Kim Bennett:
Hay dolores que no te pertenecen, pero que de todos modos te parten el pecho.
Esa mañana me desperté con el sabor de la sal en la boca y el sonido de un océano furioso rugiendo en mis oídos. El problema era que el mar más cercano al reino estaba a cientos de kilómetros de distancia, y la cabaña de mis tíos adoptivos seguía tan estancada en el invierno como el día anterior.
Me incorporé en la cama, respirando entrecortadamente, y me llevé la mano a la cicatriz del pecho. Me ardía. No era un dolor físico, sino una vibración, la misma energía plateada y pura que había visto fluctuar cuando Cali me acorraló en la Academia.
Cerré los ojos e intenté aferrarme al retazo de sueño que se desvanecía. Vi un árbol. Un olivo inmenso cuyas hojas no eran verdes, sino de un blanco tan puro que cegaba. Vi una espada gigante, tan pesada que un ejército humano no podría levantarla, respondiendo al más mínimo movimiento de mis dedos. Y luego, una voz gélida, una sentencia que resonaba como el fin del mundo: «Te condeno al barro. Te condeno a la carne».
—Naksu... —susurré el nombre en la penumbra de mi habitación.
Al pronunciarlo, una ráfaga de viento helado entró por la ventana, agitando mis mechones blancos. No era una alucinación. Estaba recordando. Fragmentos, astillas de una vida anterior que mi mente humana apenas podía procesar sin romperse.
Me vestí a toda prisa con el uniforme de la Academia, acomodando la capa oscura sobre mis hombros, y bajé las escaleras dispuesta a romper el silencio de esta casa a patadas si era necesario.
En la cocina, Mikel estaba sentado frente al gran mesón de madera, puliendo una vieja daga de plata con una parsimonia que me encendió la sangre. Gabe no estaba por ningún lado; probablemente andaba en el mercado buscando provisiones o intentando arreglar algo que no estaba roto.
—Sé que no soy de este mundo, Mikel —solté sin anestesia, plantándome al otro lado de la mesa.
Mikel ni siquiera se inmutó. Deslizó el paño sobre el filo de la daga una vez más antes de levantar esos ojos severos y profundos que parecían haber visto el nacimiento de las estrellas.
—Todos los hechiceros de la Academia pertenecen a este mundo, Kim. Solo eres... diferente.
—¡No me vengas con rodeos de manual! —golpeé la mesa con ambas manos, y por primera vez en mis veinte años, mi ojo izquierdo, el transparente, emitió un destello frío que hizo que la llama de las velas de la cocina parpadeara—. Anoche recordé algo. Recordé un árbol blanco. Recordé una condena y una voz que me llamaba Naksu. Y cuando ese tipo, Cali, estuvo en mi habitación...
Mikel se tensó por completo. Dejó la daga sobre la mesa con un golpe seco. La energía a su alrededor se volvió tan densa y pura que el aire se sintió pesado.
—¿Castiel estuvo aquí? —preguntó, y su voz de tío desapareció, reemplazada por un tono de autoridad que me hizo dar un paso atrás—. ¿Te tocó, Kim?
—No, no me tocó. Lo mantuve a raya —respondí, cruzándome de brazos, sosteniéndole la mirada—. Pero me dijo que ustedes me tienen en una jaula. Que me ocultan lo que soy. Mikel, mi capacidad de sacerdotisa no solo ve la magia de los demás; puedo sentir el muro dentro de mí. Hay un océano entero encerrado en mi pecho y ustedes le pusieron un candado. ¡Quiero mis poderes de vuelta!
Mikel se levantó. Su imponente estatura física llenó la cocina. Caminó lentamente hacia mí, y por un segundo, juro que vi la sombra de dos enormes alas proyectarse en la pared detrás de él. Se detuvo a un milímetro de mí, mirándome con una mezcla de tristeza y una solemnidad aplastante.
—Quieres tu poder —dijo, no como una pregunta, sino como una dolorosa verdad—. Deseas romper el sello que el clan Bennett y nosotros pusimos sobre ti. Pero eres ingenua, Kim. No tienes idea de lo que pides.
—Entonces dímelo. Dime quién soy.
—No —sentenció, y su negativa fue como un muro de piedra—. Si te revelo tu identidad antes de tiempo, tu mente colapsará. La carne es débil, Kim; no puede soportar el peso de la eternidad de golpe. Pero te diré esto, y escúchame bien: el sello no se romperá porque nosotros lo decidamos. Se romperá cuando tú recuerdes.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Cada fragmento de memoria que recuperes es una grieta en ese muro —explicó Mikel, inclinándose ligeramente, su voz reducida a un susurro cargado de misterio —. Si logras recordar todo lo que perdiste, si recuerdas tu origen, tu caída y el porqué de tu castigo... obtendrás tus poderes. Volverás a ser la dueña de la tormenta. Pero ten cuidado con lo que deseas. El poder que añoras viene acompañado de enemigos que destruirán este reino solo para beber una gota de tu sangre.
Dio un paso atrás, recogió su daga de plata y me miró por última vez antes de retirarse hacia el piso de arriba.
—No confíes en Castiel; Kim. Él no quiere ayudarte a recordar por caridad. Él quiere la llave que llevas dentro. Y si la encuentra antes de que puedas defenderte, el infierno entero ganará esta guerra.
Me quedé sola en la cocina, con el corazón acelerado y la cabeza a punto de estallar. Así que esa era la regla del juego: mis recuerdos eran la llave de mi poder. No necesitaba que Mikel o Gabe rompieran el sello; necesitaba recordar yo misma.
Una sonrisa amarga y desafiante se dibujó en mis labios. El carácter indomable que todos temían en el clan despertó con más fuerza. Si recordar era la única forma de dejar de ser el jarrón de adorno de la Academia y protegerme de los monstruos que me acechaban, entonces iba a recordar.
Me di la vuelta y salí de la cabaña, encaminándome hacia la Academia bajo el cielo gris. Si Castiel pensaba que iba a ser una presa fácil de manipular para su conveniencia, estaba muy equivocado. El príncipe del infierno quería mis recuerdos, y yo también. Era hora de usar al enemigo para desenterrar mi propio pasado.