No pude quedarme en mi cuarto esa noche.
Lo intenté. Me senté en la cama, miré la puerta, miré la ventana y me repetí que debía dormir. Al día siguiente tendría clases, saludos formales, comidas largas y esa lista absurda de deberes que todos creían necesarios para una princesa.
Pero no podía respirar tranquila.
El palacio estaba en silencio, aunque nunca del todo. Siempre había pasos en los pasillos. Guardias cambiando de turno. Voces que se apagaban cuando yo pasaba cerca. Puertas que se cerraban con demasiado cuidado.
Todo allí tenía una regla.
Hasta mi forma de sentarme parecía asunto del reino.
Me levanté antes de arrepentirme. Saqué un vestido sencillo del armario, una capa oscura y un pañuelo para cubrirme el cabello. Frente al espejo no parecía una princesa. Parecía más una muchacha cualquiera tratando de salir sin permiso.
Eso me gustó más de lo que debía.
—Solo voy a ver el mar —murmuré.
Mentira.
Quería salir porque ya no soportaba sentir que cada pared del palacio me vigilaba.
Abrí la puerta con cuidado. El pasillo estaba casi oscuro. Una lámpara ardía al fondo y dejaba más sombras que luz. Avancé pegada a la pared, contando los pasos hasta el tapiz viejo. Conocía esa ruta demasiado bien. Sabía a qué hora pasaban los guardias, cuál de ellos caminaba despacio, cuál fingía no mirar y cuál era tan torpe que siempre hacía ruido con la armadura.
Levanté el tapiz, busqué la ranura en la piedra y presioné.
El panel se abrió con un quejido bajo.
Me quedé quieta.
Nada.
Nadie venía.
Entré y cerré detrás de mí con cuidado.
Bajé despacio, con una mano en la pared para no resbalar. No me gustaba ese túnel. Pero prefería ese miedo al de quedarme encerrada escuchando cómo otros decidían por mí.
Cuando salí al bosque, el aire fresco me golpeó la cara.
Respiré mejor, me sentía libre.
Ahí nadie me llamaba alteza. Nadie me corregía la postura ni me recordaba que una princesa no debía andar sola, hablar fuerte, correr, ni mirar con fastidio a sus hermanos cuando se comportaban como idiotas.
En el bosque podía caminar como quisiera.
Me apuré entre los árboles. La hierba mojada se pegaba a mis botas y el pañuelo casi se me soltó dos veces. Escuché insectos, ramas moviéndose y, más lejos, el sonido del mar.
Ese sonido siempre me calmaba.
Llegué a la playa con los pies fríos y el corazón menos apretado. Me quité las sandalias, pisé la arena húmeda y dejé que el agua me tocara los tobillos.
—Ahhh, mucho mejor —susurré.
Por un momento pensé que la noche iba a ser mía.
Solo mía.
Entonces vi algo en la orilla.
Al principio pensé que era un tronco. Después creí que eran algas arrastradas por la marea. Di unos pasos más y entendí que me equivocaba.
Era una persona.
Me quedé helada.
Miré hacia el bosque, luego hacia las rocas, pero la playa seguía vacía. Nadie más la había visto. Nadie venía a ayudar.
—No, no, no...
Corrí.
La arena me hundía los pies y me hacía tropezar, pero llegué hasta ella y caí de rodillas. Era una muchacha. Tendría más o menos mi edad. Estaba empapada, pálida, con la ropa pegada al cuerpo y la piel llena de golpes. Tenía raspaduras en la frente, en los brazos y en una mejilla. El cabello mojado le cubría parte del rostro.
Por un segundo me dio miedo tocarla.
Luego me odié por dudar.
Le puse dos dedos en el cuello.
Nada.
—Por favor...
Me incliné más, buscando su respiración. El viento me movía la capa, el mar seguía subiendo y yo sentía que mis manos no servían para nada.
Entonces noté un latido.
Débil.
Muy débil.
Pero estaba viva.
—Resiste —le dije—. Resiste, por favor.
Mi primer impulso fue volver al palacio y pedir ayuda. Era lo sensato. Lo correcto. Lo que cualquier persona adulta habría hecho.
Pero pensé en los guardias.
Pensé en Arvien enterándose antes que un médico. Pensé en mi padre preguntando de dónde había salido esa muchacha y por qué estaba en nuestra playa. Pensé en los rumores de la corte. En las preguntas. En los hombres que decidirían si ayudarla era conveniente.