Es marzo del año 2001, hacía algo de frío esa noche. Mientras Ben y yo dejábamos todo listo para el viaje, estaba feliz de tomarme unas vacaciones en la playa; los últimos tres meses Ben y yo habíamos estado trabajando sin parar para por fin abrir la tienda, en la que habíamos puesto tanto dinero y esmero, creo tenemos unas vacaciones bien merecidas, pensé. Mientras empacaba ropa y comida pensaba en qué traje de baño usaría, vi a Ben por la ventana del cuarto mientras terminaba de limpiar el auto, lo llamé y le dije que no se tardara tanto porque teníamos que salir temprano, él asintió bastante serio. Pues ya era de noche, y había que levantarse temprano, cosa que ni a Ben ni a mí se nos daba bien.
Acostada en la cama tratando de dormir, evitando pensar en más trabajo, en la tienda, en cómo me dolía la cabeza después de planear la inauguración. Cuando llegó Ben a dormir, quitó su reloj y lo dejó en la mesita al lado de la cama como cada noche. Se metió en la cama aun algo serio, le pregunté qué le pasaba y me contestó:
—Estoy bien, ya está todo listo. Solo que a mí no me convence del todo este viaje.
—No comprendo por qué, yo pensé que nos haría bien después de tanto trabajo —dije sorprendida.
—Quiero ir, Olivia, sabes que aún no abrimos la tienda, aún estamos cortos de dinero, ¿cómo pagaremos hospedaje para quedarnos dos o tres días? ¿Dónde conseguiremos un sitio con tan bajo precio? —exclamó Ben. Entendía lo que quería decir, le respondí:
—Cálmate, yo lo sé, pero resolvemos esas cosas allá, aún nos queda algo desde que vendí mi auto.
Me miró más tranquilo, se rio y me dijo:
—No puedo creer que seas tan tranquila con estas cosas, te haré caso por ahora.
Y después de platicar un rato, nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente, bastante temprano, el amanecer anunciaba un día hermoso y soleado, la brisa corría suavemente por el lugar, mientras tomaba las maletas y las ponía en el auto rojo de Ben; quizás sería un viaje largo y yo solía aburrirme mucho cuando no hago nada. Él estuvo listo después que yo, se subió y salimos por fin.
Como dije antes, me fui fatigando cada vez más, poco a poco me quedé dormida, mientras Ben se quejaba del gobierno y hablaba de política y otras cosas aburridas. Me dormí casi tres largas horas, cuando desperté ya casi llegábamos a la playa. Le conté a Ben el loco sueño que había tenido, en donde vivíamos a gusto en nuestra casa de dos pisos blanca con un patio enorme, y teníamos una bebé hermosa. No me hizo mucho caso.
—Sí, sí, qué bonito sueño, primero busquemos dónde quedarnos esta noche —dijo con un tono burlón.
Nos detuvimos en sitios que parecían ser buenos, claro, al preguntar la mayoría tenían un costo más grande de lo que teníamos en el bolsillo, nos detuvimos cerca de la playa; algo frustrados por no haber conseguido sitio. Justo en ese momento cuando vi a lo lejos por la orilla, otro lugar... una casa, casi perdida entre las palmeras. Ben la señaló y dijo que fuéramos a preguntar, no parecía un sitio demasiado grande pero definitivamente no era nada feo el lugar, la casa se veía bastante bien cuidada desde afuera; sorprendentemente la puerta estaba abierta, así que entramos, no había nadie.
