Olas de amor

Día 3(perspectiva de Nicolás)

Dia 3
Esa noche, Nicolás no pudo dormir de inmediato.
Estaba acostado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, mirando el techo blanco de la habitación del hotel como si fuera una pantalla vacía. El sonido del mar entraba por la ventana abierta, constante, hipnótico.
Cinco días.
Eso era todo lo que quedaba.
La idea le apretó algo en el pecho.
No lo diría en voz alta. Jamás. Ni siquiera consigo mismo. Pero la verdad era simple y peligrosa: Mireya le agradaba. Mucho más de lo que debería para alguien que había conocido hacía apenas dos días.
No recordaba la última vez que alguien lo había hecho reír sin esfuerzo. Sin querer impresionar. Sin competir. Sin máscaras.
Ella simplemente… era.
Y él se sentía raro siendo él cerca de ella. Más ligero. Más real.
— Es solo una semana —murmuró para sí mismo, repitiendo las palabras de su madre—. No es para tanto.
Pero sí lo era.
Cerró los ojos intentando dormir, contando mentalmente las horas que faltaban para que amaneciera, como si al hacerlo pudiera alargar el tiempo.
Y al mismo tiempo, tenía miedo.
Miedo de que esas horas se acabaran.
El sol lo despertó otra vez sin pedir permiso.
Nicolás bajó a desayunar más tarde de lo normal. Sus padres ya estaban sentados, como siempre, con café, jugo y esa expresión sospechosa que ya empezaba a conocer.
— Buenos días —dijo su madre, demasiado alegre.
— Llegas tarde —comentó su padre.
— Estoy de vacaciones.
— Desde que llegamos no habías tardado tanto —añadió ella—. ¿Soñabas con alguien?
Nicolás casi se atragantó con el pan.
— No.
— Mentira —dijeron ambos al mismo tiempo.
Suspiró.
— Solo… me dormí tarde.
— ¿Pensando en Mireya?
— ¿Pueden dejar de decir su nombre como si fuera una telenovela?
Su madre sonrió.
— Nos cae bien.
— Ni la conocen.
— Eso es peor —intervino su padre—. Si ya nos cae bien sin conocerla, imagina cuando la conozcamos.
Nicolás rodó los ojos, pero por dentro sentía una mezcla extraña entre vergüenza y algo parecido a orgullo.
Terminó de desayunar y salió hacia la playa.
Caminó más lento que los días anteriores. Miraba a todos lados, pero no la veía.
— Claro —pensó—. No es un NPC, Nicolás. Tiene vida.
Se sentó en la arena, resignado, observando el mar.
Y como si el universo se burlara de él, escuchó esa voz otra vez.
— ¿Hoy también planeas mirarme sin avisar?
Nicolás se giró.
Mireya estaba ahí. Con un vestido ligero color azul, el cabello suelto, el mismo brillo en los ojos.
— Ya estaba aceptando mi destino —dijo él—. Pensé que hoy no aparecías.
— ¿Me extrañaste?
— No.
— Dos mentiras seguidas. Nuevo récord.
Caminaron juntos hacia la palapa.
— Hoy te voy a presentar a alguien importante —dijo Mireya—. Para que veas que no soy la única loca aquí.
Tommy ya estaba detrás de la barra, como siempre, limpiando vasos.
— El turista volvió —anunció—. Esto ya es una relación seria.
— Cállate —dijo Mireya—. Nico, ella es Luna.
Una chica se acercó desde una mesa. Cabello oscuro, ojos marrones, sonrisa dulce.
— Hola —saludó—. Soy la novia oficial del payaso.
— Hey —protestó Tommy—. Soy un payaso profesional.
— Lo sé, amor.
Nicolás sonrió sin darse cuenta. Era la primera vez en mucho tiempo que se sentía parte de algo sin esfuerzo.
Pidieron piñas coladas. El calor era perfecto. La música suave. El mar brillaba frente a ellos.
— Hoy sí te vas a parar en la tabla —anunció Mireya—. Ya basta de caerte.
— Eso suena como una amenaza.
— Es una promesa.
Fueron a la playa otra vez. Mireya se metió al agua con él, sosteniéndole la tabla.
— Relaja los hombros —le decía—. Mira al frente, no a tus pies.
— Si me caigo otra vez voy a demandarte.
— Si te caes otra vez me voy a reír.
Y se cayó.
Pero esta vez, logró mantenerse unos segundos más.
Luego más.
Luego casi un minuto.
— ¡Lo estás haciendo! —gritó Mireya.
Nicolás sonrió como niño.
— ¡Mírame! ¡Soy un atleta acuático!
— Eres un desastre acuático.
— Pero un desastre funcional.
El sol volvió a bajar sin que se dieran cuenta.
El cielo se pintó de naranja y violeta, reflejándose en el mar. Se sentaron en la arena, mojados, cansados, en silencio.
— Me gusta este lugar —dijo Nicolás.
— Ya te dije. Aún no lo entiendes. Pero te está atrapando.
— No hablo de la isla.
Mireya lo miró.
No dijeron nada más.
Esa noche, en la cena, sus padres volvieron a interrogarlo.
— ¿Qué tal tu día? —preguntó su madre.
— Bien.
— ¿Con Mireya?
— Sí.
— ¿Y?
Nicolás pensó un segundo.
— Creo que… no quiero que esta semana termine.
Su padre sonrió.
— Entonces ya estás perdido.
Y Nicolás, por primera vez, no sintió que eso fuera algo malo.
La noche era serena. El mar seguía ahí. Y el tiempo, sin que él lo supiera, ya empezaba a volverse demasiado importante.
No digas nada



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En el texto hay: romance, amor, isla

Editado: 08.02.2026

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