Olas de amor

Día 6 (perspectiva de Mireya)

El penúltimo día del verano

Mireya despertó con la luz del sol colándose entre las cortinas de su habitación. La brisa traía el olor del mar, mezclado con el aroma de flores que crecían cerca de la ventana. Cerró los ojos un momento, respiró hondo y pensó:
—Hoy… hoy lo voy a disfrutar como nunca.

No era una decisión impulsiva. Era un compromiso con ella misma. Sabía que el final estaba llegando. Que Nicolás se marcharía. Que lo que habían vivido en esos seis días se convertiría en recuerdo. Y no quería que la melancolía empañara el último día completo que tenían juntos.

Se vistió con ropa ligera, cómoda, preparada para cualquier aventura, y bajó a desayunar. Como siempre, su familia ya estaba lista, pero esa mañana las preguntas tenían un filo distinto, como si fueran bombas escondidas esperando estallar:

—¿Qué planeas hacer hoy con Nicolás? —preguntó su madre, intentando sonar casual.
—¿Van a nadar? ¿A surfear? —interrogó su padre.
—Espero que no se besen… todavía —añadió su abuela, con un guiño travieso.
Mireya rodó los ojos, sonriendo con un dejo de culpa.
—Nada de eso… o tal vez todo —respondió en voz baja, más para ella que para ellos.

Al terminar, se dirigió a la palapa. Tommy y Luna ya estaban ahí, preparando la comida, las bebidas y una especie de picnic improvisado. Mireya los ayudó a colocar todo sobre mantas de colores, mientras su mente divagaba, recordando cada momento del verano.

—Hoy será épico —dijo para sí misma, mirando el mar que brillaba bajo el sol.

Mientras se distraía organizando las piñas coladas y las frutas frescas, no notó que Tommy y Luna intercambiaban miradas cómplices, ocultando un pequeño secreto: tenían planeado llevarlos a un lugar especial, un cenote escondido que solo los locales conocían. Lo llamaban El Túnel de los Amantes, un sitio mágico, rodeado de vegetación, agua cristalina y leyendas que hablaban de deseos y corazones que se encontraban. Mireya no sospechó nada, ni por un instante.

Pasaron las horas entre risas, bromas y pequeños interrogatorios. Tommy no podía evitar meterse en cada conversación, haciendo comentarios sarcásticos sobre si Nicolás iba a sobrevivir a otro “ataque de Mireya” en el agua. Luna, por su parte, le lanzaba miradas cómplices a Mireya, riendo ante cada pequeña travesura que ella inventaba. La combinación de calor, mar y risas hacía que el tiempo pareciera fluir más lento, como si la isla misma intentara prolongar esos días perfectos.

Al fin, Nicolás apareció en la palapa, con su clásica sonrisa sarcástica, un poco despeinado por la brisa del mar y el cabello ligeramente húmedo.

—Vaya, vaya —dijo—, ¿ya se convirtieron en profesionales de las piñas coladas sin mí?
—Casi —respondió Mireya, sonriendo—. Pero ahora estás aquí, y todo mejora.
—Qué considerado de tu parte —replicó él, rodando los ojos—. Solo espero que no me hundas en alguna de tus “aventuras acuáticas”.

Rieron. Se sentaron a comer, bebieron piñas coladas y, como siempre, la conversación giraba entre historias de la isla, recuerdos de los días anteriores y bromas que solo ellos entendían. La tensión estaba allí, silenciosa, invisible para los demás, pero imposible de ignorar. Ambos sabían que la magia del verano estaba por terminar, pero decidieron ignorarlo, concentrándose en el presente.

Después de un rato, Tommy y Luna les indicaron que era hora de moverse. Sin dar muchos detalles, los guiaron a través de senderos ocultos entre la vegetación, hasta que finalmente llegaron al cenote. El lugar era un espectáculo: agua azul cristalina rodeada de paredes rocosas y raíces que caían desde arriba, como cortinas naturales. La luz del sol penetraba apenas entre las hojas, creando reflejos danzantes sobre el agua. El aire olía a tierra húmeda, flores y sal marina, y el silencio estaba lleno de promesas y misterio.

—Esto es increíble —dijo Nicolás, dejando caer la mochila al suelo—. No puedo creer que exista un lugar así.
—Lo sé —respondió Mireya, sus ojos brillando—. Es nuestro secreto… o al menos lo era hasta que ustedes llegaron.

Pasaron un tiempo jugando en el agua, lanzándose risas y miradas cómplices. Se contaron anécdotas de sus vidas, rieron de recuerdos pasados y compartieron pequeñas confidencias que nunca antes habían dicho en voz alta. El tiempo parecía detenido. Nadie hablaba del final. Nadie mencionaba la despedida que acechaba en apenas un par de días.

Y luego, en un instante de silencio y complicidad, Nicolás se acercó. Mireya lo miró, preguntándose qué haría. Él sonrió suavemente y, con cuidado, la tomó por la cintura. La levantó ligeramente, apoyando sus caderas sobre las manos, acercándola a él con delicadeza. Sus cuerpos se encontraron y, por primera vez, sus labios se unieron.

Fue un beso largo, apasionado, como si el mundo hubiera dejado de existir solo para ellos. El agua los rodeaba, fresca y silenciosa, pero el calor entre ellos era imposible de ignorar. No existía mañana, no existía futuro, solo aquel momento que se tragaba todo lo demás.

Unos minutos después, se separaron ligeramente, pero la tensión no se disipó. Ambos respiraban acelerados, con los ojos brillantes, sabiendo que la conexión que sentían era demasiado intensa para ignorarla.

Y entonces, de forma sutil, Luna y Tommy reaparecieron, escondiéndose entre las rocas, cámara en mano. Fotografían el momento, riendo silenciosamente al capturar la escena. Nicolás y Mireya se separaron, sorprendidos, pero antes de que pudieran reaccionar del todo, volvieron a unirse en otro beso, más breve esta vez, con la complicidad y la intensidad que solo el verano podía permitir.

Cuando el sol comenzó a descender, regresaron a la palapa para cenar. La noche estaba tranquila, el cielo despejado y el mar tranquilo. Comieron, rieron, y Tommy y Luna comentaban cada pequeño detalle con sarcasmo y humor, manteniendo a todos en un estado de alegría ligera.



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En el texto hay: romance, amor, isla

Editado: 08.02.2026

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