Hubo un principio y en ese principio también hubo un final
— Sí alguien con poder lo tiene todo y además es inmortal; ¿que sería de este mundo?. Igual que la lluvia no puede durar para siempre o el, sol no debería quedarse en el cielo viendo hacia el mundo que esta, ¡bajo él!. Nadie debería ser tan poderoso y vivir para siempre.
El me apunto con su espada, justo en el medio del pecho; estaría lista para morir, pero mi existencia es demasiado valiosa como para eso.
—Tienes una visión muy poética de las cosas, pero peligrosamente ingenua. Crees que un dios inmortal destruiría el mundo por pura malicia, y no es así. Lo destruirá por aburrimiento. Al principio, ese ser jugará a ser rey, luego a ser juez, y después a ser salvador. Pero cuando los siglos se conviertan en milenios, este mundo será solo un hormiguero repetitivo. La lluvia para, el sol se oculta, sí... pero él se quedará ahí arriba, estancado, viendo cómo nuestras tragedias se repiten en un bucle infinito. Al final, no nos gobernará con puño de hierro; nos mirará como tú miras a las piedras del camino: cosas que están ahí, que no sienten, y que carecen por completo de valor.
—La inmortalidad no corrompe el poder, lo vacía.
El filo de su espada emitía un zumbido frío, una vibración celestial que amenazaba con rasgar el tejido mismo de la realidad que yo controlaba. Rabí, nuestro maestro, no vacilaba. A su alrededor, el cielo del Edén se caía a pedazos.
A lo lejos, el rugido de Lucifer resonaba mientras combatía contra Miguel y Gabriel; las alas de mis hermanos, doradas y negras, se entrelazaban en una danza de fuego y ceniza.
Sostuve con fuerza mi propia espada, aquella que cargaba con el peso de los océanos y las raíces profundas de la tierra. Sentía el latido del Olivo Blanco, el Árbol de la Vida que habíamos osado profanar, latiendo en mi interior como un segundo corazón robado.
—La inmortalidad no corrompe el poder, lo vacía —repitió Rabí, y su voz no tenía rastros de odio, solo una lástima infinita que me enfurecía más que cualquier insulto—. Mírate, Naksu. Has tomado el árbol, manejas el tiempo, el espacio y las mareas... y ya estás empezando a mirar a los mortales desde arriba. Te has convertido en el sol estancado que tanto temes.
—¡Yo no soy como Él! —bramé, y el suelo bajo sus pies se agrietó, desatando olas de energía telúrica. El mar que yo dominaba rugió a la distancia, respondiendo a mi furia—. Yo les daré un fin. Un propósito. Romperé el bucle.
Apreté el puño izquierdo, alterando la realidad a su alrededor. El espacio comenzó a curvarse, distorsionando la figura de Rabí; creé para él una prisión de ilusiones donde el tiempo corría al revés, obligándolo a revivir la creación del universo mil veces en un parpadeo, desolando su mente. Pero Rabí era el maestro por una razón. Con un suspiro que sonó como el viento de un invierno eterno, disipó mi alteración temporal con un solo movimiento de su mano. La pureza de su luz deshizo mis hilos cósmicos.
—Aún juegas con el tiempo como si fuera un juguete, mi niña —dijo, dando un paso al frente. La distancia entre nosotros desapareció en un instante que mi propia magia no pudo predecir.
El choque de nuestras espadas hizo temblar las dimensiones. El peso de los mares y la fuerza de la tierra en mi hoja colisionaron contra la justicia absoluta de su acero. Bloqueé su primer golpe, pero la onda expansiva me obligó a retroceder, surcando el suelo sagrado. Utilicé mi control espacial para aparecer a su espalda, descargando un tajo que pretendía partir los cielos, pero Rabí previó el movimiento antes de que yo siquiera lo pensara.
Nuestras armas chocaron una, dos, tres veces, un destello cegador de divinidad contra rebelión. Yo manejaba los elementos y las eras, pero él manejaba la Voluntad Original.
Con un movimiento maestro, deslizó su hoja sobre la mía, desarmándome. Mi gran espada voló por los aires, clavándose a lo lejos, y la fuerza del impacto me dejó de rodillas, con su acero divino rozando una vez más el centro de mi pecho.
—Tu castigo no será la muerte, Naksu —sentenció Rabí, mirándome desde la inmutabilidad de su ser—. Lucifer y los suyos caerán al abismo. Pero tú... tú que desprecias la fragilidad, tú que temes al sol que no se oculta, conocerás el verdadero peso del tiempo. Sabrás lo que es ser una piedra en el camino.
—No... —susurré, intentando alterar el espacio para escapar, pero su mano libre se posó en mi frente, bloqueando mis canales celestiales. El dolor fue inmediato, una agonía fría que comenzó a arrancar mis alas invisibles, a disolver mi control sobre el océano y la tierra.
—Te condeno al barro. Te condeno a la carne —su voz resonó como un trueno definitivo—. Vivirás un suspiro. Sentirás el hambre, el frío, el miedo y el olvido. Olvidarás la inmensidad del cielo.
El mundo comenzó a desvanecerse. El Edén, los gritos de la batalla, la figura imponente de Rabí... todo se estiró y se rompió en un vórtice negro. Fui arrojada al vacío, cayendo a través de las eras, despojada de mi divinidad, reducida a una chispa de alma errante en busca de un contenedor mortal.
Crucé el velo de la Tierra, directo hacia un rincón oscuro del mundo humano. Un clan de hechiceros, rodeado de velas y cantos desesperados. En el vientre de una madre que agonizaba, el corazón de una niña se había apagado antes de nacer. El vacío perfecto para mi castigo.
Sentí el impacto violento de la carne encogiéndose a mi alrededor. El espacio infinito se redujo a la calidez sofocante de un vientre materno; el tiempo eterno se convirtió en el primer y acelerado latido de un corazón humano. Las luces del mundo físico me cegaron, el frío cortó mi nueva piel, y el rugido de los mares que antes dominaba se transformó en mi primer e indefenso llanto de recién nacida.
Había nacido Kim Bennett.