Se veía mucho más espaciosa por dentro, la puerta daba hacia la sala, era grande con una mesita de vidrio a la que rodeaban unos muebles negros impecables, un piso de cerámica blanca reluciente, Ben me hizo notar unos cuadros bastante tétricos de ancianos que había en las paredes, me provocaban un escalofrío mientras Ben se mofaba por eso. La sala daba a un pasillo larguísimo mal iluminado con 10 habitaciones enumeradas en orden desde la 1, que estaba más cerca de la sala, hasta la 10, que daba al final del pasillo casi oscuro, al final una ventana con cortinas enormes que daba vista hacia una piscina en la parte de atrás de la casa, cosa que me pareció raro estando tan cerca de la playa. Estábamos viendo por la ventana cuando una voz nos sorprendió desde nuestra espalda con entusiasmo:
—Hola, qué bueno que tengo visitas, ¿qué se les ofrece? —preguntó una señora que salió de la nada. No era vieja, pero tampoco estaba tan joven.
—Hola, disculpe por entrar de esa forma sin avisar —dijo Ben algo apenado—. No se preocupen, esto pasa más seguido de lo que creen, ¿qué se les ofrece?
—Queríamos saber si aún tenía habitaciones disponibles —pregunté. La señora nos dijo que sí, aunque a Ben no le convencía del todo el lugar, le parecía incómodo me dijo, pero le hice saber que la señora nos estaba cobrando increíblemente poco, cosa que era raro en esa parte de la playa, se desconcertó aún más, mencionó que no le parecía pero le recordé que realmente no teníamos más opciones.
La señora nos dio la habitación número 10, la última en el pasillo. Si el pasillo de afuera estaba mal iluminado, el cuarto estaba aún peor, casi a oscuras sin ventanas. Me puse mi traje de baño que pasé horas eligiendo, Ben tomó algunas cosas y salimos caminando por la arena hasta la playa. Ya más a la noche decidimos volver, Ben me tomó de la mano suavemente, mientras caminábamos por la arena de vuelta y hablábamos trivialidades. Vimos el auto a lo lejos, y junto a él notamos que había otro auto estacionado, era una minivan de esas en las que cabe una familia, "tenemos compañía" pensé. Llegamos y la señora estaba trapeando el piso, aunque ya estaba reluciente, nos saludó con entusiasmo mientras trapeaba, exactamente como la primera vez que la vimos, su cuerpo desprendía un olor rancio y su sonrisa excesiva y forzada era tétrica, pero solo pensé que le emocionaba la gente ya que era una señora viviendo sola en un lugar como ese, "cómo habrá llegado ahí" pensé.
En el cuarto, cerramos la puerta y algo cansada del sol y del agua me acosté tendida en la cama, Ben puso su reloj en la mesita al lado y se quedó dormido casi al instante. A pesar del cansancio, me costó conciliar el sueño, seguía algo pensativa. Era difícil sacar de mi cabeza la rutina y el saber que si la tienda no funcionaba tendría que volver con mis padres, en fin... se clavaba en mi cabeza como una espina.
Después de haber dormido a saltos toda la noche. Desperté temprano, esa brisa fría que entraba por la puerta me causaba mucha sed, me levanté, vi el reloj por unos segundos de más sintiéndome incómoda por la oscuridad del pasillo, eran las seis AM, se me había acabado el agua embotellada, tuve que salir un momento al grifo de la cocina mientras Ben aún dormía como una piedra. Encendí la luz del pasillo, el piso estaba helado y el silencio ensordecedor me ponía nerviosa, tomé un vaso de uno de los estantes y lo llené de agua algo desesperada, un agua con un sabor bastante particular, no malo, pero sí diferente casi desagradable. Me detuve un momento en la sala me preguntaba dónde estaban las personas del auto que estaba estacionado afuera, no los había visto desde que llegaron. Y aún más me intrigaba dónde estaría la señora; parecía aparecer solo por momentos. Apagué la luz. El pasillo seguía ahí, pero no lo veía con claridad... no avancé, no retrocedí. Esperé a que eso en la oscuridad hiciera el primer movimiento. No parecía ser nada, al final volví a dormir, con unos ojos pegados a mi nuca.
