A la memoria de los ángeles caídos y los mitos olvidados.
Para los rebeldes que se atrevieron a profanar el Olivo Blanco, para los que desafiaron a sus maestros y terminaron perdiendo el cielo.
Y, sobre todo, para las almas eternas atrapadas en cuerpos de carne, que aún intentan recordar cómo se sentía dominar el tiempo y el espacio.