Kim Bennett:
La gran ventaja de estudiar en la Academia Suprema de Hechiceros del clan Bennett es que el uniforme victoriano disimula bastante bien los nervios. La gran desventaja es que, si tienes veinte años, el flujo mágico sellado y tu única habilidad consiste en "ver cosas", te conviertes automáticamente en el bicho raro de la clase de mística.
Mientras los demás estudiantes encendían fuegos fatuos o hacían levitar dagas, yo me limitaba a observar las líneas de energía que flotaban en el aire. Tenía esa extraña capacidad, así como una sacerdotisa antigua: podía ver la magia, rastrear sus hilos, distinguir la luz pura de la oscuridad corrupta. Pero no podía tocarla. Mi propio poder estaba detrás de un muro invisible, un sello que mi clan me había impuesto de niña porque, según los ancianos, mi energía les causaba un pavor irracional. Con los años, cualquier recuerdo de por qué me temían se había evaporado, dejándome solo con una persistente y molesta sensación en el pecho. Como si hubiera olvidado una promesa de vida o muerte. Como si tuviera algo crucial que recordar.
—Si sigues frunciendo el ceño así, se te va a quedar la cara de pergamino rancio, Kim —susurró Gabe a mi lado, dándome un codazo amistoso.
Gabe y Mikel eran mis tutores adoptivos, asignados por el clan para vigilarme... o eso creía yo. Mikel era el alma sensata, un hombre de mirada tan severa que parecía capaz de juzgar los pecados del mundo entero. Gabe, en cambio, era el optimista compulsivo con demasiada energía.
—No estoy frunciendo el ceño —mentí, acomodándome la pesada capa oscura—. Es solo que la energía de la Academia hoy se siente... rancia. Como si alguien hubiera dejado un caldero con almas a medio pudrir.
Mikel, que caminaba al otro lado del pasillo de piedra de la Academia, intercambió una mirada rápida y extrañamente tensa con Gabe. Esas miradas eran su especialidad.
—Concéntrate en tus clases de canalización, Kim —dijo Mikel con su habitual voz de trueno contenido—. El sello se abrirá cuando estés lista. Ni antes, ni después.
—Sí, claro. Para cuando tenga ochenta años y use mi bastón como varita —bufé, desviándome hacia el salón de descanso—. Voy por un café. Si no le meto cafeína a este cuerpo, me voy a desmayar sobre el libro de profecías.
Me separé de ellos y caminé hacia la pequeña estancia de la Academia. Llevaba en las manos una taza desbordante de café caliente y mi mente era un caos absoluto. ¿Por qué siento que este lugar no es mi hogar? ¿Por qué sueño con un olivo blanco y un cielo que se cae a pedazos?, pensaba para mis adentros, frustrada. Soy una Bennett, se supone que debo pertenecer a este clan de brujos, pero me siento como una maldita intrusa en mi propia piel...
—Vaya, qué mente tan ruidosa para una chica tan pequeña.
La voz, profunda, aterciopelada y arrastrada con una tremenda flojera, me hizo dar un respingo. Mis ojos se abrieron de golpe al enfocar al hombre que estaba apoyado contra la pared de madera tallada.
Mi habilidad de sacerdotisa se activó al instante, y lo que vi me dejó sin aliento. A simple vista, parecía un aristócrata humano impecable: un traje negro de corte victoriano que le quedaba ridículamente bien, cabello oscuro artísticamente despeinado y una postura de absoluta superioridad. Pero su energía... ¡Por los cielos, su energía! Era un torbellino denso, una negrura magnética y elegante, salpicada de destellos dorados que gritaban "peligro" a kilómetros de distancia. Era la energía más poderosamente oscura que había visto en mis veinte años de vida. Una oscuridad que, extrañamente, no me dio ganas de correr, sino de pelear.
Del susto, mi mano tembló. Y el universo, que claramente disfruta de verme sufrir, hizo que perdiera el control de la taza.
El café ardiente voló por los aires, dibujando una parábola perfecta en el espacio, y aterrizó de lleno en el pecho del impecable e imponente desconocido.
—¡Maldición de los mil demonios!— siseó el hombre, perdiendo toda su pose de aristócrata dominante en un segundo.
Pegó un brinco hacia atrás, manoteando su chaleco empapado mientras el líquido humeante se filtraba por su costosa camisa blanca.
—¡¿Pero qué te pasa?! —protestó, mirándome con unos ojos oscuros que brillaron con un destello carmesí antes de volver a la normalidad—. ¡Es seda italiana! ¡¿Tu primer instinto ante la presencia de un extraño es intentar escaldarlo vivo?!
—¡Tú eres el que estaba acechando en las sombras como un pervertido! —ataqué de vuelta, plantándome firmemente y agarrando la taza vacía como si fuera un arma—. ¿Quién eres? Tu energía no es de este clan. Es más, tu energía apesta a azufre y malas intenciones.
El desconocido se detuvo, limpiándose una gota de café de la barbilla. Me miró de arriba abajo, y de repente, una sonrisa de pura malicia y diversión curvó sus labios. Se enderezó, ignorando la gran mancha marrón de su pecho, y dio un paso hacia mí.
«Así que esta es Naksu...», pensó Cali para sí mismo, usando su habilidad de leer mentes mientras se relamía internamente por la ironía del encuentro. «La gran criatura celestial, la dueña de los mares, reducida a una humana cascarrabias que me acaba de arruinar el guardarropa. Lucifer quiere su sangre y el poder del Olivo Blanco, pero creo que primero tendré que enseñarle modales».
—Me llamo Cali —dijo en voz alta, inclinando la cabeza con una reverencia exageradamente cortés—. Un humilde viajero... que ahora necesita una lavandería. Y déjame decirte, estrellita, que tus pensamientos son tan agresivos como tus reflejos. "Pervertido", qué falta de respeto.
—¿Me estás leyendo la mente? —lo apunté con el dedo, entrecerrando los ojos. El ambiente entre nosotros se volvió tenso, una chispa eléctrica de hostilidad inmediata. El inicio perfecto de una enemistad jurada—. No sé qué clase de truco uses, pero aléjate de mi cabeza, pervertido.