Kim Bennett:
El regreso a la conciencia no fue sutil; fue como si me hubieran arrojado de cabeza a un estanque de agua helada.
Me incorporé de golpe en la cama, ahogando un grito, mientras una punzada de dolor ardiente me recorría el hombro izquierdo. La habitación estaba inundada por la pálida luz de la mañana y el aroma a lavanda y ungüentos curativos flotaba en el aire. Inmediatamente, me llevé la mano a la herida. Estaba fuertemente vendada, pero la energía residual de la sombra ya no me quemaba por dentro.
—Tranquila, pequeña. Ya pasó —la voz suave de Gabe me hizo desviar la mirada.
Él estaba sentado al borde de la cama, con los ojos cargados de una fatiga profunda, mientras Mikel permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la silueta recortada contra el cielo gris.
—¿Qué pasó? —pregunté, y mi voz sonó rasposa—. Esas criaturas... y Cali... él estaba allí. Su verdadero nombre es Castiel, yo lo escuché en mi cabeza...
—Kim, basta —me interrumpió Mikel, y su tono severo cortó el aire como una hoja de afeitar. Caminó hacia mí, deteniéndose al pie de la cama—. Casi mueres ayer. Esas sombras no son hechiceros renegados, son monstruos reales. Y ese... Castiel, solo te traerá la ruina.
—Él me salvó, Mikel —rebatí, sintiendo cómo mi furia se encendía a pesar de la debilidad física—. Y tú me dijiste ayer que mis recuerdos son la clave para recuperar mi poder. ¡Tengo que seguir recordando!
Mikel intercambió una mirada tensa con Gabe, una de esas comunicaciones silenciosas que tanto me desesperaban. Esta vez, sin embargo, el dramatismo en sus rostros era diferente. No era solo cautela; era una advertencia solemne.
—Nos equivocamos al alentarte, Kim —confesó Gabe, tomándome de la mano con una tristeza genuina—. Ver lo que te ocurrió ayer nos hizo entender el peligro real. No es bueno que recuerdes sobre tu pasado. Hay verdades que son como veneno para la mente humana. Lo mejor para ti, lo que realmente queremos, es que no recuerdes. Vive una vida normal, ve a la Academia, aprende mística elemental, pero deja el muro en paz. Olvida el Olivo Blanco. Olvida a Castiel.
Sus palabras cayeron sobre mí como un balde de agua fría. Querían que me rindiera. Querían que aceptara ser un jarrón de adorno por el resto de mis días mientras el mundo a mi alrededor se caía a pedazos. No dije nada. Me limité a apartar la mirada, apretando los puños bajo las cobijas. Mi ojo transparente reflejó la luz del día con un destello de pura terquedad. Ellos querían protegerme de la tormenta, pero no entendían que la tormenta ya vivía dentro de mí.
Dos días después, desobedeciendo las miradas de reproche de mis tutores pero con el hombro ya cicatrizado gracias a los remedios de Gabe, regresé a la Academia. Necesitaba aire, necesitaba respuestas y, aunque odiara admitirlo, necesitaba ver un par de ojos azules eléctricos.
Sin embargo, el rincón donde Cali —o Castiel— solía acechar estaba completamente vacío. No había rastro de su energía magnética y oscura, ni de su arrogante silueta engreída. El patio trasero de la Academia había sido reparado mágicamente, pero para mí, el ambiente se sentía extrañamente plano. Faltaba la chispa que lo ponía todo patas arriba.
—Si sigues mirando esa columna con tantas ganas de asesinarla, vas a terminar agrietando la piedra —dijo una voz alegre a mi lado.
Me volví y me encontré con Deisy, una chica del clan de los chamanes que acababa de mudarse al sector de la Academia. Tenía una energía brillante, de un verde primaveral que transmitía una paz inmediata, y una sonrisa contagiosa que contrastaba con mi habitual humor sombrío. Nos habíamos conocido esa misma mañana en la clase de herboristería y, por alguna razón, mi desconfiado instinto de sacerdotisa la había aceptado de inmediato.
—No estoy intentando asesinar a la columna —refunfuñé, acomodándome la capa—. Solo... pensaba.
—Pensabas en el chico guapo y peligroso que causó el alboroto el otro día, ¿verdad? —Deisy me dio un codazo pícaro, haciéndome rodar los ojos—. Todo el campus habla de él. Pero descuida, hoy tenemos una distracción mucho mayor. ¿No te has enterado? Recibimos una visita real.
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, un murmullo generalizado recorrió los pasillos de la Academia. Los estudiantes se alinearon a los lados del patio principal, adoptando posturas de estricto respeto.
Mikel y Gabe aparecieron al frente de la comitiva de bienvenida, escoltando a la realeza. En el centro del grupo, destacando sobre todos los demás, caminaba el mismísimo Príncipe Heredero del reino.
Era un joven de una belleza deslumbrante, casi irreal para los estándares humanos. Su cabello, de un dorado brillante como el sol del mediodía, caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos eran de un verde esmeralda tan profundo que recordaban a un bosque antiguo. Vestía un traje de gala con brocados de oro que resaltaban su porte noble y elegante. Exudaba una energía pura, cálida y majestuosa.
Caminó con gracia imperial, saludando a los ancianos del clan, hasta que sus ojos verdes se cruzaron con los míos.
El príncipe se detuvo en seco. Su mirada recorrió mis facciones: mi cabello azabache con mechones blancos, mi ojo marrón y, sobre todo, mi ojo izquierdo transparente. Pude ver el asombro genuino pintarse en su rostro, quedando completamente cautivado por una belleza que él claramente no esperaba encontrar en un clan de hechiceros.
Ignorando el protocolo, el príncipe dio unos pasos hacia donde Deisy y yo estábamos.
—Nunca creí que las estrellas bajaran a estudiar en esta Academia —dijo con una voz suave y melodiosa, inclinando la cabeza en una reverencia perfecta dedicada exclusivamente a mí—. Soy el príncipe Alistair. Es un honor conocerla, mi dama.
—Kim Bennett, Alteza —respondí, haciendo una breve reverencia por puro compromiso, sintiendo la mirada asesina y protectora de Mikel clavada en mi nuca desde la distancia.