Nos levantamos como a las 10 de la mañana. Nos duchamos y preparamos unos sándwiches. Tomamos algunas cosas y salimos, ya casi llegando a la playa recordé que había dejado el protector solar en la habitación, como no estaba tan lejos le dije a Ben que se adelantara. Volví a la casa y noté que la puerta de la habitación estaba abierta... cuando hace unos momentos juro haberla cerrado. Tomé el protector solar algo confundida y salí caminando hasta la playa.
Hacía bastante sol, y la brisa fría de la madrugada no parece haberse ido, las aves volaban tranquilas por el mar. Me senté cerca de la orilla, mientras las olas rozaban mis pies, Ben me siguió y se sentó a mi lado, algo callados.
—Temprano me levanté y la señora no estaba —le dije haciéndole saber mi inquietud mientras volteaba a la casa y apartaba la mirada.
—Sí... lo sé, en este lugar hay algo, no sé si es el silencio de la casa o esa sensación de alguien nos observó toda la noche —dijo Ben algo serio.
—¿Y no te parece raro que no hemos visto ni una vez a las personas del auto que está parado afuera? —respondí.
—Sí tienes razón... deberíamos marcharnos y cambiar la fecha de la inauguración —respondió él, levantándose y lanzando una roca en el agua haciéndola rebotar.
Yo le dije:
—Sí, salgamos mañana temprano, aún quiero disfrutar de la playa por hoy.
Estuvo de acuerdo.
—Sabes, qué bueno que me convenciste de venir, a pesar de todo. Sobre todo por este tiempo contigo. Después, con el proyecto, todo será distinto —dijo él. Lo miré con una ligera sonrisa...
Unas horas más tarde, el sol empezaba a esconderse, las gaviotas bajaban a comer restos de la playa y se posaban alrededor de la casa, empecé a recoger las maletas mientras Ben las llevaba al auto. La señora se apareció en ese instante.
—¿Qué pasó?, ¿ya se van? —preguntó con voz suave.
—Sí, así es, saldremos por la mañana señora, muchas gracias por su hospitalidad —le dijo Ben.
La vi irse hacia la cocina. Nosotros ya habíamos terminado, me fui al cuarto y me encerré a leer un libro que me tenía algo enganchada, mientras se hacía más de noche; al rato llegó Ben, se sentó en una esquina de la cama a revisar mensajes. “Toc-toc-toc” en la puerta. Abrí y era la señora.
—Hice cena, que me gustaría darles como regalo a una pareja joven antes de que se marchen —dijo la anciana con su peculiar sonrisa invitándonos a la cocina. Ben, que por no ser descortés le respondió: —Claro, por supuesto, vamos enseguida. Salí de la habitación hacia la pequeña y sofocante cocina. Nos sentamos en la mesa que estaba entre la sala, cuando la anciana salió de una de las habitaciones y casi desesperada empezó a servir; la anciana con su sonrisa que me incomodaba nos puso un plato a cada uno de estofado de carne. Olía bien y me hacía recordar a los que me preparaba mi madre, aunque con un olor diferente; tenía trozos irregulares de carne, la salsa era espesa y oscura, nos dio también agua del grifo. Mientras la anciana insistía en: —Hay que comer caliente con este frío.
Me lo acabé todo, estaba bueno, aunque tengo que admitir que los trozos de carne no parecían ser todos del mismo animal; tenían un sabor peculiar. Dimos las gracias, me levanté de la mesa. Di un paso hacia la puerta de la habitación, luego di otro paso, tenía un leve mareo... mis párpados pesados... mis piernas no respondían, y el pasillo comenzó a verse borroso. Veo, pero no con claridad. Alcancé a distinguir, estaba en la cocina, creo... me siento débil y no puedo moverme. Ben... señora, ¿por qué me arrastra por el pasillo?.
Desperté, no veo nada, ¿dónde estoy? ¿Qué es este lugar? Está totalmente oscuro. ¿Qué es esto debajo de mí? Está resbaladizo, pegajoso y tibio. ¿Qué es este olor tan repulsivo?; ahora lo recuerdo, aquella señora, estoy en la playa... ¿Dónde está Ben? Siento mucha... debilidad. Me siento pesada, debo dormir.
