Olivo Blanco

4

Castiel:

​La sangre mortal tiene un olor repugnante: a hierro, a debilidad, a finitud. Pero la sangre de Kim Bennett, mezclada con la esencia marchita del Olivo Blanco, poseía un aroma que me quemaba la garganta. Verla desmayarse en mis brazos, con el uniforme desgarrado y esa herida humeante en el hombro, desató algo en mi interior que creí haber enterrado en el fondo del abismo hace milenios. Furia pura.

​No esperé a que el ejército de sombras se reagrupara. Cargué su cuerpo —absurdamente ligero, como si la carne humana fuera una burla para lo que alguna vez fue— y atravesé la niebla hasta la cabaña de sus cuidadores.

​Miguel y Gabriel no necesitaron explicaciones. En cuanto pateé la puerta trasera, la fachada de tíos adoptivos se desmoronó. Miguel me arrebató a Kim de los brazos con una brusquedad que delataba su pánico, mientras Gabriel alzaba una barrera de luz pura alrededor de la casa que hizo que mi piel de demonio protestara.

​—Si muere, te arrastraré yo mismo al tártaro, Castiel —me advirtió Miguel, con los ojos brillando en oro puro mientras la recostaba en el sofá.

​—Ahórrate las amenazas, paloma —siseé, limpiándome la sangre de ella de mis manos pálidas—. Lilith está aquí. Sus propias sombras la atacaron. Y si no muevo mis fichas ahora, tu preciosa vasija de barro humana será vaciada antes del amanecer.

​No me quedé a ver cómo curaban su hombro. Me di la vuelta y me disipé en la penumbra de la noche, impulsado por una rabia negra que nublaba mi capacidad de pensar con racionalidad. Tenía una cuenta que cobrar.

​El punto de encuentro con Lilith era una catedral abandonada en los límites del reino, un esqueleto de piedra gótica que encajaba perfectamente con la oscuridad que arrastrábamos. Cuando me materialicé entre las columnas derruidas, el aire se volvió tan frío que mi aliento se congeló.

​Pero Lilith no estaba sola.

​En el centro del altar en ruinas, una figura imponente proyectaba una sombra que parecía devorar la poca luz de la luna. Una armadura de placas oscuras, una capa que goteaba oscuridad y una presencia que hacía que las rodillas de cualquier demonio menor buscaran el suelo. Lucifer. Mi padre.

​—Te estás volviendo blando en la Tierra, hijo —la voz de Lucifer resonó, pesada como el colapso de una montaña.

​—Padre —dije, enderezando mi fuerte contextura física, negándome a mostrar debilidad—. No sabía que el gran señor del abismo caminaba entre el barro de la tierra. Creí que la misión era mía.

​—Era tuya hasta que decidiste proteger a la traidora en lugar de desangrarla —intervino Lilith desde las sombras, con una sonrisa de víbora—. Vimos lo que hiciste en la Academia, príncipe. Destruiste a nuestros soldados.

​Lucifer no se movió, pero con un gesto perezoso de su mano diestra, apartó la capa. En su cinturón colgaba un arma que hizo que mi corazón inmortal se detuviera por completo. Era una espada descomunal, de empuñadura grabada con motivos marinos y un acero que, a pesar de estar rodeado de oscuridad, emitía un sutil zumbido telúrico.

​La gran espada de Naksu. La dueña de los mares.

​—¿Cómo tienes eso? —pregunté, y por primera vez mi tono arrogante flaqueó. El descubrimiento me golpeó como un impacto físico. Según las historias del cielo, Rabí la había clavado en el Edén profundo tras la caída.

​—Tu maestro Rabí es un guardián predecible —respondió Lucifer, acariciando el pomo de la espada con sus dedos enguantados—. La tomé del abismo donde la confinó. Esta hoja no es solo un arma, Castiel; es la mitad de la llave del Nihil. La otra mitad late en el corazón de esa niña de mechones blancos. Si no me traes su sangre para activar el acero, usaré esta misma espada para cortarle la cabeza y tomarla yo mismo.

​Mis ojos azules se fijaron en el arma. Un torrente de recuerdos que no pertenecían a mi vida en el infierno, sino a una época anterior a las alas negras y al azufre, inundó mi mente.

​Cerré los ojos un milisegundo, arrastrado por el peso de la eternidad.

Recordé el Edén antes de la guerra. Recordé el Olivo Blanco cuando sus hojas aún cantaban con el viento sagrado. Éramos niños, o el equivalente celestial de lo que los mortales llaman infancia. Yo era Castiel, un ángel de la corte menor, y ella era Naksu. Recuerdo verla correr entre las raíces del árbol, con su cabellera completamente blanca flotando como nieve viva y esos ojos transparentes llenos de una curiosidad prohibida. Ninguno de los dos entendía aún de jerarquías, ni de rebeliones, ni del orgullo que más tarde nos destruiría.

—Un día gobernaré los océanos, Castiel —me había dicho una tarde, sentada en una rama del Olivo Blanco, mirándome con esa transparencia mística que desafiaba la luz de nuestro Padre—. Y cuando lo haga, te construiré un palacio de coral para que dejes de fruncir el ceño.

—No me interesa el mar, Naksu —le había respondido yo, cruzándome de brazos con la misma terquedad que aún conservaba—. Me interesas tú.

Nos hicimos una promesa bajo la sombra de ese árbol. Una promesa grabada en el alma, antes de que Lucifer me arrastrara a su rebelión, antes de que Rabí la condenara al barro y al olvido. Ella lo había olvidado todo bajo su disfraz de Kim Bennett... pero yo no. Yo recordaba cada palabra.

​Abrí los ojos en la catedral en ruinas. La tensión, el peso de una promesa rota y el odio hacia el destino se concentraron en mi puño izquierdo. No iba a dejar que Lucifer la tocara. No iba a dejar que Lilith la vaciara. Si Kim Bennett tenía que recordar quién era, lo haría viva, y lo haría a mi lado, aunque tuviera que traicionar al infierno entero para lograrlo.

​—Esa espada no te pertenece, Padre —dije, y mi voz adoptó un matiz gélido, liberando la energía oscura y dorada que contenía. Las sombras de la catedral comenzaron a agitarse bajo mi mando, desobedeciendo la presencia del rey del abismo—. Y la chica tampoco.



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En el texto hay: 30 capítulos

Editado: 18.05.2026

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