Olas de amor

Día 6 (perspectiva de Nicolás)

Nicolás despertó con un cosquilleo en el pecho que no había sentido en años.
El sol entraba tímido por la ventana de su habitación, dibujando rayos dorados sobre las paredes blancas.

Respiró hondo y, por primera vez desde que había llegado, no pensó en la semana que iba a terminar, ni en los videojuegos, ni en la obligación de “desintoxicarse”. Solo pensó en un nombre: Mireya.

—Hoy… hoy voy a disfrutar cada segundo —se dijo, casi riéndose de sí mismo por lo melodramático que sonaba.

Bajó al desayuno, todavía con el cabello desordenado y los ojos entrecerrados por la luz. Sus padres lo miraban con una mezcla de sospecha y diversión:
—Buenos días, Nicolás —dijo su madre, como si fueran detectives en plena investigación.
—Dormiste bien… con Mireya en tus pensamientos, ¿verdad? —preguntó su padre.

Nicolás rodó los ojos. Intentó esquivar, pero sabía que era inútil.
—Solo estoy pensando en la comida —mintió, aunque hasta él sonaba poco convincente.

Las preguntas siguieron, interminables, y él terminó retrasándose más de lo que había planeado. Finalmente, salió, con la sensación de que el día lo esperaba entero y que no podía perder ni un minuto.

Llegó a la orilla del mar, donde se suponía que Mireya estaría.
El corazón le latía un poco más rápido, anticipando verla.
Pero no estaba.
Por un instante, un pinchazo de decepción lo recorrió.
“Claro —pensó—. Tal vez hoy no, tal vez todo esto es solo una ilusión de verano.”
Respiró hondo y decidió caminar hacia la palapa.
Y entonces la vio.

Ahí estaba ella. Con esos ojos cafés que parecían capturar cada rayo de sol y cada pensamiento tonto que él tenía. Con esa sonrisa torcida, viva, incontrolable. Con ese aroma fresco que lo hacía sentir que podía respirar más profundamente que nunca.

Y en ese momento, por un segundo, todo el mundo desapareció.
—Perfecta —se dijo Nicolás en silencio—. Literalmente perfecta.
Sus pasos se aceleraron un poco. La adrenalina mezclada con el olor del mar y el calor del sol lo hacían sentirse vivo de una manera que nunca había sentido en su ciudad, entre pantallas y videojuegos.

—Hey, turista tardío —dijo Mireya, divertida, mientras levantaba una ceja—. Pensé que no llegarías.
—Solo estaba… asegurándome de que la sirena no se escapara antes de que comenzara la diversión —respondió Nicolás, sonriendo con su sarcasmo habitual, aunque por dentro su corazón golpeaba como loco.

Tommy y Luna, como siempre, estaban ahí con una sonrisa cómplice.
—Hoy vamos a un lugar especial —anunció Luna—. Solo para valientes y enamorados… o casi.
—¿Valientes? —preguntó Nicolás, mirando a Mireya—. ¿Yo qué soy?
—Un jugador profesional —intervino Tommy—. Pero cuidado… hay trampas.

Nicolás miró a Mireya. Ella le lanzó un guiño, confiada, traviesa. Y sin darse cuenta, él estaba completamente atrapado. Cada gesto suyo, cada sonrisa, cada movimiento del cabello castaño que se pegaba al hombro por el agua lo hacía sentir que su corazón ya no le pertenecía del todo.

Se dirigieron al cenote siguiendo un sendero oculto entre árboles y rocas. Cada paso lo hacía más consciente de Mireya. La forma en que caminaba, ligera, segura, como si la tierra y el mar la conocieran desde siempre. Cada palabra que decía lo hacía reír o suspirar, y cada vez que se reía, Nicolás tenía que esforzarse por no inclinarse y besarla ahí mismo, en medio del sendero, sin pensar en nada más.

Finalmente llegaron. El cenote era un espectáculo que parecía salido de un sueño: agua cristalina que reflejaba el cielo, rodeada de vegetación y rocas que formaban cuevas pequeñas. El lugar estaba lleno de magia, y Nicolás lo sintió en cuanto se zambulló.

—Bienvenido al reino de los locos —dijo Mireya, riendo, mientras se lanzaba al agua.
—¿Tú eres la sirena? —respondió él, saltando detrás de ella.
—Y tú eres el tiburón —dijo ella, guiñándole un ojo.

Comenzaron los juegos. Tiradas de agua, carreras entre piedras sumergidas, risas que retumbaban contra las paredes del cenote. Nicolás nunca había disfrutado algo tan simple y, al mismo tiempo, tan perfecto. Cada movimiento de Mireya lo dejaba sin aliento. Cada risa que escapaba de sus labios lo hacía perder el sentido de la realidad.

En un momento, ella nadó un poco más lejos y se volvió hacia él.
—¡Cuidado! —gritó con una voz juguetona—. ¡El tiburón viene por mí!
Nicolás se lanzó, brazos extendidos, “persiguiendo” a la sirena de sus sueños. La atrapó con fuerza, sintiendo la suavidad de su cintura contra la suya.
—No me dejes escapar —susurró él, con el corazón latiendo a mil por hora—.

Ella lo miró, sorprendida, y en un instante, los labios se encontraron. Fue un beso largo, intenso, como si todo el verano se concentrara ahí, en ese momento. Nicolás cerró los ojos, sintiendo cómo la magia de la isla, el calor del agua y la brisa se mezclaban con el aroma y sabor de Mireya. No existía mañana. No existía despedida. Solo existía ella, solo existían sus labios, solo existía la sensación de que todo lo demás podía desaparecer.

Cuando se separaron, apenas unos segundos, la risa de Luna y Tommy los alcanzó. Los habían estado fotografiando todo el tiempo, escondidos detrás de unas rocas, y ahora se reían silenciosamente. Nicolás y Mireya se miraron, todavía con la respiración entrecortada, y antes de que pudieran procesarlo del todo, sus labios se encontraron otra vez, más breves, más íntimos, más seguros.

—Eres imposible —dijo Nicolás entre risas y susurros, con la cabeza apoyada en su frente contra la de ella—. Y te amo por eso.
—Imposible y ridícula —respondió Mireya, con una sonrisa cómplice—. Y me tienes atrapada.

El sol comenzó a bajar, tiñendo el cenote de naranjas y violetas imposibles. Después de un rato, salieron del agua, cansados, felices, con la piel todavía húmeda y los corazones latiendo demasiado rápido. Cenaron allí, bajo la sombra de los árboles, con risas y miradas que no necesitaban palabras.



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En el texto hay: romance, amor, isla

Editado: 08.02.2026

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