Olivo Blanco

2

Castiel:

​Vivir por la eternidad tiene un grave defecto: el aburrimiento es una enfermedad crónica. Después de unos cuantos siglos viendo a los mortales cometer exactamente los mismos errores, guerras y dramas románticos, el mundo se vuelve un teatro predecible. Por eso, cuando mi padre, Lucifer, me llamó al trono del infierno para darme una misión en la Tierra, casi le doy las gracias.

​Casi. Hasta que me enteré de quién era el objetivo.

​—Naksu —había dicho mi padre, pronunciando el nombre con un deje de rencor que todavía quemaba en el aire del abismo—. Está encerrada en un contenedor de barro humano. Su magia está sellada, pero su sangre aún conserva la esencia del Olivo Blanco. Tráeme ese poder, Castiel. Manipúlala, gánatela, haz lo que mejor sabes hacer... y arráncaselo.

​Pan comido, pensé. Soy un príncipe del infierno, fuerte, condenadamente atractivo, tengo ojos azules que han hecho arrodillar a reinas y el poder de moldear las sombras y las mentes humanas a mi antojo. ¿Qué tan difícil podía ser engañar a una humana de veinte años que ni siquiera recordaba haber tenido alas?

​Resulta que muy difícil si la humana en cuestión tiene el carácter de los mil demonios y una puntería impecable con los objetos contundentes.

​Todavía sentía el ardor en el pecho mientras caminaba por los jardines Victorianos que rodeaban la Academia Suprema de Hechiceros. Me miré el chaleco de terciopelo nuevo, asegurándome de que no quedara ni rastro del café que esa salvaje me había arrojado encima por la mañana.

«Pervertido », me había llamado en su mente. Sonreí para mis adentros, divertido. Cuando intenté deslizarme en sus pensamientos para plantarle una sugerencia sutil, para cambiar su percepción y hacer que me viera como un aliado confiable, me topé con un muro de hormigón armado. Su mente humana era caótica, sí, pero su alma... su alma seguía siendo la misma entidad indomable que desafió al cielo.

​Y luego estaba su aspecto. Lucifer me había advertido que Naksu era una criatura celestial de cabellos blancos y ojos transparentes como el vacío del espacio. Pero esta nueva versión, Kim Bennett, era una obra de arte retorcida. Esa cabellera azabache cortada por mechones blancos y, sobre todo, ese ojo izquierdo transparente que contrastaba con el marrón humano del derecho... Cuando me miró fijamente a los ojos en su habitación a medianoche, juro que por un milisegundo olvidé cómo respirar. Y yo no necesito respirar.

​—Te estás tomando demasiado tiempo, Castiel —susurró una voz entre las sombras de los arbustos perfectamente podados.

​Me detuve, recuperando mi postura perezosa y elegante. De la oscuridad emergió una figura hecha de humo denso, un emisario de mi padre.

​—Roma no se construyó en un día, Kesun —respondí, acomodándome los puños de la camisa—. Tampoco se seduce a una ex-deidad con un trauma de amnesia en cinco minutos. Además, tiene a las dos palomas de choque de mi Padre pisándole los talones. Miguel y Gabriel no se andan con rodeos. Si me lanzo a matarla para sacarle la sangre, esos dos desatarán una guerra santa en medio de este pueblucho, y no tengo ganas de limpiar plumas sagradas de mi casaca.

​—El señor del abismo no tiene paciencia.

​—Entonces que venga él y reciba un golpe con un tronco en el pie o un tazón de café hirviendo —repliqué, espantando la sombra con un leve movimiento de mis dedos cargados de energía oscura. El emisario se disipó con un siseo de frustración.

​Me quedé solo en el sendero de piedra, mirando hacia la torre de la Academia. El plan original era simple: acercarme, endulzarle el oído, hacer que confiara en mí, romper el sello de su magia y, cuando el poder del Olivo Blanco floreciera en sus venas, arrebatárselo para llevárselo a mi padre. Una manipulación de manual. El problema era que el manual no estipulaba que la víctima iba a amenazarme a la primera de cambio.

​Ella me odiaba. Lo había visto en su mirada. Me veía como un monstruo, un peligro inminente, un arrogante invasor de su espacio personal. Y sin embargo, no me había delatado con sus cuidadores. No les había dicho que estuve en su habitación. ¿Por qué? Porque su instinto de sacerdotisa, esa capacidad de ver las energías, le decía que yo era la única pista real para resolver el rompecabezas de su mente. Ella quería respuestas, y sabía que yo las tenía.

​—Quieres jugar a los enemigos, ¿eh, estrellita? —murmuré para mí mismo, sintiendo una chispa de adrenalina que no había experimentado en siglos.

​Esto ya no era solo una misión para Lucifer. Esto se estaba volviendo personal. Me atraía su ferocidad, me fascinaba el hecho de que una humana sin poderes me plantara cara con tanta soberbia. Quería ver hasta dónde llegaba su orgullo, quería romper su resistencia paso a paso, hacer que cayera en mi red por su propia voluntad, hasta que la línea entre el odio y algo más oscuro se borrara por completo.

​Caminé hacia la entrada lateral de la Academia, dejando que mis ojos azules brillaran en la penumbra. Mañana sería un nuevo día, y tenía una cita pendiente con una hermosa hechicera de mechones blancos. Esta vez, me aseguraría de llevar mi propio café.

La neblina matutina se arrastraba por los pasillos de la Academia Suprema como un fantasma de algodón. Yo estaba apoyado contra una de las columnas corintias del patio central, observando a los estudiantes de primer año intentar infructuosamente predecir el clima usando cuencos de agua. Patético.

​Ajusté el cuello de mi casaca, esperando ver aparecer la cabellera azabache y los mechones blancos de mi humana hostil favorita. Sin embargo, antes de que Kim Bennett asomara la nariz, una perturbación en las líneas de energía del lugar me obligó a enderezarme.

​Una fragancia a sándalo y metal oxidado inundó el aire.

​—Vaya, vaya. Pero si es el hijo pródigo jugando a los caballeros —susurró una voz sibilante a mi espalda.



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En el texto hay: 30 capítulos

Editado: 18.05.2026

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