Desperté con una sensación rara.
Al principio no entendí qué era. La cama seguía dura, el techo seguía bajo y el olor a mar entraba por la ventana pequeña. Todo parecía igual que la noche anterior.
Pero faltaba algo.
No, más bien faltaba alguien.
Me quedé quieta, escuchando. Quería oír la respiración de Rilacia cerca de la puerta o el roce de sus botas cuando se acomodaba para seguir vigilando. Me la imaginaba sentada en una silla, con esa cara de cansancio que siempre intentaba ocultar.
No escuché nada.
—¿Rilacia? —la llamé, todavía medio dormida.
Nadie respondió.
Me incorporé demasiado rápido y el costado me dio un tirón. Me llevé la mano a la venda, esperando encontrar sangre, dolor fuerte o la herida abierta otra vez.
Pero no.
Dolía, sí, pero era un dolor leve y extraño. Como si mi cuerpo se hubiera recuperado en una noche de algo que tomaría semanas.
Tragué saliva.
—No... esto no está bien.
Me levanté un poco la venda con manos temblorosas. La piel se sentía caliente y firme. La marca seguía ahí, roja y fea, pero ya estaba casi cerrada.
Me dio miedo.
—¿Qué me hiciste? —susurré.
Traté de no recordar su sangre, ni su muñeca abierta con las manos temblando, menos su cara cuando me obligó a respirar. Pero todo me cayó encima otra vez: la flecha, el dolor, la piedra fría en mi espalda y Rilacia pidiéndome que no me durmiera.
Me paré como pude. Todo me dio vueltas y tuve que sostenerme de la pared. Respiré hondo hasta que se me pasó el mareo.
—¡Rilacia! —grité, esta vez más fuerte.
Nada.
Busqué por todo el cuarto, desesperada. La silla estaba vacía y ya no quedaba rastro de su capa ni de sus cosas. Solo dejaron el jarro con agua, una manta doblada y la mesa pequeña junto a la cama.
Entonces vi el papel.
Estaba doblado con cuidado, justo donde no podía ignorarlo.
Sentí un frío horrible en el pecho.
—No —dije antes de tocarlo—. No me hagas esto.
Abrí la puerta de golpe. Al fondo, el encargado apareció con una escoba en la mano. Me miró sin sorpresa, como si ya supiera lo que iba a preguntar.
—La mujer se fue hace rato —dijo.
Mi estómago se cerró.
—¿Se fue? ¿A dónde?
—No me dijo.
—¿Cómo que no le dijo? ¿La vio salir herida? ¿Sola? ¿No pensó que algo estaba mal?
El hombre suspiró por la nariz. No se veía malo, solo cansado.
—Señorita, aquí llega gente con problemas todos los días. Unos huyen de soldados, otros de deudas y otros de cosas peores. Si hago preguntas, me meten en asuntos que no son míos. Y esos asuntos suelen matar gente.
Lo miré con rabia, pero no tenía fuerzas para discutir.
—¿Me dejó algo?
Señaló mi cuarto con la barbilla.
—Un sobre. Dijo que estaba sobre la mesa. También dejó pagada una noche más.
No supe qué responder.
Cerré la puerta despacio y regresé a la mesa.
El papel seguía ahí.
Me le quedé mirando como si eso pudiera cambiar sus palabras. Al final acepté el papel. La letra era de Rilacia: firme, clara y directa. Igual que ella.
Leí despacio.
Decía que se había ido porque quedarse conmigo era peligroso. Juntas éramos muy fáciles de encontrar, y si nuestros enemigos me buscaban, era mejor que hallaran a una muchacha sola y no a dos fugitivas llamando la atención.
Decía también que yo no podía seguir esperando que alguien me llevara de la mano todo el tiempo.
Y luego venía la parte que más dolió.
Necesitas aprender a sobrevivir sin mí. No porque no quiera estar contigo, sino porque un día puedo no llegar a tiempo. Si eso pasa, no quiero que mueras por no saber qué hacer.
Se me doblaron las piernas.
Me senté en la cama y apreté la carta contra el pecho.
—No tenías derecho —susurré, con la garganta cerrada—. No tenías derecho a decidir esto por las dos.
Pero lo peor era que una parte de mí entendía.
Rilacia siempre veía el peligro antes que yo: las rutas, las mentiras y las manos que se acercaban demasiado. Yo apenas estaba aprendiendo a mirar el mundo sin que nadie me tuviera que explicar de dónde venía cada amenaza.