Olivo Blanco

9

Castiel:

​El tiempo en las mazmorras del tártaro no se mide en horas, sino en capas de dolor.

​Estaba encadenado a una columna de obsidiana negra en lo más profundo de la fosa, con grilletes de hierro frío que me sorbían la energía oscura y dorada a cada segundo. El fuego del Dragón Negro se había extinguido, dejando mi espada confinada en algún rincón que mi mente debilitada no alcanzaba a registrar. A unos metros de mí, en la penumbra de la celda masiva, la silueta de Lucifer se movía como una fiera enjaulada, soltando maldiciones que hacían eco en las paredes de piedra.

​—Estúpido muchacho —siseó mi padre, y el brillo rojo de sus ojos corruptos cortó la oscuridad—. Nos has condenado a ambos. Te pudrirás aquí abajo por una eternidad solo por protegerla.

​Soporté el dolor de mis heridas, que se cerraban y volvían a abrirse por la atmósfera ponzoñosa del abismo. Mi fuerte porte físico estaba encorvado, pero una sonrisa sangrienta y arrogante se dibujó en mis labios pálidos.

​—Ella... no es un reflejo, Padre —susurré, y mi voz rasposa apenas se escuchó sobre el lamento de las almas condenadas—. Ella es la marea. Y las mareas siempre regresan a romper las rocas.

​Cerré los ojos, ignorando los insultos de Lucifer, y me concentré en el único punto de calor que me quedaba en toda la inmortalidad: la runa de mi muñeca izquierda. Aunque estaba apagada, el tejido del alma no puede ser engañado por las cerraduras del infierno. En la periferia de mi conciencia, alcancé a percibir una vibración sutil, un pulso de agua helada y rabia pura que viajaba a través de las dimensiones.

«Sé que estás escuchándome, demonio arrogante», el pensamiento de Kim golpeó mi mente con la fuerza de un oleaje furioso, rompiendo por un segundo el aislamiento místico del tártaro. «No me interesa tu palacio infernal, ni tus sacrificios heroicos. No te di permiso para dejar tu asiento vacío en la Academia. Espérame allí abajo... porque voy a destrozar el infierno entero solo para cobrarte el café que me debes».

​Una risita ahogada escapó de mi garganta en medio de la penumbra de la prisión. Mis ojos azul eléctrico emitieron un destello tenue pero indomable.

​Estaba encerrado, encadenado y condenado al castigo eterno de las sombras. Pero mientras mi ruidosa y terca estrellita estuviera allá arriba planeando una locura, el Apocalipsis del infierno iba a ser el menor de los problemas de mi padre. La guerra por el Olivo Blanco no había terminado; Kim Bennett acababa de declarar la suya propia.

La risa me costó un latigazo de agonía que me recorrió la columna, pero valió la pena cada maldito segundo.

«Voy a destrozar el infierno entero solo para cobrarte el café que me debes».

​El eco de su voz mental se desvaneció, dejándome de nuevo en la densa y sofocante realidad del tártaro, pero la chispa ya estaba encendida. Esa era mi Naksu. No la deidad sumisa que el Cielo quería moldear, ni la muñeca de barro que sus tíos intentaron esconder; era la dueña de la tormenta, la mujer con el carácter de los mil demonios que preferiría incendiar el mundo antes de permitir que alguien decidiera su destino por ella.

​—¿Te divierte nuestra desgracia, Castiel? —la voz de Lucifer llegó desde la oscuridad, cargada de un veneno espeso. Sus pasos pesados resonaron cuando se acercó al límite de sus propias cadenas, arrastrando un aura de azufre corrupto—. Te estás desangrando, tu espada está perdida en el limbo y estás encadenado al corazón del abismo. No hay escape de aquí. Tu pequeña estrella solo es una mortal jugando a ser dios en un siglo que no le pertenece. Morirá de vieja antes de que logre quitarle un solo tornillo a esas puertas.

​—No conoces a Naksu, Padre —murmuré, levantando la cabeza a pesar del peso de los grilletes de obsidiana. Mis ojos azul eléctrico, antes apagados por el tormento, destellaron con una fijeza peligrosa—. Ella no va a esperar a que el tiempo la consuma. Es demasiado terca para eso.

​—¡Es una humana! —rugió él, perdiendo la paciencia, haciendo que las cadenas de la mazmorra repicaran como campanas de condenación—. ¡Una vasija que colapsará bajo el peso de su propio poder Celestial! El Cielo la abandonará y el Infierno la reclamará. Al final, su sangre abrirá el Nihil, con o sin ti.

​—Sigue rezando por eso si te hace sentir mejor —le respondí, esbozando una sonrisa sangrienta y arrogante que lo enfureció aún más—. Pero te aseguro que cuando esas puertas se rompan, no será para liberarte a ti.

​Me obligué a ignorar sus insultos y cerré los ojos, apartando mi mente del dolor físico que me desgarraba la carne inmortal. Mi fuerte contextura física estaba al límite, pero mi espíritu seguía intacto. Me concentré por completo en la runa de mi muñeca izquierda. El pulso brillante que Kim había enviado se había disipado, pero dejó un rastro, una sutil corriente marina que lograba mantener a raya el frío de la obsidiana.

«Espérame allí abajo...», había dicho.

​Un vuelco violento me sacudió el pecho. La tensión que nos había envuelto, esa atracción magnética que Rabí me había prohibido alimentar, ahora era lo único que me mantenía cuerdo en la negrura absoluta. Recordé el Edén, la promesa bajo el Olivo Blanco, su mirada desafiando a los arcángeles y la calidez de su frente contra mis labios justo antes de marcharme. La había empujado al palacio del príncipe para salvarla, pero ella había elegido la guerra por mí.

​Si Kim Bennett estaba dispuesta a desafiar las leyes de la creación, al Cielo entero y a sus propios guardianes para bajar a buscarme, yo no iba a recibirla como un prisionero derrotado.

​Apreté los puños, haciendo que los grilletes saltaran chispas oscuras al chocar contra mi propia energía dorada. El Dragón Negro seguía oculto en alguna parte de este pozo de sombras, esperando el llamado de su dueño. Dejé que mi magia fluyera lentamente, curando las heridas más profundas, preparándome para el impacto. La prisión del tártaro era eterna, sus muros eran impenetrables y el candado de fuego negro que yo mismo había puesto requería un poder divino para ser destruido.



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En el texto hay: 30 capítulos

Editado: 18.05.2026

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