Kim Bennett:
El dolor de la verdad me estaba partiendo el cerebro en dos, pero el instinto de la dueña de los mares tomó el control de mis piernas. Al ver el choque brutal entre el fuego del Dragón Negro de Castiel y la luz plateada de mi propia espada en manos de Lucifer, supe que mi presencia allí solo facilitaría el Apocalipsis. Mi sangre era la llave del fin del mundo.
Corrí. Atravesé los escombros del invernadero y me adentré en los jardines del palacio, guiada por el latido místico de la cicatriz en mi pecho. Pero el Caos ya se había desatado.
Del suelo agrietado de las avenidas reales no solo salían las sombras de Castiel; el ejército de Lucifer, criaturas hambrientas de carne y divinidad, emergía de la penumbra con un solo objetivo: avanzar hacia el gran Olivo Blanco que se alzaba en el centro del jardín real para marchitar sus raíces sagradas.
—No en mi guardia —siseé, y la ira se fundió con mi antiguo poder celestial.
Me planté frente al majestuoso árbol de hojas albinegras. Cerré las manos en puños y dejé que mi capacidad de sacerdotisa se expandiera al máximo. Ya no era una humana indefensa. Alcé mis manos hacia el cielo de tormenta y una barrera de energía verde agua y luz mística transparente estalló desde mi cuerpo, formando un domo gigante alrededor del Olivo Blanco.
Las criaturas de Lucifer colisionaban contra mi escudo, siseando y desintegrándose en humo rancio al tocar la pureza de mi magia curativa y elemental. Tenía que mantener la línea. Tenía que aguantar el peso de la tormenta, mientras sentía, a través de la runa de mi muñeca, cómo la vida de Castiel se apagaba a la distancia.
Castiel:
El fuego de mi espada no era suficiente. Lucifer me aventajaba en milenios de poder y malicia. Cada choque de nuestras armas enviaba ondas de choque telúricas que derribaban los muros del palacio. Mis sombras eran disipadas por el acero de Naksu, y mi fuerte contextura física ya acumulaba cortes profundos que sangraban en oro y azufre.
—Eres débil, hijo —rugió Lucifer, incrustando su bota en mi pecho y obligándome a rodar por los suelos—. Te sacrificas por una criatura que te olvidará en la siguiente vida.
Miré hacia el jardín. A través de la niebla, alcancé a ver el resplandor transparente del domo de Kim, resistiendo con una ferocidad que rivalizaba con los mismísimos arcángeles. Ella estaba luchando. Ella estaba viva.
«Prométeme que tu sangre y la mía siempre pertenecerán al mismo reino», me había dicho bajo el Olivo Blanco.
Una sonrisa amarga y sangrienta se dibujó en mis labios. Si el precio para que ella conservara su reino y su vida mortal era mi eternidad en el abismo, lo pagaría con gusto.
Liberé mi máximo poder, un estallido de energía telúrica y fuego negro que consumió hasta el último retazo de mi fuerza inmortal. Me lancé contra Lucifer, ignorando el filo de la espada marina que se clavó en mi hombro, y lo tomé por el cuello con ambas manos. Mis ojos azules brillaron con el fuego del fin del mundo.
—Si yo caigo, tú vienes conmigo, Padre —sentencié.
Usando el peso de mi propia oscuridad, abrí un vórtice directo a las entrañas del abismo justo debajo de nosotros. Un pozo negro, sin fin, cuyas corrientes de aire maldito comenzaron a succionarnos. Lucifer rugió de furia, intentando soltarse, pero mi agarre era el de un demonio condenado que no tenía nada que perder.
Caímos. El invierno, el palacio de cristal y el rostro de Kim se desvanecieron mientras descendíamos hacia las profundidades de las mazmorras eternas del infierno. Con mi última pizca de magia, extendí la mano hacia arriba y sellé las monumentales puertas del abismo desde el interior, trancándolas con un candado de fuego negro que nadie, ni los arcángeles, podría romper desde fuera.
Me hundí en la oscuridad absoluta, rodeado de cadenas y del odio de mi padre, arrastrado a las celdas más profundas del tártaro. El frío me reclamó, el dolor de mis heridas se volvió eterno, pero en medio del vacío, mantuve mi mente fija en la runa plateada de mi muñeca. Estaba encerrado en las mazmorras para siempre... pero ella respiraba. Mi estrellita estaba a salvo.
Kim Bennett:
El silencio regresó de golpe, pero no trajo paz; trajo la muerte.
La runa de mi muñeca, que hacía solo unos segundos quemaba con la intensidad de un sol plateado, se apagó. Un frío súbito, un vacío sordo y espantoso me recorrió el brazo y se me instaló directo en el centro del pecho, justo donde la cicatriz solía latir. La conexión mental se cortó como un hilo de seda bajo el filo de una navaja.
«¿Castiel?», llamé en la penumbra de mis pensamientos, con una voz que temblaba de terror. «¡Castiel, responde!».
Nada. Solo un eco vacío. Un abismo de silencio.
La barrera mística transparente que yo misma había alzado alrededor del Olivo Blanco parpadeó antes de extinguirse por completo. Las criaturas de Lucifer que quedaban en el jardín, al sentir que la abrumadora presencia de su amo y la energía del príncipe del infierno habían desaparecido de la Tierra, soltaron alaridos de frustración y se disiparon en la niebla, huyendo hacia los rincones más oscuros del reino.
El peligro inmediato había pasado, pero las rodillas me fallaron. Caí sobre la nieve sucia, con el vestido azul cielo arrastrándose por el fango y las manos apoyadas en las raíces profundas del árbol sagrado. Mis mechones blancos caían sobre mi rostro, empapados de sudor y de una lluvia fina que comenzaba a caer del cielo gris.
—No... no puedes haberlo hecho —susurré, con la voz rota, mirando el suelo agrietado del jardín donde la tierra aún emanaba rastro de humo negro y azufre.
Él se había ido. Se había llevado a Lucifer consigo. Había arrastrado al rey del abismo de vuelta al lugar de donde nunca debió salir, cerrando las puertas desde el interior y condenándose a las mazmorras eternas. Todo para que la espada no tocara mi sangre. Todo para que su "estrellita" no iniciara una catástrofe mayor.