpe con esos pies ya el baile estuviera listo. Baja al salón cuando estés lista.
— Está bien — dice en respuesta la joven.
— ¿Está bien? — repite en un tono seco deteniéndose justo antes de salir de la habitación.
— Está bien, su majestad — dice en automático.
La mujer abandona la habitación dejando sola nuevamente a la chica en su pequeño rincón, sus labios se abren para soltar un suspiro cuando la puerta se cierra, dejándole una leve sensación de alivio, algo que sabía con perfección que no duraría mucho tiempo. Al fin y al cabo, su vida no vale lo suficiente como para ser salvada, ya se había resignado a lo que estaba por llegar, luchar en este punto no valía la pena, su mente y su cuerpo estaban agotados, no poseía la fuerza ni la resistencia requerida, ya no más…
Al terminar de arreglarse lo mejor que podía, bajó al salón como se le ordeno previamente, el instructor del baile, los músicos, su prometido y la mujer que había estado antes en su habitación ya se encontraban ahí.
— Ahí estás — dice Clarissa, la mujer de antes.
—Su majestad — responde ella haciendo una reverencia, inclinando su cabeza hacia su dirección, sin alejarse de la puerta por la que recién entró — Lamento la tardanza.
— A tu lugar, no quiero ver ningún error esta vez.
— Acabemos con esto de una vez — dice el príncipe acercándose al centro del salón como las últimas veces que lo han practicado sin éxito.
Los músicos empiezan a tocar, al principio suave y después con un tono vívido debido al motivo de la celebración. Empiezan a bailar acercándose el uno al otro en un paso lento y concentrado, las miradas sin contacto visual centrándose en los movimientos propios para no repetir los mismos errores de las veces anteriores, algo que no podía darse, no ahora.