Olivia

9. ¿tienes un bebé?

—Mi vida, calma... —Olivia intentaba arrullar a la bebé, mientras Robert seguía inmóvil, observando la escena con el corazón estremecido.

—¿Tienes un bebé? —preguntó él con asombro, sintiendo una punzada de ternura y dolor a la vez.

—A ti qué te importa. Largo de mi casa —sentenció Olivia, luchando por no gritar para no asustar más a la pequeña.

—Hablaremos después —se limitó a decir Robert antes de retirarse.

Olivia cerró la puerta y pasó el seguro de inmediato. Se recostó en la cama junto a Charlot, quien finalmente se había calmado. Mientras tanto, Robert caminaba hacia su auto inmerso en sus pensamientos. No podía dejar de comparar: ¿cómo era posible que esa mujer, con tantas dificultades, se sacrificara así por su hija, mientras que Sofía ni siquiera fue capaz de considerar tener una?

En ese momento, su teléfono rompió el silencio. Era Sofía.

—¡Aló! —escuchó su voz al otro lado.

—Déjame tranquilo, Sofía —respondió él y colgó antes de que ella pudiera decir otra palabra.

Llegó a su casa abrumado, sintiéndose por primera vez aburrido de su propia existencia. No lograba borrar la imagen de aquella niña de ojos azules como el cielo. Quería ayudarlas, y ahora tenía una razón poderosa para hacerlo.

Al día siguiente, todos en la oficina actuaban como si nada hubiera pasado. Olivia ni siquiera lo miraba. Robert, con una determinación gélida, pidió una reunión con Gonzalo. El ambiente era eléctrico.

—Gonzalo, es hora de poner orden en este lugar —exclamó Robert, conteniendo las ganas de golpearlo de nuevo.

—¿A qué te refieres? No me vengas con babosadas, niño —escupió el gerente con prepotencia.

—A partir de ahora, Olivia será mi asistente personal y yo tomaré mi puesto como Gerente General de Imperium. Mucho gusto, mi nombre es Robert Spencer, el nuevo propietario de esta empresa —dijo, entregando su carta de presentación y los documentos legales que lo acreditaban.

Gonzalo palideció. El sudor frío comenzó a brotar de su frente.

—Señor Spencer... si hubiera sabido que era usted, su recibimiento habría sido otro —balbuceó aterrado.

—No es necesario. Ya vi suficiente. Ahora, dejemos algo en claro —sentenció Robert.

—Si es sobre Olivia, es mejor que no pierda su tiempo —respondió Gonzalo, tratando de recuperar algo de calma.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque ella tiene algo que no quiere perder —contestó el viejo con una risa fastidiosa.

—¿Se refiere a mi hija? —Robert soltó la bomba, dejando a Gonzalo con la boca abierta.

—¿Su hija? Me está mintiendo —respondió el hombre con incredulidad y miedo.

—¿Acaso tengo que mostrarle una prueba de paternidad? —refutó Robert con una mirada intimidante—. Señor Gonzalo, está despedido. Vaya a Recursos Humanos por su liquidación y, si no quiere problemas legales graves, le sugiero que desaparezca.

Gonzalo salió de la oficina, pero antes de irse definitivamente, cruzó palabras con Olivia, quien entraba confundida tras ver el caos en el pasillo.

—¿Le harás otro hijo? Qué lástima de mujer —escupió el viejo antes de marcharse con sus cosas.

—¿Otro hijo? —repitió ella, mirando a Robert con desconcierto.

Robert le sonrió, aunque por dentro estaba aterrado por su reacción.

—En unos días lo entenderás. Por ahora, ese hombre no volverá a molestarte nunca más.




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