Lentamente me despertó una gota de un líquido cálido que me caía constantemente en la frente. No hay ni una luz, es imposible ver algo. Solo siento la pared fría en mi espalda. Intento levantarme, pero no puedo mover las piernas, lo sigo intentando, solo consigo mover los brazos medio desmayados... empiezo a arrastrarme entre la oscuridad, el olor a putrefacción y la humedad. Tengo miedo, ¿dónde está Ben?.
Me seguí arrastrando hasta que mis brazos dolían en ese líquido espeso que inundaba el suelo, traté de conseguir una salida pero entre la oscuridad no encontré nada. Toqué una pared con lo que parecía ser un encendedor pero, a duras penas, funcionó. Se encendió una pequeña y muy tenue luz en medio del reducido espacio del cuarto, cosa que mi visión, afectada por alguna especie de sedante, no ayudaba mucho, pero fue suficiente para identificar lo que parecían ser una escalera y una puerta al final. Pero no suficiente para identificar los bultos desmembrados que yacían en el piso de la habitación. Me arrastré, subí las escaleras como pude hiriéndome los brazos; para nada... la puerta estaba irremediablemente cerrada, sin siquiera una manilla del lado de adentro. Me senté en una de las esquinas del cuarto. Tengo mucho miedo... ¿Por qué me tienen aquí? ¿Aquí moriré? ¿Por qué no puedo mover las piernas?, mil preguntas invadieron mi cabeza. Debí haberle hecho caso a Ben cuando no quería venir; desearía estar en casa....
Casi sin poder respirar tirada en esa esquina y atontada por el sedante, y ya sin saber cuánto tiempo había pasado ahí. Oí muy a lo lejos, unos pasos suaves pero muy lentos. ¿Era la anciana?, el ruido parecía venir del techo, mi corazón se aceleró, y cada vez respiraba menos.... Intenté desesperadamente levantarme para poder salir corriendo, pero mis piernas ni con todas mis fuerzas respondían; los pasos cada vez se oían más cerca de la puerta y yo solo pude quedarme tiesa en esa esquina. Se oyeron unas llaves, lentamente abrieron la puerta... alcancé a distinguir la figura, la figura de la maldita anciana.... Se asomaba lo que parecía ser un cuchillo bastante grande entre su mano, pero lo soltó de inmediato. Y sujetó lo que parecía un bulto entre la oscuridad, lo bajó con dificultad por las escaleras; intenté moverme o arrastrarme pero me detuvo el cuchillo, y el no poder mover las piernas. La desgraciada salió del cuarto sin siquiera voltear a verme. Oí la respiración del bulto, me subió un escalofrío por la espalda. Me arrastré hasta allá, por mera curiosidad, lo vi, era la figura del rostro de Ben... que yacía inerte entre el líquido espeso del suelo. Me arrastré lo más rápido que pude, me eché junto a él... no reaccionaba, no hablaba. Solo me quedé a su lado mientras se desangraba y me veía y no podía ni levantarme, odiándome a mí misma por esto.
Es marzo del año 2001, yacía en silla de ruedas con ambas piernas rotas, sentada junto a la ventana, en casa de mi madre... el patio es tan bonito y grande. Mientras que a lo lejos suenan las noticias en la TV de mi padre: "Hoy hablamos del caso de la caníbal... esto se ha dado en las costas, Clara Castellanos una señora mayor que atraía a sus víctimas a quedarse en su casa a su paso por la playa dejándoles un destino espantoso, descubierta después de que una de sus víctimas, un hombre, allá logrado llamar a la policía antes de caer sedado y mutilado por culpa de al parecer una comida hecha de restos humanos que le dio la anciana".
Decidí salir y estar afuera al aire fresco, desearía que estuvieras aquí. No paraba de pensar, aunque mejor de estar bien. El mundo podía ser cruel, pero creo que valía la pena seguir por él.