Olúnida - La Mujer de los Jardines Eternos

Capítulo 5 - El exilio comienza

La cueva olía a sal, humedad y humo viejo.

No era un refugio real. Era solo un hueco entre las piedras, frío, oscuro e incómodo. Aun así, después de todo lo que pasó en el palacio, se sentía como el lugar más seguro del mundo.

Afuera, el mar golpeaba las piedras una y otra vez.

Yo estaba sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho. Tenía las manos sucias de tierra, ceniza y sangre. Ya no distinguía qué era cada cosa. Me dolían los pies, la espalda, la garganta y el costado. Cada vez que respiraba, sentía todavía el olor del incendio metido en el cuerpo.

Rilacia estaba de pie cerca de la entrada.

No se había sentado desde que llegamos. Miraba hacia afuera, alerta por si pasaba algo. Tenía la cara sucia con hollín, el pelo despeinado y la ropa rota, pero seguía firme.

La observé durante un rato antes de hablar.

—Deberías dormir.

Ella no se giró.

—Y tú deberías tomar agua.

—No tengo sed.

Entonces sí me miró.

No me creyó. Se le notaba en la cara.

—No me mientas, Olúnida —dijo en voz baja—. Hoy ya escuchamos demasiadas mentiras.

No supe qué responder.

Me ardía la garganta, pero eso no era lo peor. Lo peor era recordar el salón destruido, los cadáveres de mis padres y la mano fría de mi madre. También me pesaba pensar en Esten, que se había quedado atrás, y en Marla y Daren, que se separaron de nosotras sin saber si se salvarían.

Tomé la cantimplora y bebí un poco.

El agua estaba tibia y sabía a metal. Aun así, me ayudó a tragar.

—No puedo dormir —confesé—. Cada vez que cierro los ojos veo el fuego. Escucho las campanas y veo a mi madre en el suelo.

Rilacia bajó la mirada un segundo.

Luego se acercó y se agachó frente a mí. Mantuvo cierta distancia para que yo no me sintiera atrapada.

—Entonces no cierres los ojos todavía —dijo—. Duerme un poco, aunque la cabeza te siga dando vueltas.

Solté una risa corta, fea, sin gracia.

—¿Eso se puede?

—Puedes hacer el intento.

—No sé si puedo intentar algo más.

Ella apoyó los antebrazos en las rodillas y me miró seria. No era como la mirada de los jueces, los guardias o Arvien. Ella no me estaba acusando.

—Perdiste demasiado en una sola noche —me dijo—. No tienes que entenderlo todo ahora.

Apreté el sello real que todavía llevaba en la mano.

No sabía por qué lo había tomado del salón. Quizás porque era de mi padre, o porque necesitaba agarrar algo que no se hubiera quemado. El metal me lastimaba la mano, pero no lo solté.

—¿Crees que van a atrapar a los que hicieron esto? —pregunté—. ¿Crees que los soldados del reino van a proteger a la gente?

Rilacia tardó en contestar.

Esa pausa me dio más miedo que una respuesta rápida.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero el ataque no fue solo para matar sino para asustar. Cuando todos tienen miedo, cualquiera puede decirles a quién odiar.

Tragué saliva.

—Entonces ya ganaron.

—No.

Lo dijo tan rápido que levanté la mirada.

—Ganan si tú te rindes —añadió.

Me quedé mirándola, cansada de escuchar que tenía que resistir.

Resistir sonaba muy bonito cuando lo decía otra persona. Desde el suelo de una cueva, con el palacio ardiendo detrás, era una palabra pesada.

—¿Y qué se supone que haga? —pregunté. La voz se me quebró antes de terminar—. Yo no sé vivir así, Rilacia. No sé huir, dormir en el suelo ni pasar hambre. No sé mirar cada sombra esperando a un enemigo. Yo sabía leer informes, cuidar plantas, sonreír en cenas horribles y fingir que no me dolían los comentarios de mis hermanos. Eso sí lo sabía.

Ella no se burló. No me dijo que exageraba.

—Vas a aprender otras cosas.

—No quiero.

—Ya lo sé.

—No quiero volverme alguien que solo piensa en sobrevivir.

Rilacia respiró hondo.

—Sobrevivir no te vuelve mala, lo que haces después sí puede cambiarte. Por eso tienes que mantenerte alerta.

Quise contestar, pero no pude.

Una parte de mí quería llorar otra vez. Otra parte quería gritar. Y una parte más pequeña, una que me daba vergüenza aceptar, quería hacer daño. Quería encontrar a quienes destruyeron mi casa y devolverles al menos una parte del miedo que me habían dejado.

No dije nada de eso.

El silencio se quedó entre nosotras durante mucho tiempo.

No sé si pasaron minutos u horas. Desde que salimos del palacio perdí la noción del tiempo. Todo era antes o después del fuego.



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Editado: 11.09.2026

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