El segundo día bajo el sol
Nicolás despertó con un ruido que no reconoció de inmediato.
No era una alarma.
No eran notificaciones.
No era el zumbido constante de la ciudad.
Eran… gaviotas.
Abrió un ojo con dificultad. La luz entraba por la ventana sin pedir permiso, iluminando la habitación con un blanco cálido. El mar se escuchaba a lo lejos, tranquilo, constante, como si respirara.
Se incorporó lentamente, todavía medio dormido.
— Esto es ilegal —murmuró—. Nadie debería despertarse con tanta paz.
Miró su celular por costumbre. Sin señal. Sin mensajes. Sin nada.
Por primera vez en mucho tiempo… no le molestó.
Bajó a desayunar con sus padres. El restaurante del hotel tenía mesas de madera, plantas por todos lados y una vista directa al mar.
Demasiado perfecta para ser real.
— Buenos días —saludó su madre, sirviéndole jugo.
— ¿Sobreviviste a tu primer día? —preguntó su padre con una sonrisa burlona.
Nicolás se dejó caer en la silla.
— Casi muero ahogado.
— ¿Qué?
— Pero sobreviví heroicamente —añadió—. Una chica local decidió que era buena idea lanzarme al mar sin saber nadar en tabla.
Su madre alzó las cejas, interesada.
— ¿Una chica?
— No empieces.
— ¿Cómo se llama?
— No importa.
— Importa mucho.
Nicolás suspiró.
— Mireya.
El nombre le salió más suave de lo que esperaba.
— ¿Y qué tal es Mireya? —insistió su padre.
— Sarcástica. Molesta. Cree que sabe todo. Se ríe de mí.
— Suena a que te cayó bien —sonrió su madre.
— Suena a que necesito terapia —respondió él, tomando su café.
Pero la verdad era otra.
Desde que había despertado, no podía dejar de pensar en ella. En su risa. En cómo se movía en el agua. En cómo lo había mirado como si no fuera solo “el chico de la ciudad”.
Terminó de desayunar y salió solo hacia la playa.
El sol estaba más fuerte que el día anterior. La arena ya quemaba un poco. Nicolás caminó por la orilla, mirando alrededor, buscando sin querer.
No la vio.
Ni tabla.
Ni cabello cobrizo.
Ni sonrisa sarcástica.
— Claro —murmuró—. Era demasiado perfecto para ser real.
Pensó que quizá solo había sido una coincidencia. Una chica random. Un día cualquiera.
Se sentó en una roca frente al mar, aburrido.
Y entonces escuchó una voz detrás de él.
— Wow… pensé que ya te habías rendido y vuelto a tu cueva con WiFi.
Nicolás se giró.
Mireya estaba ahí. Con shorts de mezclilla, una camiseta blanca anudada a la cintura y el cabello suelto, ondulado por el sol.
— Pensé que eras una alucinación —dijo él.
— Qué romántico.
— Realista.
Ella se sentó a su lado.
— ¿Buscándome?
— No.
— Mentiroso.
— Un poco.
Mireya sonrió.
— Ven. Te voy a presentar el lugar donde paso más tiempo que en mi casa.
— Eso suena sospechoso.
— Confía en mí, turista.
Caminaron por un sendero de madera entre palmeras hasta llegar a una palapa frente al mar. Música suave, gente riendo, olor a coco y sal.
— Bienvenido a mi reino —anunció ella.
— Espera… ¿trabajas aquí?
— A veces. Cuando no estoy salvando turistas torpes.
— Hey.
— Es broma. Más o menos.
Se acercaron a la barra.
— Tommy —llamó Mireya—. Te presento a la nueva atracción de la isla.
Un chico se giró. Trigueño, cabello rizado, sonrisa fácil, ojos brillantes.
— ¿Ese es el famoso turista? —dijo—. Esperaba algo más… interesante.
— Soy interesante —respondió Nicolás.
— Claro que sí, campeón.
Mireya rió.
— Tommy es el bartender. Y el chismoso oficial.
— Falso —dijo Tommy—. Soy un informador social.
— Es un metiche.
— También.
Tommy le sirvió una bebida a Nicolás.
— Bienvenido al paraíso. Regla número uno: aquí nadie se toma nada en serio.
— ¿Y la regla dos?
— Mireya siempre tiene razón.
— Eso es mentira.
— Pero suena bien.
Pasaron la tarde ahí. Entre bebidas, risas, música, bromas. Nicolás se dio cuenta de algo extraño: no había pensado en su celular en horas.
Ni en su casa.
Ni en sus juegos.
Ni en su vida real.
Solo en el sol. En el mar. En Mireya riéndose de todo.
El atardecer los encontró sentados en la arena, mirando el cielo cambiar de color.
— ¿Ves por qué amo este lugar? —dijo ella.
— Empiezo a entenderlo.
— No. No lo entiendes aún. Pero vas bien.
Esa noche, de regreso en el hotel, sus padres lo esperaban otra vez.
— Te vimos con la chica —dijo su madre.
— Todo el mundo te vio —añadió su padre—. Eres el turista famoso y ella es… el sol de la isla.
Nicolás se atragantó con el agua.
— ¿Qué?
— Todos hablan de ustedes —sonrió su madre—. Que si la chica del mar, que si el chico de la ciudad.
— No somos nada.
— Aún.
Nicolás se quedó en silencio.
No eran nada.
Pero tampoco eran solo dos extraños.
Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de que la semana terminara… empezó a darle miedo.
No digas nada