En la profundidad del bosque de los Gritos, muy en lo oscuro de aquel lugar se podía percibir la figura de una mujer moviéndose entre los árboles, sus pies se movían con velocidad mientras aguantaba el dolor abajo de ellos, las piedras del camino hace tiempo chocaban contra sus plantas al dejar atrás los zapatos con tacón que le estorbaban.
Su respiración se vuelve más rápida y profunda, intentaba mantener el control de aquello que ya sentía que no controlaba. No podía detenerse, ¿Como iba a hacerlo? Sabía que si paraba la alcanzarian. Sabía que si regresaba sería peor.
Sus nudillos se pintaban de rosa por la presión ejercida sobre la falda del vestido de novia que llevaba puesto.
Y su peinado elaborado ya no era ni la mitad de como se veía...
La luna grisácea ilumina su camino siendo su acompañante, quizás en ese momento era la única a su lado.
Ya no importaba nada. No importaba a donde se dirigiera, el único deseo que se formaba en su corazón era irse muy lejos de aquel palacio que solo sabía quebrar su voluntad y su alma cada dia que despertaba.
Ese destino, maldito destino.
Corría lejos para no vivir como ellos querían.
Cerró los ojos unos segundos por el roció de la noche, recordando todo lo que ha vivido desde los catorce, imágenes saltan de su memoria metiendola en un trance de un bucle interminable de pena y dolor.
Sale de su mente al tropezar con su propio vestido, rueda por la yerba rasgando y rasguñándole la piel al descubierto, cayendo en el borde de un arroyo. Quiere ignorar el dolor que sube por su cuerpo, intenta pararse pero cae nuevamente, ya no aguanta más.
Con la poca fuerza que le queda se despoja del pesado vestido de novia, quedando en camizon. Mueve el pie intentando caminar un poco, procurando que su mente no se quiebre nuevamente, pero no resiste, y se desploma contra el agua bajo sus pies, sus ojos cansados se cierran y de ellos salen gotas de lágrimas acompañadas de un sentimiento de dolor y miedo...
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Unas horas atrás...
Esa mañana en el reino de Gholcrown había un aire diferente, no por el hecho de que todos los sirvientes estaban ocupados con los detalles de la boda, tampoco por la llegada de personas influyentes al palacio Solary, sino porque todos ignoraban el hecho de que en unas horas la vida de una joven se ataría para siempre a un destino impuesto.
En una habitación al fondo de un pasillo al que no llega la luz del sol, se encontraba ella recostada al lado de una ventana diminuta con la mirada fija hacia el exterior, le gustaba sentir el calor de la luz solar que se filtraba timida por el cristal.
Al escuchar la puerta abrirse no se movió, se quedó en su lugar con la mente ida.
— Veo que estás despierta — dice la señora desde la entrada de la habitación, posicionando sus manos frente a su falda — cambiate rapido, hay muchas cosas que hacer. Es un día muy importante.
— Mi presencia no cambia mucho las cosas — responde la joven sin apartar la mirada de la ventana.
— Sea como sea, tienes que alistarte, tu boda no es cualquier evento — camina dirigiéndose al armario de madera, sacando de el un vestido sencillo — Usa esto, es una de las cosas más decentes que tienes — tira el vestido azul a la cama desgastada — Vístete rápido y baja al salón, aún hay que hacer un ultimo ensayo del baile. Tienes mucho que aprender en tan poco tiempo, si tan solo no fueras tan torpe, ya el baile estuviera listo — se detiene en la puerta con la mano en el picaporte — Baja al salón cuando estés lista.
— Está bien.
— ¿Está bien? — repite.
— Está bien, su majestad — responde en automático.
La reina abandona la habitación dejando sola nuevamente a la chica en su pequeño rincón. Sus labios se abren para soltar un suspiro cuando la puerta se cierra, dejándole una leve sensación de alivio, algo que sabía con perfección que no duraría mucho tiempo. Al fin y al cabo, su vida no vale lo suficiente como para ser salvada, ya se había resignado a lo que estaba por llegar.
Poco después baja hacia el salón de baile, como se le indico con el vestido puesto. Todos estaban ahi esperandola: los músicos, la reina Clarissa y su prometido el príncipe Conrad.
— Ahí estás — dice Clarissa.
—Su majestad — respondió ella haciendo una reverencia — Lamento la tardanza.
— A tu lugar, no quiero ver ningún error esta vez.
— Acabemos con esto de una vez — habla el príncipe aproximándose al centro del salón como las últimas veces que lo han practicado.
Los músicos reproducen la melodía, y el baile da inicio acercándose el uno al otro en un paso lento y concentrado. Sus ojos miran fijamente los pies del opuesto centrándose en los movimientos, en este punto no debe haber errores en la práctica. No podía darse ahora, no en este punto.
Las palmas de sus manos son las primeras en tocarse en un movimiento mecánico, sus pies se mueven con precisión pretendiendo estar en la misma sintonía, aunque ambos sabían que eso no pasaría. En la mente de aquella mujer sólo está el deber, las ordenes, no los sentimientos. Al menos no algo más allá. No amor. No sabia que era, pero estaba segura que eso no había.
Estando ahí repitiendo los pasos de baile que le enseñaron por meses, llegan a su mente los recuerdos de las veces que cayó al suelo, las veces que pisó sin desear los pies de su contrario, las ocasiones en las que giró de más, y las veces que sin importar que pidiese perdón, a ellos no les importaba castigarla por sus errores, por más mínimos que fueran.
Ahora lo haría bien, lo haría perfecto, sin importar que sus pies dolieran, sin importar que las ganas se le hayan disipado.
La música se detiene cuando el baile acaba con ellos dos haciendo un simple contacto visual, para luego bajar las cabezas en señal de reverencia.
Clarissa se levanta del sofá terciopelado rojo que adornaba el salón, con una sonrisa reflejada en su boca y una mirada de satisfacción genuina.