Olivo Blanco

6

Castiel:

​—Te dije que te mantuvieras alejada, estrellita.

​Mi propia voz resonó en la mente de Kim, pero la verdad es que el que estaba rompiendo las reglas de Rabí era yo. Se suponía que debía vigilarla desde la distancia, ser una sombra, pero ver a Iliana con esa maldita daga de obsidiana a un centímetro de su cuello desarmó cualquier rastro de obediencia celestial en mí. A la mierda las órdenes. A la mierda el fin del mundo.

​Salté desde el muro de piedra, dejando que el impacto de mi aterrizaje agrietara los adoquines del jardín real. Mi ejército de sombras se expandió como una marea de tinta negra, colisionando directamente contra los mercenarios de Lucifer. A mi izquierda, Mikel y Gabe —o mejor dicho, Miguel y Gabriel— dejaron caer por completo sus disfraces de tíos humanos. La luz que emanaba de ellos era tan pura y cegadora que los hombres de Iliana se deshacían en cenizas con solo rozar el perímetro de su resplandor.

​—¡Castiel! ¡Traidor! —rugió Iliana, esquivando una ráfaga de mi energía oscura—. ¡Tu padre te arrancará las alas de cuajo por esto!

​—Que lo intente. Nunca me gustaron las plumas de todos modos —le respondí, barriendo el aire con la mano.

​Un latigazo de sombras la golpeó en el pecho, enviándola a estrellarse contra las estatuas de mármol del príncipe. Mientras Miguel y Gabriel acorralaban a la nefilim con una sincronización militar perfecta, mi atención se desvió por un segundo hacia el pie del olivo.

​Ahí estaba Kim. Pero no estaba huyendo.

​El príncipe Alistair yacía en el suelo, pálido, con el pecho ensangrentado por el golpe de Iliana. Kim estaba de rodillas a su lado, con su carácter de los mil demonios transformado en una concentración absoluta. Vi cómo cerraba su ojo marrón y dejaba completamente abierto el izquierdo, el transparente.

«Recuerda...», alcancé a leer en la periferia de sus pensamientos, una orden directa que se daba a sí misma. «El mar... la vida... cura».

​Entonces, una grieta se abrió en el muro de su pecho. El sello de su clan cedió un milímetro ante su desesperación por salvar al humano. De las palmas de sus manos no brotó la magia rancia de la Academia, sino una corriente de energía verde agua y plateada, destellando con una pureza divina que hizo que el mismísimo Olivo Blanco del palacio floreciera de golpe en pleno invierno. Era magia curativa celestial. La esencia del árbol de la vida fluyendo por sus dedos humanos.

​El color regresó instantáneamente a las mejillas de Alistair, quien soltó una bocanada de aire, abriendo los ojos verdes justo a tiempo para ver a Kim mirándolo con una belleza que habría hecho arrodillar al Edén entero.

​Sentí una punzada en el estómago. Un ardor sordo que no tenía nada que ver con los golpes de mi padre. Era un veneno puramente mortal.

​—¡Suficiente de esta blasfemia! —el grito de Miguel cortó el aire.

​Me volví justo a tiempo para ver a Mikel alzar su mano, imbuida en un fuego sagrado e implacable. Sin piedad, descargó un juicio divino sobre Iliana. La nefilim no tuvo tiempo ni de gritar; la luz la consumió por completo, dejando solo un rastro de polvo que el viento de tormenta esparció por el jardín. La batalla había terminado.

​Alistair se incorporó a duras penas, sostenido por Kim. Miró el desastre, las sombras disipándose, a Miguel, Gabriel y a mí. Como buen aristócrata real, decidió que la mejor manera de procesar un ataque demoníaco era organizar un evento social.

​—Han... han salvado mi vida. Y la de la señorita Bennett —dijo el príncipe, acomodándose los brocados de oro con mano temblorosa, fijando sus ojos de bosque en Kim—. Mañana por la noche se celebrará el baile de invierno en el palacio. Exijo que todos ustedes asistan como mis invitados de honor. Especialmente usted, mi hermosa salvadora.

♡♡♡

​El Gran Salón del palacio real era un despliegue insultante de candelabros de cristal, terciopelo y música de violines. Yo estaba apoyado contra la pared más oscura del recinto, vistiendo una casaca negra que se camuflaba con las cortinas, sosteniendo una copa de vino que no pensaba tomar.

​Intenté mantener mi promesa a Rabí de ser sutil, pero mi paciencia se evaporó en cuanto Kim entró al salón.

​Llevaba un vestido de seda color verde agua que acentuaba la curva de su cintura y dejaba al descubierto su hombro ya sano. Su cabello azabache estaba recogido, dejando que los mechones blancos enmarcaran su rostro de una manera que hipnotizaba. Estaba hermosa. Envidiablemente hermosa.

​Y por supuesto, el maldito príncipe rubio no tardó ni dos segundos en interceptarla.

​—¿Me concede este vals, señorita Bennett? —escuché la voz de Alistair a la distancia.

​Kim asintió con una timidez que me pareció completamente falsa (conociendo el demonio que llevaba dentro), y dejó que él la guiara hacia el centro de la pista.

​Apreté los puños, rompiendo sutilmente el cristal de mi copa. Ver las manos del príncipe en su cintura, ver cómo la hacía girar bajo las luces mientras su mirada se conectaba con los ojos verdes del humano, me estaba volviendo loco. Usé mi habilidad para deslizarme en la mente de Kim, buscando una excusa para interrumpir.

«Es un buen bailarín», pensaba ella, girando en los brazos de Alistair. «Su energía es cálida... pero no me acelera el pulso. No es como el frío eléctrico de...»

​Kim detuvo su pensamiento en seco y desvió la mirada hacia las sombras de la pared. Sus ojos se clavaron directamente en los míos. Le sostuve la mirada con mis ojos azules brillando en la penumbra, transmitiéndole un claro mensaje mental: «Te ves ridícula bailando con esa lámpara de oro, estrellita». Arrugó la nariz, dedicándome esa mueca de fastidio que tanto me fascinaba, pero no rompió el baile. Tuve que usar todo mi autocontrol de príncipe del infierno para no invocar un ejército de sombras que apagara todas las velas del lugar solo para sacarla de ahí.



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En el texto hay: 30 capítulos

Editado: 18.05.2026

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