Olivo Blanco

10

Kim Bennett:

​El aire se sentía espeso, como si en lugar de oxígeno estuviera respirando agua estancada a gran presión.

​Me miré las manos. Ya no temblaban por el miedo, sino por la sobrecarga de energía que amenazaba con hacer estallar mis venas. Forzar las grietas del abismo durante semanas, canalizar la magia elemental de los océanos para perforar el candado de fuego negro de Castiel, estaba cobrándose un precio destructivo en mi cuerpo humano.

​Caminé hacia el gran espejo de la biblioteca de la Academia y me obligué a mirar el desastre. Un grito ahogado se me escapó de la garganta. El mechón blanco que antes solo decoraba un lado de mi cabeza se había extendido; ahora, casi la mitad de mi cabello azabache era de un blanco albino, resplandeciente, idéntico al de la visión del Edén. Pero lo peor fue ver mi rostro. Mi ojo derecho, el que siempre había sido marrón y terrenal, había perdido su color. Ahora, ambos ojos eran completamente transparentes, dos orbes místicos que reflejaban la inmensidad del vacío.

​Los poderes de Naksu estaban regresando a mí de golpe, devorando la vasija de barro que me mantenía unida a este siglo.

​—¡Te lo advertí, Kim! ¡Te dijimos que tu cuerpo no soportaría el peso de la deidad! —la voz de Miguel retumbó a mis espaldas con la fuerza de un trueno.

​El arcángel entró a la biblioteca, con sus alas agitando el aire con tal violencia que las páginas de los grimorios prohibidos salieron volando. Su rostro divino estaba desfigurado por una furia y un pánico genuinos. Detrás de él, Gabriel observaba en silencio, con una tristeza solemne que me pareció un insulto.

​—No me llames Kim —respondí, y mi propia voz asustó a Deisy, que permanecía arrinconada junto a los estantes de los chamanes. Ya no sonaba como una chica de veinte años; tenía un eco coral, el murmullo de mil olas rompiendo al unísono—. Kim era la mentira en la que me encerraron. Soy Naksu. Y voy a sacar a Castiel de esa celda.

​—Si sigues invocando ese poder de destrucción, vas a morir antes de tocar el primer peldaño del tártaro —rugió Miguel, dándole un golpe a la mesa de roble que la partió en dos—. Tu sangre está al límite. Un solo conjuro más de esa magnitud y la vasija colapsará, derramando tu esencia divina. ¿No lo entiendes, terca? Si mueres aquí, tu sangre desatada abrirá el Nihil de todos modos y provocarás el Apocalipsis que Castiel intentó evitar sacrificándose. ¡Estás destruyendo su maldito sacrificio!

​—¡Él no tenía derecho a sacrificarse por mí! —le grité, dándole un paso al frente. La magia verde agua brotó de mis pies, congelando el suelo en un perímetro perfecto—. Me mantuvieron en la ignorancia, me dijeron que era una humana normal, y ahora que sé la verdad, ¿pretenden que me quede de brazos cruzados viendo cómo se pudre en las mazmorras? ¡A la mierda su Apocalipsis y a la mierda su orden celestial!

​—¡Suficiente! —Miguel me señaló con su dedo índice imbuido en fuego sagrado—. No permitiré que extingas la creación por un capricho del abismo. Si decides suicidarte, lo harás lejos de este reino. Vámonos, Gabriel. No hay nada más que custodiar aquí. Ella ya ha elegido su propia caída.

​Con un batir de alas imperceptible pero devastador, Miguel se dio la vuelta y abandonó la estancia, arrastrando una estela de luz dorada cargada de desprecio. Gabriel me dedicó una última mirada cargada de pesar antes de seguirlo, dejándome sola con Deisy en el desastre de la biblioteca.

​Me dejé caer sobre mis rodillas, completamente exhausta, sintiendo que el fuego helado de mis nuevos ojos me consumía por dentro.

​—Naksu... —una voz suave, profunda y extrañamente familiar resonó desde la penumbra del fondo de la biblioteca.

​No era la energía rancia de los demonios, ni la arrogancia de Castiel, ni el fuego militar de Miguel. Era una presencia pura, ancestral, que olía a incienso y a las páginas del primer libro jamás escrito.

​De entre las sombras de los estantes emergió un hombre anciano, vestido con túnicas de un lino blanco que parecía no pertenecer a este mundo. Su barba era corta y plateada, y sus ojos reflejaban la sabiduría de quien ha visto el nacimiento y la muerte de las estrellas. Tenía vendas ensangrentadas alrededor de su pecho, confirmando el brutal ataque que Lucifer le había propinado en el tercer cielo.

​—¿Rabí? —el nombre escapó de mis labios en un murmullo, mientras los recuerdos del Edén terminaban de encajar en mi cerebro. Nuestro maestro, el guardián del equilibrio.

​—Has crecido con garras, estrellita —dijo el anciano, esbozando una sonrisa cansada mientras se apoyaba en un bastón de madera de olivo—. Aunque veo que tu carácter de los mil demonios sigue intacto, incluso con los ojos transparentes.

​—Llegas tarde, maestro —le recriminé, intentando levantarme, pero el dolor en mi pecho me obligó a estabilizarme apoyando una mano en el suelo—. Tu alumno estrella se encerró en el tártaro para salvarme, y tus arcángeles acaban de abandonar el barco.

​—Miguel siempre ha tenido un temperamento inflamable, no lo juzgues con tanta dureza —Rabí caminó lentamente hacia mí, deteniéndose a unos pasos—. Vine porque la runa de tu muñeca está haciendo vibrar los cimientos del tercer cielo. Has recordado la promesa del Olivo Blanco, Naksu. Pero Miguel tiene razón en algo: tu cuerpo actual es demasiado frágil para la marea eterna

​—No me importa el cuerpo, Rabí. Dime cómo romper el candado de fuego negro —le exigí, clavando mis orbes transparentes en los suyos—. Lucifer dijo que te había derrotado, que te había robado mi espada. Si estás vivo, es porque aún podemos pelear.

​Rabí suspiró, y su rostro se profundizó. Se sentó en uno de los bancos que habían quedado intactos, invitándome con la mirada a escuchar.

​—Lucifer me robó la hoja, es cierto, pero no robó el secreto más grande del inicio de los tiempos —comenzó el maestro, bajando la voz—. Hay cosas que ni Castiel sabe, Naksu. Nuevos hilos se están tejiendo en esta guerra. ¿Crees que Lucifer actuó solo? ¿Crees que una simple nefilim como Iliana sabía cómo rastrearte?



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En el texto hay: 30 capítulos

Editado: 18.05.2026

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