Olúnida - La Mujer de los Jardines Eternos

Capítulo 3 - El regalo de rubíes

El día de mi cumpleaños empezó mal desde que abrí los ojos.

No era porque hubiera pasado algo grave. El problema era peor: todos actuaban como si ese día no fuera mío.

Desde temprano escuché pasos en los pasillos, puertas que se abrían y se cerraban, órdenes dichas en voz baja y sirvientes moviendo telas, bandejas, candelabros y cofres. Todos en el palacio se despertaron antes que yo. Preparaban una celebración con mi nombre, pero no se sentía para mí.

Me quedé frente a la ventana mientras dos sirvientas me ajustaban el vestido.

Era hermoso, supongo. Carísimo, sin duda. Tenía bordados finos, tela pesada y una caída perfecta. El tipo de vestido que hacía suspirar a las damas de la corte.

A mí solo me apretaba.

—No puedo respirar —dije.

Una de las sirvientas fingió no escucharme. La otra tiró un poco más del corsé y me dedicó una sonrisa incómoda.

—Es solo por hoy, alteza. Todos quieren verla perfecta.

Me miré en el espejo.

Me sentí tan incómoda. Vi a una chica cansada, demasiado arreglada, intentando no poner mala cara porque hasta eso podía convertirse en tema de conversación.

—Eso es lo que me preocupa —respondí—. Que todos quieran verme perfecta. Como si mi cumpleaños fuera una simple exhibición.

La sirvienta bajó la mirada, nerviosa.

Suspiré.

—No lo digo por ti. Solo estoy cansada.

Ella asintió, pero siguió acomodando la tela para intentar ocultar que yo estaba cansada.

Cuando por fin terminaron, Rilacia estaba junto a la puerta.

Llevaba el uniforme sencillo de sirvienta personal, pero nada en ella parecía pequeño o fácil de ignorar. Se quedaba quieta y miraba todo con atención. Pensaba que cada ruido tenía una explicación y que cada persona era peligrosa.

Yo no sabía si eso debía tranquilizarme o preocuparme.

Al verla, pude respirar un poco mejor.

—Parezco un regalo más —murmuré al acercarme.

Rilacia me miró de arriba abajo, seria.

—No —dijo—. Pareces incómoda.

Solté una risa baja.

—Gracias, eres muy amable.

—Prefiero decirte la verdad.

—La verdad es que no quiero salir.

Rilacia se acercó un poco más, lo suficiente para que las sirvientas no escucharan.

Rilacia se acercó un poco más, lo suficiente para que las sirvientas no escucharan

—Entonces mírame a mí cuando sientas que no puedes más —me dijo—. No a ellos. A mí.

Tragué saliva.

—Tengo miedo a equivocarme, decir algo mal o no sonreír cuando ellos quieren. También me asusta sonreír mucho y que piensen que me aprovecho de las personas.

—No tienes que ganar nada hoy —respondió ella—. Solo tienes que aguantar hasta que termine.

Eso no sonó bonito, pero sí sonó posible.

Bajamos juntas al salón principal. Al caminar sentía el vestido muy pesado y notaba las miradas de todos. Los guardias estaban más serios que antes, mientras el personal del palacio evitaba mis ojos y los invitados nobles ya llegaban con sonrisas y comentarios preparados.

Pasamos cerca del jardín y me detuve un segundo.

Me di cuenta de que habían podado demasiado todas las plantas.

Los arbustos estaban cortados en líneas rectas, las flores ordenadas por color y los senderos limpios hasta parecer falsos. Mi jardín, el único lugar donde solía sentirme tranquila, ahora parecía parte del espectáculo.

Me dolió más de lo que quise admitir.

—Lo arreglaron para los invitados —dijo Rilacia en voz baja.

—No me importa. Lo arruinaron para mí.

Ella no contestó, pero estar callada a mi lado me ayudó más que cualquier palabra.

El salón estaba lleno cuando entré.

Había mesas cubiertas de dulces, frutas, carnes, panes, copas y platos que seguramente nadie terminaría. Los músicos esperaban la señal para tocar y los nobles hablaban entre ellos, pero bajaban la voz cuando yo pasaba.

Todos parecían felices de estar ahí, pero nadie estaba feliz por mí.

Marla cruzó cerca con una bandeja enorme en las manos. Tenía el ceño fruncido, como siempre que algo le parecía una estupidez.

—Nunca vi tanta comida para una sola persona —murmuró sin detenerse—. Esto no es cariño, niña. Esto es política con azúcar.

Se me escapó una risa.

—Si me caigo, ojalá sea encima de un pastel.



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En el texto hay: #fantasía, #princesa, #inmortalidad

Editado: 11.09.2026

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