Olúnida - La Mujer de los Jardines Eternos

Capítulo 4 - La caída del palacio

El primer golpe hizo temblar los barrotes.

Me levanté de golpe y el corazón me latía tan rápido que por un segundo pensé que iba a caerme. El calabozo seguía oscuro, frío y húmedo, pero algo había cambiado en el aire.

Había humo.

Al principio era poco. Un olor seco que me raspó la garganta y me hizo toser antes de entender lo que estaba pasando.

Después llegó la segunda explosión.

El suelo tembló y me desestabilizó, así que me cubrí la cabeza mientras caía polvo del techo. El estruendo ya no se oía lejos, venía directamente de adentro del palacio.

Estaban atacando mi hogar.

—No... —murmuré, acercándome a la reja—. No puede estar pasando ahora.

Las campanas empezaron a sonar arriba con golpes rápidos y desesperados, muy diferente al toque ordenado de las ceremonias o al aviso tranquilo de la corte. Parecía que alguien las tocaba con las manos temblando.

Me agarré de los barrotes.

—¡Guardia! —grité—. ¡Guardia! ¿Qué está pasando? ¿Dónde están mis padres?

Nadie respondió.

Eso me asustó más que las explosiones.

El pasillo estaba casi vacío, pero escuchaba pasos lejanos, órdenes confusas y el choque del metal. El palacio, mi prisión de toda la vida, ahora se caía a pedazos encima de mí.

Y yo seguía encerrada bajo tierra.

—¡Abran! —grité, golpeando la reja con ambas manos—. ¡Por favor, abran!

El humo entró con más fuerza, haciéndome toser y retroceder para no respirar hondo. Me ardían los ojos y la garganta por el aire denso y el miedo.

Pensé en mis padres, recordando la mirada de mi padre cuando ordenó encerrarme. Quise odiarlo y aferrarme a ese enojo, pero en ese momento solo necesitaba saber si seguía vivo.

—Mamá... —susurré—. Papá...

Unos pasos bajaron por el pasillo.

No sonaban como los pasos de los guardias, sino rápidos, desordenados y sin cuidado. Me quedé quieta, con el cuerpo completamente rígido.

Si era un invasor, no tenía dónde esconderme.

—¡Olúnida!

Reconocí la voz antes de verla.

—¡Rilacia! —corrí hacia la reja—. ¡Estoy aquí!

Ella apareció entre el humo con la cara manchada de hollín y el cabello suelto en varios mechones. Tenía la ropa rasgada en un hombro y respiraba con dificultad, pero sus ojos seguían firmes.

No parecía perdida, sino furiosa.

—Aléjate de la puerta —me ordenó.

Obedecí sin discutir.

Rilacia se agachó frente a la cerradura, sacó una herramienta pequeña de entre su ropa y movió sus dedos con una rapidez sorprendente. El metal sonó dos veces seguidas.

El metal sonó dos veces seguidas

—¿Qué está pasando? —pregunté—. ¿Entraron al palacio? ¿Dónde están mis padres? ¿Están bien?

Ella no levantó la vista.

—No lo sé.

Esa respuesta me golpeó directo en el pecho.

—¿Cómo que no lo sabes?

La cerradura cedió con un chasquido. Rilacia abrió la puerta y me tomó de la muñeca.

—Porque todo se volvió un desastre en minutos —dijo—. Atacaron desde la entrada del río y desde las caballerizas. Hay gente entrando por zonas que solo alguien del palacio podría conocer.

Me quedé helada.

—Entonces alguien los ayudó.

—Eso parece. Ahora camina.

Me jaló hacia el pasillo, pero me resistí.

—No puedo irme sin ellos.

Rilacia se giró tan rápido que casi choqué con ella.

—No estás escapando para abandonarlos —dijo, mirándome de frente—. Estás saliendo de una celda antes de morir encerrada.

—¡Pero son mis padres!

—Y si sigues aquí, no vas a poder ayudar a nadie.

Quise responder, pero otra explosión sacudió el pasillo. Un pedazo de piedra cayó detrás de nosotras y se rompió contra el suelo. Rilacia me empujó hacia adelante.

—Discute después. Ahora muévete.

Corrimos, o al menos ella lo hizo, y yo me esforcé por seguirle el paso.

Mis piernas estaban débiles después de los días encerrada. Llevaba unas sandalias gastadas y el suelo estaba frío, sucio, lleno de polvo. El aire, en cambio, se sentía caliente por el incendio que crecía en los pisos superiores.

Todo era confuso.

Había fuego arriba, humo abajo y gritos por todas partes.



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Editado: 11.09.2026

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