Olivo Blanco

7

Kim Bennett:

​El silencio que dejó su retirada fue más ensordecedor que el estallido de cualquier batalla.

​Me quedé estática en medio de la nieve, con los dedos entumecidos y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. La marca de sus labios en mi frente todavía se sentía como una quemadura de hielo, un contraste violento con la crueldad de sus palabras.

«No vales el esfuerzo de una guerra».

​Esas palabras se clavaron en mi orgullo, retorciéndose como un puñal. Mi rabia, que por un segundo se había apagado ante la vulnerabilidad del dolor, regresó con una fuerza volcánica. Sentí una oleada de calor recorrer mis venas, una vibración tan intensa que el hielo del arroyo a mis pies se agrietó, liberando vapor hacia el aire de la noche.

​—Idiota —susurré entre dientes, limpiándome una lágrima traicionera con el dorso de la mano—. Arrogante, pedante... demonio de pacotilla.

​Me negaba a ser la víctima de su drama. Si Castiel pensaba que me iba a quedar sentada llorando por sus desplantes y sus misterios, no me conocía en lo absoluto. Él se había marchado, mis tíos eran seres celestiales que me habían tenido en una jaula de oro, y yo estaba sola con un fragmento de magia que apenas comprendía. Pero por primera vez en mi vida, no tenía miedo. Tenía rabia. Y la rabia, en una Bennett, siempre había sido el combustible más peligroso.

​Me di la vuelta, acomodándome la capa con un movimiento seco, decidida a volver al palacio. No iba a esconderme en el bosque. Si el príncipe Alistair ofrecía un mundo normal, luz y un escape de toda esta locura de alas y azufre, iba a tomarlo. Aunque fuera solo para demostrarle a las sombras que no las necesitaba.

♡♡♡

​El palacio real era una jaula más grande, más lujosa y definitivamente más perfumada que la cabaña de mis tíos, pero seguía siendo una jaula.

​Habían pasado tres semanas desde que el bosque se tragó la silueta de Castiel, tres semanas desde que me dejó con la frente ardiendo por su beso y el corazón hecho pedazos por sus palabras. «No vales el esfuerzo de una guerra». Repetirme esa frase cada mañana se había convertido en mi nuevo pasatiempo favorito, el combustible perfecto para mantener a mis mil demonios despiertos y listos para morder.

​—Te noto distraída, Kim —la voz del príncipe Alistair me devolvió a la realidad.

​Estábamos en el invernadero real, un impresionante palacio de cristal donde las orquídeas y los lirios desafiaban el invierno gracias a la calefacción de vapor. Alistair sostenía una taza de té, mirándome con esos ojos verdes de bosque que, por más que lo intentaran, no lograban provocarme ni un solo escalofrío. Era perfecto, era atento, era el bálsamo que se suponía debía curar mi orgullo herido.

​—Lo siento, Alteza —forcé una sonrisa, acomodando las mangas de mi vestido azul cielo —. Solo... pensaba en las clases de la Academia. Mikel y Gabe han estado muy silenciosos últimamente.

​Mencioné los nombres de mis "tíos" con una punzada de amargura. Desde que se revelaron como arcángeles, nuestra relación se había quebrado. Ya no les hablaba, no aceptaba sus sermones celestiales y me había mudado prácticamente al ala de invitados del palacio bajo la protección del príncipe. Si me usaron como una prisionera durante veinte años, ahora tendrían que conformarse con vigilarme desde los pasillos, como estatuas de mármol con alas.

​—Olvida a tus tutores por hoy —Alistair dejó la taza sobre la mesa de hierro y dio un paso hacia mí, tomándome suavemente de las manos. Su tacto era cálido, pero plano—. Kim, el baile de hace unas semanas solo confirmó lo que mi corazón ya sabía. Tu belleza, tu misterio... esa magia que usaste para salvarme... No me importa de dónde vengas, ni qué secretos esconda tu clan. Quiero que te quedes a mi lado. Para siempre.

​Se inclinó sutilmente, y por un segundo, supe lo que venía. Iba a besarme. Iba a pedir mi mano. Cerré los ojos, obligándome a aceptar esa vida normal que Gabriel me había rogado que tuviera. «Quédate con su luz», me había dicho el idiota de ojos azules antes de abandonarme.

​Pero en el momento en que los labios del príncipe estuvieron a punto de rozar los míos, una vibración violenta sacudió el suelo bajo nuestras botas.

​Los cristales del invernadero vibraron con un zumbido sordo. El ambiente cálido y floral se extinguió en un pestañeo, reemplazado por un frío atroz que congeló las orquídeas al instante. Me aparté de Alistair de golpe, llevándome la mano al pecho. La cicatriz no me ardía; estaba latiendo, respondiendo a una presencia que conocía demasiado bien.

​Sin embargo, esta vez la energía no era la sombra dorada de Castiel. Era algo mucho peor.

​El techo de cristal del invernadero se estalló en mil pedazos. Una lluvia de vidrios afilados cayó sobre nosotros, obligando a Alistair a empujarme detrás de su cuerpo mientras desenvainaba su espada. Entre los fragmentos rotos y la nieve que comenzaba a colarse, una figura descendió del cielo gris, aterrizando con una pesadez que resquebrajó el suelo.

​Era un hombre de porte majestuoso pero corrupto, envuelto en una capa de pura oscuridad que parecía absorber la luz del sol. Su sola presencia hacía que el aire se sintiera pesado, irrespirable. Y en su mano derecha, sostenía una espada gigante de empuñadura grabada con motivos marinos que emitía un lamento plateado. La espada que había visto en mis sueños. La espada de Naksu.

¿Mi espada?.

​—Lucifer... —el nombre escapó de mis labios en un susurro cargado de un terror ancestral que mi mente humana no lograba comprender, pero que mi alma reconoció de inmediato.

​—Vaya, la vasija de barro humana por fin reconoce a su verdadero dueño —la voz del rey del abismo resonó, haciendo que mi ojo izquierdo, el transparente, emitiera un destello cegador de puro pánico—. Tu guardián alado te ha abandonado, Naksu. Y sus mercenarios ya no están para interponerse. Es hora de abrir el Nihil.



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En el texto hay: 30 capítulos

Editado: 18.05.2026

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